Y a Kuala Lumpur que me fui

Qué lejos sonaba el nombre de esta ciudad cuando de pequeños, para explicar que algo estaba muy lejos, decíamos aquello de “eso está por lo menos por lo menos en Kuala Lumpur”. Y muchos años después, allí estaba yo en la capital malaya a punto de explorar un nuevo país. Cómo no, esa misma noche tocaba una visita a las famosas Torres Petronas. Me llamó la atención lo bien iluminadas que están y ese color gris intenso metalizado que les da un toque tan futurista. La factura de la luz les debe de salir por un buen pico, y eso que cada día a eso de la medianoche las Petronas se vuelven a apagar por completo esperando al siguiente atardecer donde volverán a relucir con todo su esplendor.

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Y como allá donde existe una necesidad de la gente se crea una oportunidad de negocio, multitud de vendedores ambulantes ofrecían lentes para el móvil con una curiosa función. Resulta que el punto desde donde se observan las torres está tan próximo que es prácticamente imposible sacarse una foto con ellas y que salgan enteras. Era colocar una de esas lentes sobre el objetivo de tu teléfono y como por arte de magia podías ver desde el mismo suelo hasta la última antenita en lo alto de las torres, y sin distorsionar la imagen que era lo más curioso.

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Si tienes un par de días en esta ciudad, uno de los sitios que no te puedes perder son las Cuevas de Batu. Una enorme gruta en lo alto de una montaña que se encuentra a las afueras de la ciudad. Se trata de un lugar ceremonial y de peregrinaje, donde cada año tiene lugar una celebración multitudinaria. Impresiona la enorme estatua de 43 metros que preside el lugar, una de las esculturas más altas del mundo.

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Tras ascender los 272 escalones de la empinada escalera, se accede al interior de la cueva donde lo primero que impresiona es lo enorme que es la cavidad interior. A pesar de ser un enclave espectacular, lo más divertido de mi mañana no fueron las cuevas, ni el buda, ni siquiera esquivar los gotazos que te caían desde lo alto del techo en el molondro como pequeños proyectiles. ¡Lo más divertido fueron los monetes que rondaban por allí!

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Desde que te bajas de la estación de tren ya te empiezas a encontrar a los primeros monetes, que parecen indicarte el camino hacia las cuevas. Con la emoción que llevaba encima queriendo fotografiar y grabar a todo mono viviente que hubiese por allí, apoyé mi mano en la barandilla deslizando hacia abajo y sin darme cuenta me topé con un mono bien grandote que no había visto y estaba allí posado.

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Con toda la delicadeza del mundo, me cogió mi mano, me la apartó suavemente de encima suyo y a unos centímetros de mi cara me rugió como diciendo “¿esto?, no lo vuelvas a hacer”. Un tremendo escalofrío recorrió toda mi columna hasta el cuello, dejándome paralizado un par de segundos.

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Justo delante de mí, pocos minutos antes, había sido testigo de cómo un mono se acercaba de repente a un hombre que estaba tranquilamente posando para una foto y le metía un bocado en el brazo. Los más pequeños sin embargo son muy graciosos, y todavía tienen esa carita de no haber roto un plato en su vida. Cómo les vas a decir que no a cualquier cosa que te pidan. Estoy seguro de que mucha gente directamente se dejaría de fumar si se lo pide este monete mirándole así…

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También me sorprendió la vida nocturna de esta ciudad, con sus calles llenas de gente y puestos de comida ambulante hasta altas horas, incluso entre semana. Se hace vida al aire libre y el clima también acompaña, con una temperatura agradable durante todo el año. Llama la atención también cómo aman y repudian a la vez una de sus frutas más famosas, el durian. Es la fruta emblema del país y todo el mundo la come, pero huele tan mal que incluso la prohíben consumir en hoteles, en el metro y en muchos lugares públicos.

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Y nada menos que así de espectaculares eran las vistas desde el piso de mi amigo Gonzalo, quien me ha acogido estos días aquí. Esta foto está tomada desde un piso 33A, que es una nueva planta que se han inventado aquí. Al principio me llamaba la atención cómo en el ascensor y en todos los sitios se saltaba del 33 al 35, obviando por completo el número 34 . Resulta que, como (casi) todo, tiene su explicación.

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Por lo visto allí son muy supersticiosos y la pronunciación del número 34 suena igual que la palabra “muerte”, y de ahí que se lo salten para no atraer al mal fario. Cuanto menos, curioso. Con pena y a la vez agradecimiento al despedirme de ellos por haberme hecho sentir como en casa, continuo mi viaje ascendiendo a través de Malasia. A ver qué me encuentro por allí arriba…

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Singapore

Todavía no se había hecho de día cuando comencé a patear las calles de Singapur. Había planificado pasar un día completo aquí y tenía que exprimirlo al máximo para poder ver los puntos más interesantes de esta ciudad-estado. Comenzaba la ruta por los distintos barrios étnicos de la ciudad, como el Barrio Árabe, Chinatown o Little India. Una de las primeras paradas fue en la mezquita del barrio árabe, con un bonito paseo dirigido milimétricamente a la parte central de su fachada.

