Hong Kong desde el cielo

Lo primero que pensé cuando dejé los bártulos en el hotel y comencé a caminar sin rumbo por las calles de Hong Kong fue “¿aquí no estamos un poco apretados”? Es como si en todas las calles hubiesen manifestaciones, pero al mezclarte entre la marabunta y no ver pancartas reivindicativas ni gente que grita, ves que no, que es que allí juegan así. Cada vez que un semáforo de peatones se pone en rojo se va densificando la acera hasta rebosar por las calles colindantes, y cuando la luz se pone verde, empieza la guerra. Cuando volví al hotel me informé un poco sobre la ciudad y, efectivamente, es el núcleo urbano con mayor densidad de población del planeta.

Y es que esta ciudad no está hecha para caminar. Dar un tranquilo paseo por Hong Kong puede convertirse en la más complicada de las gymkanas. Barandillas, medianas, pasarelas sobreelevadas, zanjas… a veces tienes que hacerte un croquis mental del recorrido porque no sabes como ir “de aquí a ahí” (a pesar de estar viendo con tus ojos el punto donde quieres llegar), y en muchas zonas directamente no hay ni aceras. Y es que esta ciudad no es amigable para los peatones, de repente te puedes ver inmerso entre la multitud avanzando a través de unas pasarelas cubiertas que atraviesan continuamente centros comerciales y que quizá, te estén alejando del lugar donde tu tenías planeado ir. Se rumorea que el último turista que se perdió en ellas todavía sigue de compras dos meses después desde que lo echaron de menos.

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Aquí los bloques de edificios se llaman “mansiones” y a veces incluso ocupan manzanas enteras. Son como pequeñas ciudades verticales donde puedes encontrar de todo sin salir de allí. Es increíble cómo aprovechan cada metro cuadrado para lo que sea, y cómo en un minipiso de 50 metros cuadrados te pueden montar un albergue con capacidad para más de 30 personas en literas que llegan hasta casi el techo. Y es que la ciudad es muy bonita desde arriba pero una vez dentro, la realidad es bien distinta, viven en un extremo hacinamiento.

Otra de las mañanas la dediqué a visitar a mi amigo Bruce. Le comenté que vaciara su mente, que fuera moldeable como el agua. Le dije también que si ponía agua en una taza se convierte en la taza, que si ponía agua en una tetera se convierte en tetera y que el agua puede fluir o chocar. Me alejé de él diciéndole adiós con un contundente “Be water, my friend”.

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Llegas a terminar con torticolis de mirar hacia arriba entre tantos rascacielos, y en una de las veces me llamó la atención a lo lejos un edificio que estaba en obras. Me parecieron llamativos los andamios que estaban utilizando. Por lo visto aquí ya viven en el futuro, y han descubierto un material ultrarresistente para construirlos, una extraña aleación de diversos materiales dotados con la última tecnología. Todavía a día de hoy equipos de científicos están tratando de dar con la fórmula óptima en los laboratorios de pruebas más vanguardistas  del mundo. Poco se conoce hasta la fecha, pero se ha filtrado ya su nombre… se llama caña de bambú.

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Una de las visitas más interesantes en nuestro paso por Hong Kong fue el templo de los 10000 budas. Sólo el nombre ya te llama la atención y es casi motivo suficiente para animarte a ir a verlo. Comenzamos la subida a la colina y empezaron a aparecer budas por doquier. Cuando llevaba contados 9968, una mosca se me cruzó en el camino y perdí la cuenta, así que por si algún día vienes por Hong Kong y quieres seguir contando me quedé en éste, el segundo empezando por la izquierda que está sujetando un libro.