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Al cruzar hacia Chinatown empezaba el espectáculo para los sentidos. Cada rincón olía a comida recién cocinada, y me sorprendí al ver cómo montones de personas llenaban ya las terrazas a esas horas desayunando, con platos de comida en sus mesas tan abundantes que bien podrían ser plato único en una comida a mediodía en España. Eso sí, el índice de obesidad entre su población es prácticamente nulo, así que algo harán bien en cuestiones de nutrición. Y es que ya lo dice el refrán, “desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”.

La siguiente parada no me dejó indiferente. Tras recorrer las calles que unen ambos barrios y ver cómo poco a poco los carteles con letras chinas dejaban paso a símbolos hindúes, me acerqué a un templo donde multitud de personas se concentraban para rezar. Tras descalzarme y lavarme los pies (obligatorio para entrar) comencé a andar por dentro del templo observando todo con gran atención. A pesar de ser una cultura tan lejana para mí, me sentía como hipnotizado observando detenidamente a las personas que allí se encontraban rezando con diversos rituales, a cual más efusivo e intenso. Por momentos se me ponía la piel de gallina al poder vivir aquello tan de cerca, y me consideré un afortunado al ser el único turista que en ese momento merodeaba por allí.

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Comencé poco a poco a dirigir mis pasos hacia la zona de la bahía, y pronto te das cuenta cómo en esta ciudad conviven con gran armonía tradición y futurismo en apenas dos manzanas de distancia. A lo lejos ya se podía ver el skyline con los rascacielos de la zona centro, y al girar una de las esquinas, el imponente Marina Bay Sands.

 

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Un precioso edificio con forma de barco con la piscina en altura más grande del mundo. Al acercarme a uno de los miradores, le pedí a un chico que estaba allí con su trípode y su cámara réflex si me podía hacer una foto. Me insistió en que me hiciera una foto posando como si sujetara el barco (yo al principio no entendía lo que me quería decir), y después de seguir sus instrucciones milimétricas con precisión de cirujano durante un buen rato… ¡tacháaaaan!

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Algo que llama poderosamente la atención cuando caminas por Singapur es el lujo que se respira en cada rincón, con hoteles y establecimientos más propios de una película donde todo parece demasiado perfecto para ser real. Por una de las calles al girar una esquina me pareció ver un perro atado con longanizas. Además, las calles están impolutas y da gusto pasear por ellas. Existen papeleras en cada esquina, y por si tienes duda del residuo que quieras tirar al suelo te dan todas las opciones posibles para que no te equivoques de papelera. Y no sólo al civismo de sus habitantes se debe esta limpieza, ya que existen leyes bastante duras en este aspecto. Justo por este motivo se prohibió la compra-venta de chicles en toda la ciudad, ya que en el pasado las aceras estaban llenas de ellos y esto daba mala imagen. Muerto el perro, se acabó la rabia. Lo que más me llamó la atención es que la multa va en función del tamaño de lo que estés tirando al suelo. Por ejemplo, un chicle te puede costar 200 dólares y un folio DIN-A4 unos 1000 dólares. No me quiero ni imaginar si se te cae al suelo un edredón de cama de matrimonio por cuánto te puede salir la broma…

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Otra cosa de la que están muy orgullosos los habitantes de esta ciudad es la tremenda seguridad que se respira. Es tal el nivel de tranquilidad con el que se vive aquí, que a veces las autoridades tienen que recordar a sus ciudadanos y visitantes que nunca hay que bajar la guardia, y que en toda sociedad por desgracia siempre hay alguna oveja descarriada. Esto lo hacen con carteles recordatorios con el mensaje “Muy baja criminalidad no significa no criminalidad”.

Tampoco existe el tráfico, grandes avenidas casi despejadas de coches a todas horas. Y es que aquí tener coche es un auténtico lujo. Además de los altos impuestos con los que son gravados a la hora de comprarlos, existen tasas de acceso a la ciudad para todos los vehículos en función de su categoría. Y nunca verás un coche viejo circulando por aquí, ya que por ley los coches no pueden tener más de 7 años. Todo esto da lugar a estampas como ésta, donde cualquier parecido con  la M-30 en un viernes por la tarde es pura coincidencia.

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Al caer la tarde un espectáculo de luces y sonido permitía los últimos momentos de relax en la ciudad con el hotel Marina Bay de fondo. Es un edificio con un diseño tan original y espectacular que no te cansas de mirarlo desde todos los ángulos, y pasar andando por debajo de sus tres enormes torres te hace sentir su verdadera magnitud.

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Alrededor del hotel existen centros comerciales y de ocio de marcas de lujo e incluso dentro de uno de ellos hay un canal con góndolas simulando la misma Venecia. Y todo este tinglado que tienen formado en torno al hotel es del mismo dueño que quería montar Eurovegas en Madrid, así que por lo visto dinero no le falta a este señor (aunque estoy convencido de que comerá como mucho mucho tres veces al día, como nosotros).

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Ya de madrugada y sin apenas gente por las calles volví por mis mismos pasos bordeando toda la bahía, con gran pena por dejar atrás lo que para mí en ese momento sentía que era el escenario de una película futurista, y yo, el protagonista.

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Buscando a Nemo

Ya estábamos de nuevo en la civilización y tocaba alquilar un coche para recorrer la costa este australiana. Después de mirar en varias páginas locales que nos habían aconsejado y de quitarnos a nosotros mismos el coche más barato al haber simulado la misma reserva minutos antes, nos vimos obligados a coger otro del siguiente segmento. Fuimos a la compañía en cuestión y al no tener disponibilidad de vehículos de esa gama nos dieron otro de mayor categoría todavía. Total, que sin comerlo ni beberlo al final hemos terminado alquilando un cochazo para estos días.

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Comenzamos a conducir y el primer cartel que ves a la salida de Brisbane impresiona bastante. Teníamos Cairns, nuestro destino final, a una nada despreciable distancia de 1679 kilómetros. Lo bueno es que teníamos muchos días por delante para recorrerlos e iríamos parando en los puntos más interesantes de esta ruta. Una de las cosas que nos llamó la atención circulando por esta carretera es que, para evitar distracciones por sueño, juegan contigo al trivial a través de las señales de tráfico. Te formulan una pregunta, y el juego consiste en aguantar despierto sin morirte hasta la siguiente señal para conocer la respuesta. Una de ellas preguntaba por el mayor ser vivo de todo el planeta, y la respuesta no era otra que la Gran Barrera de Coral que justamente visitaríamos pocos días después.

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Nuestra primera parada fue en Hervey Bay, desde donde saldría nuestra excursión para explorar la Fraser Island, la mayor isla de arena de todo el mundo. Con una longitud de más de 120km de pura arena blanca de playa, cuesta creer como en una tierra así técnicamente no fértil haya crecido tanta vegetación. El conductor lo resumió muy bien en una de sus explicaciones: es la naturaleza y la naturaleza hace lo que quiere… ahí queda eso, a ver quién se atreve a rebatir tal argumento.

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Tras cruzar la isla por los sinuosos caminos de arena donde más de un coche se quedaba atascado aparecimos al otro lado de la isla. Una vez allí comenzamos a recorrer hasta el extremo norte una playa de más de 75 millas que como no podía ser de otra manera era… sí, de arena.

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La sensación que tuve nada más aparecer en la orilla de la playa montado en un coche fue como el subidón que tienes en la tripa en la montaña rusa a punto de la primera bajada, una sensación de euforia indescriptible. Con el 4×4 a toda velocidad esquivando las olas a volantazo limpio con una precisión milimétrica fuimos avanzando playa arriba hasta alcanzar la punta norte. Durante el camino hicimos varias paradas, y una de las más llamativas fue la de poder contemplar los restos de un buque de más de 122 metros de eslora que naufragó en 1935 a causa de un ciclón.

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Es el trayecto en coche más emocionante que he hecho en toda mi vida, y la siguiente vez que cogí el coche en una carretera normal asfaltada notaba como que me sobraban señales de tráfico y me faltaban olas.

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La última parada de esta excursión era en las Piscinas de Champagne, y es que se llama así porque se crea un remanso de agua donde poder bañarse de manera más o menos segura al lado del bravo océano. Las olas al romper con las rocas generan la espuma que en este caso simularía el champagne recién servido. El chófer nos dijo que allí era razonablemente seguro bañarse, pero hizo mucho hincapié en que tuviéramos muy presente en todo momento el significado de la palabra “razonablemente” (a buen entendedor pocas palabras bastan).

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Y para contar lo que hicimos en la siguiente parada por la costa este me tengo que remontar muchos años atrás. Un día hace mucho tiempo navegando por internet me encontré por casualidad (aunque cada vez creo más que fue causalidad) una playa que me llamó muchísimo la atención. Ese año había sido elegida por un famoso portal de viajes como una de las playas más bellas del mundo.

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Como para esto del hedonismo siempre he sido muy activo, investigué un poco más y ya me enteré de su nombre y su localización exacta, lo guardé en favoritos de mi navegador y ahí quedó la cosa latente durante muchos años. Y como el destino siempre nos está esperando con cosas buenas, aquí seguía esta misma playa sin yo saberlo esperándome en la ruta del primer gran viaje de mi vida. Llama la atención su arena, y es que se trata de los granos de arena más pequeños del mundo. Debido a su alto contenido en sílice (más de un 98%) no retiene el calor y se puede andar descalzo tranquilamente por ella incluso en los días más calurosos. La arena blanca de este lugar es única en el mundo, y nos contaron que debido a sus excelentes propiedades sirvió para la construcción de las lentes del famoso telescopio Hubble. Es tal el celo con el que se preserva esta arena, que si te encuentran algo de ella en el aeropuerto aunque sea en los bolsillos te pegan una multa muy buena.