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Otro tema curioso es el de los autobuses. En España todos sabemos que cuando subes a un autobús hay que tratar de no pagar con billetes grandes porque a veces pueden que te digan “que no tienen cambio”, cuando en realidad a veces sí que te podrían cambiar pero no quieren. Aquí en Hong Kong se eliminan por completo las comillas a la expresión, y es que no tienen cambio porque directamente los conductores no tienen acceso al dinero. Dejas el dinero dentro de una urna de cristal acorazada, y lo que ahí metas es lo que te va a costar el viaje. Ni un céntimo más ni menos. Además, los tranvías aquí siguen una dieta de lo más equilibrada a base de hidratos y cero grasas y así se les ha quedado un tipín de lo más fino.

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La última noche fuimos a por la guinda del pastel de nuestra visita aquí, las famosas vistas sobre la bahía. Es la foto más emblemática de Hong Kong y su principal atractivo turístico. Es curioso comprobar como el principal atractivo de una ciudad, es ¡ella misma! Una vez consigues sitio en primera fila en el mirador y comienzas a notar la caída del sol, empiezas a entender el porqué. Es sin duda uno de los skylines más impresionantes que recuerdo, y la situación que eligió el Pico Victoria para ser la vigilante eterna de esta ciudad no pudo ser más acertada. El hecho de tener esta vista cenital desde un lugar tan alejado a los rascacielos le da si cabe un toque más espectacular, es como si lo vieras desde la cabina de mandos de un avión siendo tú el piloto y estuvieras a punto de iniciar la maniobra de descenso. Cabin crew, ten minutes to landing.

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Entre las ruinas de Angkor Wat

Angkor Wat es mucho más que la típica imagen que todos tenemos en mente de su templo más conocido. Se trata del mayor conjunto de templos religiosos del mundo, ocupando una extensión de más de 162 hectáreas (o el equivalente en campos de fútbol como les gusta decir en las noticias). Lo curioso es que, por razones que aún se desconocen, quedó abandonado en el ostracismo y sepultado bajo la densa selva hasta ser descubierto muchas décadas después en 1568. La persona que lo redescubrió escribió de aquel lugar “una construcción de tal modo extraordinaria que no es posible describirla por escrito, especialmente diferente de cualquier otro edificio en el mundo. Posee torres, decoración y todos los refinamientos que el genio humano puede concebir“, y suscribo cada palabra. Empleando un día completo desde que abren hasta que cierran puedes hacerte sólo una somera idea de aquello, siempre y cuando contrates un tuc tuc que te vaya moviendo por allí, ya que el recorrido “corto” tiene más de 18 kilómetros. Es tal el renombre que tiene a este lado del mapa que muchos aquí lo consideran el Machu Picchu asiático. Dice la leyenda que para poder quedarte con la sensación de haberle sacado partido y sentir que lo has exprimido al máximo serían necesarios en torno a unos 40-50 días en turnos de mañana y tarde.

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Como en Siem Reap nos habíamos alojado en el albergue del despiporre, la noche se nos fue un poco de las manos y al día siguiente se nos pegaban un poco las sábanas para levantarnos a ver piedras. Sabíamos que nos quedaba una larga jornada por delante si queríamos ver al menos los puntos más importantes, así que hicimos de tripas corazón y nos pusimos en pie. Tras acercarnos al punto de venta de tickets y hacernos un carnet con foto cada uno, nos adentramos en el complejo de templos.

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Nuestro chófer de ese día, un hombre parco en palabras, nos iba parando en cada uno de los puntos principales siguiendo el plan establecido. Al llegar a cada lugar, nos señalaba el templo en el mapa, nos decía el nombre y nos apuntaba con el dedo cómo ir. Cada vez que nos separábamos a mi me gustaba quedar con él “a clavo pasao” (como dice mi madre) sobre cuál sería el punto exacto donde nos volveríamos a encontrar para seguir la ruta, ya que en un lugar tan grande lo más fácil es perderse. Siempre me decía que no me preocupara, que allí mismo estaría esperándonos, y pronto entendí el porqué.