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Para bañarte en estas aguas tan paradisíacas te aconsejan el uso de un traje de licra, porque las aguas están templadas y en esta época del año suele haber bastantes medusas. Por suerte no me crucé con ninguna, pero al poco de estar en el agua de pronto empecé a notar algo extraño en los pies. Eran unos cuantos pececillos juguetones pegándome mordisquitos en los dedos mientras yo intentaba enterrar los pies en la arena.

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Desde Townsville fuimos también a visitar la Magnetic Island, una isla que debe su nombre a que el capitán del barco que la descubrió tuvo serios problemas con su brújula magnética mientras se acercaba a ella. Leyenda o no, es una isla que irradia magnetismo en cada rincón. Allí pudimos hacernos amigos de unos canguros pequeñitos que habitan la zona, y que se acercan a ti muy amigablemente para tener algo que llevarse a la boca cada día.

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La mami a veces te hacía cosquillas en la palma de la mano para que le dieras más comida, pero yo no podía quitar la vista del renacuajo que asomaba por la ventana. Cada vez que intentaba acariciarle el hocico se escondía en su guarida al instante. Eso sí que es “casa” y no lo que teníamos nosotros de pequeños cuando jugábamos al escondite.

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Cairns es un lugar que apuesta por la actividad física de sus habitantes, promocionando actividades gratuitas al aire libre todos los días de la semana. Es algo que siempre he echado en falta, ya que un lugar donde sus habitantes estén sanos es la base para construir todo lo demás. Una de las tardes nos animamos a formar parte de la clase de aquagym que imparten en la piscina al aire libre que hay al lado del paseo marítimo. En esto creo que Cairns es un claro ejemplo a seguir.

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Hacer esnorquel por primera vez en la Gran Barrera de Coral australiana es como si jugaras el primer partido de fútbol de tu vida en el Santiago Bernabeu a rebosar de público, esto sí que es estrenarse a lo grande. Tras poco más de una hora de viaje en un yate con todas las comodidades, llegamos a la parte más alejada de la costa de la barrera de coral, donde nos habían dicho que estaba la mejor visibilidad y los mejores lugares para disfrutar de la experiencia.

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Una vez equipados nos lanzamos al mar, y lo que vi allí debajo es algo que no podía creer que fuera real. Era como si me hubiese caído de repente en un gigantesco acuario, con pececillos de todas las formas y colores rondando por doquier. Era tal la felicidad que tenía que de la sonrisa me entraba agua por la boquilla. Un fuerte soplido estilo ballena y el tubo libre de agua al instante.

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Estás tan impactado en los primeros segundos de inmersión que no sabes ni hacia donde mirar ni hacia donde dirigirte, porque quieres mirar hacia todos lados y dirigirte hacia todos lados para no perderte nada. Daba igual lo que te alejaras del barco, no dejabas de ver coral y peces de todas las especies por donde fueras. Muchas veces  te sentías tan mimetizado con el entorno que intentabas seguirlos hasta el fondo a pleno pulmón sintiéndote uno más de ellos, pero una opresión repentina en los pulmones pasados unos segundos te recordaba que eras humano y que debías volver a la superficie. Da igual lo rápido que avances hacia ellos incluso con las aletas puestas, siempre se zafan de ti a pocos centímetros con una expresión desafiante en sus caras como diciéndote “nunca serás uno de los nuestros…”

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Nos habían avisado que por esa zona podíamos ver algún tiburón, y todo el rato sientes la adrenalina de que en cualquier momento puedes girar la esquina de un coral y encontrarte de bruces con uno. La verdad es que todavía no se cómo habría reaccionado, si habría ido hacia él a hacerle fotos o si hubiera salido de allí por aletas, pero tiene que darte un vuelco al corazón la primera vez que ves un bicharraco de esos. A pesar de haber pasado más de cinco horas bajo el agua en un total de tres inmersiones, cada vez que sonaba la bocina del barco para que volviéramos a bordo me resistía a abandonar el mundo de los peces. Y es que hay cosas que no se pueden explicar con palabras…

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Hasta una pareja de peces que pasaba por allí me dijeron que podían posar para la foto haciendo el símbolo de Piscis, y ahí estaba yo con mi objetivo para inmortalizar el momento.

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Y por fin, después de mucho tiempo buscándolo por todos lados incluso preguntándole a una tortuga que vi por allí, ¡por fin encontré a Nemo!

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Allí estaba con su inseparable anémona retozándose todo el rato, como un gatito se retoza con la manta cuando le dejas subirse al sofá. A pesar de lo amigable que parece en la famosa película por lo visto en la vida real son muy territoriales y si te acercas demasiado a ellos tienen bastante genio.

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Se me están achinando los ojos, y no sé si es del sueño o porque ya me estoy mimetizando con la nueva etapa del viaje. Voy a tirar todos los chicles que me queden en la mochila, porque en la ciudad donde mañana aterrizaré está totalmente prohibido mascar chicle. Próxima parada, Singapur.

En el medio del medio de la nada

En el medio del medio de la nada. Ahí es justo donde está ubicada la localidad de Alice Springs, la mayor de toda la parte central de Australia y con apenas 13000 habitantes. Aquí la vida está condicionada por las condiciones meteorológicas extremas debido a las altas temperaturas, y no ves un alma por las calles durante las horas centrales del día. Hace tanto calor que cuando te estás duchando y le das al botón del agua fría tienes que comprobarlo una segunda vez porque crees que te has equivocado… ¡el agua sale tibia!

Aquí las distancias son enormes y tomas consciencia de lo grande que es el país cuando ves tu propia ubicación en el móvil, y empiezas a quitar zoom haciendo el gesto de pinza con los dedos en la pantalla. Al rato empiezas a ver alguna ciudad habitada, al rato una carretera, luego ves el mar, un poco de Asia y ya finalmente se abre ante ti el mapamundi entero. Vale, estoy exagerando un poco pero es muy grande.

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Un día paseando me encontré esta postal en una tienda de souvenirs, y me pareció curioso ver la cantidad de países que cabrían a modo de rompecabezas dentro de este gigantesco país.

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Este es un lugar recóndito al que llega un tren infinito de más de 2km de longitud cada día para transportar la mercancía necesaria para que la gente pueda subsistir. Adelantamos a este tren justamente cuando íbamos en el autobús camino del Uluru y nos tiramos un buen rato para rebasarlo por completo. Esta falta de suministros se percibe incluso en los supermercados, donde en algunas estanterías se aprecian síntomas de desabastecimiento. He escuchado incluso historias de turistas que en el pasado intentaron llegar aquí en caravana desde la costa y se dejaron la vida en el intento, si te quedas tirado con el coche por el centro de Australia no esperes que nadie venga a rescatarte. Incluso en los contratos de alquiler de coche se prohíbe expresamente conducir de noche, bajo penalización.

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Uno de los atractivos que tiene esta ciudad es el santuario de canguros, donde vive el canguro más famoso de Australia. A Roger, que así se llama, se le ha ido de las manos el tema de la vigorexia y se ha puesto cachas. Resulta que este canguro desde pequeño mostraba su afición por doblar todo tipo de hierros que cayeran entre sus patas, y poco a poco ha ido cogiendo esa complexión hasta llegar a ser este cangurotón. A ver quién es el chulo que se atreve a echarle un pulso.

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Era aun de noche cuando el chófer del bus pronunció como pudo nuestros nombres en la recepción del albergue. Como se parecían a los nuestros, allá que nos montamos. Hay muchos tours que salen desde Alice Springs cada madrugada y si te confundes de bus podrías acabar en la conchinchina. Durante los primeros kilómetros de noche aproveché para dormir, y sólo desperté con el agradable calorcito de los primeros rayos de sol en mi mejilla a través de la ventanilla. Al abrir los ojos un espectáculo de tonos naranjas y ocres asomaba por el horizonte.

De niños cuando en el cole en ciencias naturales nos enseñan las planicies, los terrenos montañosos… y ahora pienso que deberían incluir un apartado nuevo especial para el Uluru. Una misteriosa mole de roca de 350 metros de altura (que se dice pronto) y 9km de contorno en mitad de una zona llana y desértica a kilómetros y kilómetros a la redonda. Desde una vista cenital parece como si un enorme meteorito hubiera caído del espacio en ese lugar quedando encastrado en el suelo para siempre.

 

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Bajo un sol de justicia a mas de 40º comenzamos la caminata de una hora hasta la garganta de Los Olgas. Nos cuenta el guía que hemos venido a hacer esto a primera hora antes de que hiciera demasiado calor, y es que por lo visto hace unos días se registró una máxima de 50.3º y casi se le derriten unos cuantos turistas. Es tal el bochorno que hacía que era como si una persona imaginaria fuera caminando junto a ti enchufándote todo el rato en la cara con un soplete. Sorprende mientras te adentras entre las paredes de la garganta que, a pesar de lo árido y seco del terreno, un riachuelo se abre paso como haciéndole burla.

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Tras una comida ligera y un poquito de descanso a la sombra era el momento de acercarnos al Uluru. Existe una carretera circular hasta la mismísima pared del Uluru y te sientes muy muy pequeñito cuando circulas por esa carretera y contemplas desde la base sus paredes verticales de roca viva.

En una de las caminatas el guía nos llevó a un mirador desde donde se contemplaba una gran poza con agua. A este lado, un grupo de turistas asados de calor escuchando al guía soltar su explicación. Al otro lado, una pandilla de niños aborígenes jugando con un balón de rugby y tirándose al agua por un tobogán natural de roca y haciendo piruetas y saltos mortales al lanzarse al agua. No podía dejar de mirarlos y ver sus caras de libertad y diversión en un paraje tan espectacular. A los pocos minutos el guía terminó su explicación y tuvimos que seguirlo cual rebaño de vuelta al bus. Me sentí un turista enjaulado en una jaula de oro, claramente la felicidad estaba al otro lado de la barandilla…

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El colofón para este gran día era ver el atardecer en uno de los dos miradores que tiene el Uluru, ya que está montado de tal manera que puedas ver el atardecer y el amanecer desde los mejores puntos posibles. De esta manera pudimos ver las distintas tonalidades de naranja que iba tomando la roca sagrada conforme atenuaban los rayos de sol. La verdad es que hipnotiza y a la vez cuesta creer cómo se habrá formado esa roca ahí.

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No me extraña que en su día los aborígenes que habitaban la zona lo consideraran como un lugar sagrado, debido a su majestuosidad y el halo de misterio que provoca algo así en mitad del puro desierto. Tras una barbacoa para cenar y un brindis con champagne francés pudimos disfrutar de este místico atardecer.

 

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Ya de noche emprendimos camino de vuelta a nuestro albergue, donde mañana un vuelo de vuelta nos llevara de nuevo a la civilización de la costa este, que dicen que por allí vive un pez llamado Nemo.

Entre koalas y canguros

Nos fuimos de Nueva Zelanda sin ver ni un solo kiwi, el animal más emblemático del país y paradójicamente también el más difícil de ver. Aquí en Australia ha sido llegar y besar el santo, llevamos unos pocos días y ya hemos visto un koala y un canguro, aunque de este último no tengo foto porque se fue corriendo (bueno, saltando) enseguida y se escondió entre la maleza. Nunca había visto un koala en vivo y en directo y me impresionó muchísimo la parsimonia que tienen para moverse. Yo que pensaba que al vivir en los árboles serían ágiles y rápidos, y todo lo contrario, les cuesta la vida incluso abrir los ojos, están como adormilados todo el rato. Viven continuamente como si se acabaran de despertar de la siesta, no me imagino cómo estarán cuando se despierten de la siesta de los viernes…

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Antes de esto habíamos pasado unos cuantos días conociendo Sydney, engalanada con los preparativos del nuevo año chino del gallo. Cada rincón de la ciudad estaba decorado para este evento, con figuras en la calle tan espectaculares como esta:

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La tarde anterior la habíamos dedicado a dar una vuelta por la zona del puerto, con los emblemas de la ciudad como testigos: Harbour Bridge y Sydney Opera House. Lo primero que me llamó la atención del puente nada más verlo asomar entre los rascacielos fue lo grande que era, una mastodóntica obra que conecta ambos lados de la ciudad a través de una estructura metálica sostenida en el aire de 134 metros de altura. Una auténtica maravilla de la ingeniería con más de 500 metros de longitud sin un pilar en medio que lo sustente. Además, diversas compañías turísticas ofrecen el poder caminar por arriba del todo por un módico precio para tener una panorámica única de la zona del puerto y alrededores.

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Y la Casa de la Ópera tan sobria y elegante como me la esperaba. Puede que sea uno de los edificios más fotografiados del mundo por su original diseño, y es algo que no deja indiferente a nadie cuando lo ve. En una de las noches que estuvimos allí estaba iluminada con un color rojo tenue, también conmemorando el año nuevo chino que vendría en unos días.

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A poco más de una hora en tren de Sydney se encuentra el parque nacional de las Blue Mountains. Por mucho que el nombre pueda parecen, no son azules ni nada parecido. Es un enorme valle poblado de árboles y vegetación donde se encuentran las Three Sisters, unas elegantes formaciones en forma de aguja que presiden todo el valle. Tras una larga y dura ruta rompepiernas de bajada y subida de escalones atravesando un bosque cerrado de vegetación lleno de cascadas, llegamos unos minutos tarde para ver los últimos rayos de sol posarse sobre ellas. Aun así, la imagen desde el mirador al verlas tan cerca impacta mucho y cuando cae la noche la iluminación de los enormes focos dirigidos hacia ellas las hace todavía más espectaculares si cabe …

 

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Al transitar por la Great Ocean Road sientes como si formaras parte de un anuncio de coches, más de 253km de sinuoso recorrido costero con unos paisajes y acantilados espectaculares al borde de la carretera. Te dan ganas de sacar la mano por la ventanilla haciendo ondas en el viento como en el famoso anuncio.

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Son muchos los puntos en los que merece la pena hacer una parada, y de camino pudimos bajar a playas tan tranquilas como esta. Era una gozada ver la fuerza con la que rompen las olas en este punto, y tenías que ir con cuidado porque la marea puede dejarte allí encerrado contra el acantilado en apenas unos minutos.

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Sin duda la parada más conocida de esta carretera es para ver los 12 Apóstoles, espectaculares formaciones rocosas verticales que se han formado a unos metros del acantilado debido a la erosión a lo largo de los años. Yo estuve contándolos muchas veces, y por mucho que lo intenté no conseguí llegar a contar la docena. Nos contaron después que debido a la erosión algunos de ellos han desaparecido, y que poco a poco y con el paso de mucho tiempo emergerán nuevas formaciones.

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Y qué decir de Melbourne… esa ciudad que te enamora y que cuando alguien te pregunta no sabes decir el porqué. Sólo hacen falta un par de días allí para darte cuenta de que es un lugar donde te podrías imaginar viviendo sin hacer mucho esfuerzo. Todo parece preparado para el bienestar de la gente que allí vive, y no hay más que salir a dar una vuelta para ver la vida que tiene y lo bien que funciona allí todo. Uno de los edificios que más me llamó la atención fue la Biblioteca Nacional, su interior es tan acogedor y tranquilo que dan ganas de volver a coger el macuto, el estuche y volver a estudiar.

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Esta ciudad es un lugar donde cualquier persona que tenga un trabajo llega a fin de mes, un sitio donde el transporte público es gratuito en la zona centro, donde hay zonas verdes por todo el área metropolitana donde relajarse tranquilamente, donde existen servicios y facilidades para todos los que viven allí. La ciudad en la que cualquier ciudad del mundo podría mirarse en su espejo para mejorar.

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Hobbiton

Hobbiton es uno de esos lugares que merece la pena ser visitado incluso aunque no hayas visto ni una sola película de El Señor de los Anillos. No me extraña que su director quedara prendado de este lugar allá por 1998 mientras sobrevolaba la zona con una avioneta en busca de nuevas localizaciones para su película.

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Es como si estos terrenos hubiesen estado predestinados desde siempre para dar cobijo a un lugar tan mágico como el que se imaginaba J.R.R. Tolkien en su cabeza.

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El propietario real de estos terrenos, que aparece en el vídeo introductorio, no puede disimular su cara de satisfacción. Eso sí que es que te toque el premio gordo sin haber echado ni una sola papeleta. Al ser un lugar tan escondido e inaccesible se requirió la ayuda del ejercito neozelandés para construir una carretera de 1’5kms que conectara el lugar con la localidad más próxima, Matamata.

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La visita guiada comienza por la misma senda por la que aparecía Gandalf subido en su caballo charlando con Frodo en una de las primeras películas. Lo primero que llama la atención es lo bien cuidado que está todo, sabes que hasta el más mínimo detalle no está ahí por casualidad y entiendes realmente por qué una de las grandes cualidades de un buen director de cine es el perfeccionismo. Con razón luego hacen esas verdaderas obras de arte en forma de película.

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Es como haber aparecido de repente en un día cualquiera de la vida de los hobbits, nosotros por ejemplo cuando fuimos Bilbo Bolson se había dejado la ropa tendida al sol.

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Imaginé muchas veces lo alucinante que sería vivir in situ un rodaje de una de las películas y cómo retumbaría el “¡¡corteeeeeeeen!!” en el vozarrón de Peter Jackson por todo el valle. Nos contaban que más de 400 personas pueden darse lugar allí durante la grabación. Este sin duda es un lugar de película, pero en este caso sin sentido figurado ni nada, de película de verdad.

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Otra de las curiosidades que nos contó la guía es que cuando iba a comenzar la grabación de El Hobbit se dieron cuenta de un pequeño gazapo. Al tratarse de una precuela, la película está ambientada en una época anterior a El Señor de los Anillos… ¿pero qué pasaba? Que el árbol que salía justo encima de una de las casas había seguido creciendo y creciendo y se había hecho enorme, por lo que iba a resultar poco creíble para la historia.

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Al final se decidió cortarlo y colocar en el mismo lugar otro de mentira pero de menor tamaño. Está tan bien hecho que es practicamente imposible distinguirlo de uno real incluso a muy pocos metros de distancia. Corría una suave brisa ese día y las hojas se movían como si de un árbol real se tratase.

Otra de las cosas que uno se pregunta al visitar este sitio es si por dentro las casas estarán decoradas como en la película. Y aquí la magia del cine vuelve a hacer creíble lo increíble, cuando abres la puerta ves que… están totalmente vacías.

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Nos contó la guía que estos decorados del interior de las casas no se encuentran aquí sino en Wellington, una ciudad unos cuantos kilómetros al sur donde se graban las escenas interiores.

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Terminamos la visita tomando una cerveza en la taberna de Bolsón Cerrado alrededor del fuego y brindando por larga vida para nuestros pequeños amigos, los hobbits.

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La isla bonita

Si hay algo que pone de acuerdo a casi todo el mundo es que la isla sur de Nueva Zelanda, la de mayor tamaño, es también la más bonita. Allí hemos podido visitar lugares tan increíbles como Milford Sound, Abel Tasman o el glaciar Franz Josef entre otros. En este último, el punto hasta el que te puedes aproximar para verlo depende cada día de la meteorología, y esto es por temas de seguridad ante posibles desprendimientos. Había de hecho durante la caminata carteles con recortes reales de periódicos donde salían noticias de turistas que habían muerto sepultados por el hielo por querer verlo demasiado cerca. Tras un buen rato andando bajo la lluvia, nos encontramos con este señor que nos dio el alto. Allí se tira día y noche a la intemperie y siempre con una sonrisa. Le chocamos los cinco y  de vuelta para el coche, el glaciar se veía bastante lejos todavía. Después de haber tenido el perito Moreno en los morros esto nos supo a poco, la verdad.

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En nuestra ruta por carretera hicimos un desvío para pasarnos por las cuevas de Waitomo, conocidas mundialmente porque su interior está plagado de luciérnagas. Es una experiencia única y una de esas maravillas que la naturaleza es capaz de ofrecernos. Allí contratamos también una de las actividades de aventura, una especie de rafting a través del riachuelo que atraviesa la cueva con la única ayuda de un flotador. Por un día volvimos a ser niños otra vez, y chapoteamos en un agua totalmente congelada.

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Recuerdo que después de saltos al vacío incluso de espaldas, bajar por aguas con rápidos e investigar cada recoveco llegó el momento más especial. El monitor nos pidió que apagáramos las linternas, que guardáramos silencio absoluto y que confiáramos en él. Uno por uno en total oscuridad nos iba soltando tumbados en nuestro flotador a merced de la suave corriente. No sabría explicar la paz que sentí en ese momento, dejándome llevar por el agua embriagado por las lucecitas que plagaban el techo como si fuera un cielo estrellado… un momento mágico.

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A veces las correprisas reservando un alojamiento te traen sorpresas, como nos pasó un día. Llegamos al B&B y la señora empieza a hablarnos del bote donde íbamos a pasar la noche, nosotros nos miramos extrañados el uno al otro como diciendo… “¿el bote? ¿qué bote”? Pues resulta que no habíamos reservado una habitación al uso sino un bote en mitad de un jardín. Estaba cuidado hasta el más mínimo detalle con una pasarela como si estuviera amarrado al muelle, una auténtica monería. Después de hacer el tonto lo que no está escrito (simulando que estábamos en un barco en alta mar, cantando la canción del barco de Chanquete…) al final el sueño nos pudo y caímos rendidos. ¡He de decir que es un sitio comodísimo para dormir!

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También hemos hecho kayak, pero esta vez queríamos salirnos de los tours guiados en los que todo el mundo tiene que seguir al guía como los patitos siguen a su mamá pata.

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Cogimos un par de kayaks para navegar a mar abierto bordeando la costa a nuestro antojo, sin rumbo y sin prisas… Pude sentir la libertad en cada palada y explorar cada rincón sumergido entre aguas cristalinas, y hasta tuve momentos para el relax simplemente para observar y disfrutar del entorno que me rodeaba.

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En Queenstown los bicivoladores volvieron al ataque, y esta vez con el más difícil todavía. Nuestra idea era alquilar una bici para dar un paseo tranquilamente, y cuando vimos que el chico de la tienda nos empezaba a dar casco integral, rodilleras, coderas… vimos que algo emocionante nos venía encima. La colina de esta ciudad se ha convertido en auténtico circuito de mountain bike, donde están las bajadas más emocionantes y espectaculares que he visto en mi vida, y eso que escogimos la ruta de nivel intermedio. Una vez abajo de vuelta en la ciudad y sin adrenalina que llevarnos a la boca, fuimos a darnos un homenaje.

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Aquí en esta ciudad se encuentra la considerada por muchos “la mejor hamburguesa del mundo”, un título tan subjetivo como codiciado en todo el planeta. Un pequeño local con colas durante todo el día, y que hamburguesa a hamburguesa ha conseguido ese renombre a nivel mundial en muy pocos años desde su apertura. A pesar del éxito han preferido no expandirse ni ampliarse como franquicia, lo que lo hace todavía más genuino. No sé si es la mejor, pero la más grande que he comido en mi vida seguro que sí. Yo todavía no sé cómo conseguí comerla entera, todavía llevo agujetas en la mandíbula.

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Y así fuimos apurando los últimos días en este país tan lejano. Gracias a las nuevas tecnologías y a los smartphones puedes sentirte que acortas las distancias con tus seres queridos en todo momento, por la inmediatez con la que puedes comunicarte con ellos. Pero es cuando te cruzas con una señal de este tipo cuando realmente eres consciente de lo lejos que estás de tu tierra…

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