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Es increíble el nivel de perfección en las construcciones alzadas piedra a piedra, y lo bien conservadas que siguen con el paso de los años. Durante todo el recorrido existían carteles donde, con fotografías a todo color, se enseña a los turistas las tareas de restauración que se han ido haciendo con el dinero recaudado en las entradas, y la verdad es que el antes y el después te dejaba impresionado.

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También nos dio tiempo a jugar a imitar a Lara Croft, escondiéndonos de los malos en cualquier rincón donde cupiesen nuestros huesos.

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Poco a poco nuestro conductor iba perfeccionando la técnica de la espera hasta desafiar las leyes de la física. Y es que en días de bochorno como éste, la presión arterial disminuye, el cuerpo se te aplatana y lo único que te pide es dormir a pierna suelta resguardado bajo una buena sombra.

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Una de las cosas que más llaman la atención de este lugar es cómo los enormes árboles se mimetizan con las construcciones, entrelazándose con las paredes en un abrazo eterno que sellará su amor para siempre.

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En uno de los últimos templos vi a lo lejos dos niñas con unos sombreros muy llamativos que nos saludaban haciendo el símbolo de la victoria con la mano. Me llamaron tanto la atención que me acerqué a saludarlas y ver sus ojillos de cerca. Espero que a pesar de la situación difícil que les ha tocado vivir, ese sea su lema durante sus vidas y consigan cantar victoria algún día. Y es que el mayor sorteo en el que participamos en nuestras vidas nunca hemos echado una papeleta, y es el lugar del mundo donde nacimos. Es el que marcará en gran parte nuestro futuro y nuestras oportunidades.

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Al final de la visita allí seguía nuestro fiel conductor a punto de terminar su dura jornada laboral, dispuesto a llevarnos raudo y veloz a nuestro albergue donde nos esperaba la piscina para darnos el último bañito del día.

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Otra cosa muy importante de este país es la poca importancia que le dan ellos mismos a su propia moneda nacional, el riel camboyano. La agencia que nos organizaba el traslado de entrada a Camboya nos advirtió de lo difícil que era conseguir rieles en el país (ni los cajeros automáticos dan rieles), y nos aconsejó cambiar en la frontera todo a rieles diciéndonos que en dólares los precios de las cosas se cuadruplicaban. La moneda de uso corriente allí son los dólares estadounidenses, que directamente han asimilado como propia, y si pagas en rieles te cobran exactamente lo mismo o más. Te das cuenta de que todo vale “one dollar”, me recordó a lo que nos pasó en España cuando todo pasó a valer “un euro” tras dejar atrás la peseta. Cometí el error de hacerles caso, porque una vez que salí del país fue imposible volver a cambiar esa moneda. Me sentía como el Tio Gilito pero con billetes del Monopoly. Es la primera vez en mi vida que me ocurría lo de salir de un país y no poder cambiar el excedente de dinero a la moneda del país siguiente, te quedas con una cara de tonto importante. Casi rogando en una casa de cambio conseguí que me dieran menos de la mitad del valor del dinero que tenía, menos da una piedra..

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Una visita muy fugaz e intensa a estos famosos templos que han superado con creces todas mis expectativas, y es que muchas veces cuando no esperas mucho o no estás sobreinformado de lo que vas a ver, la sorpresa es incluso aún mayor. Me queda el consuelo de saber que, siempre que quiera volver a ellos, cerraré los ojos y allí apareceré por arte de magia…

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Vaya vaya… aquí sí hay playa

¿Qué solemos hacer con los bebés cuando queremos que se duerman cuanto antes? Mecerlos un poquito, ¿verdad? Pues eso es lo que hicieron conmigo en el tren nocturno con destino a Bangkok. Me mecieron de lado a lado con el traqueteo del tren y desde ese momento ya no recuerdo nada más. Pero volvamos al principio. Nada más dejar el mochilón comencé a recorrer todos los rincones del tren, era la primera vez que me subía en un tren así y parecía un niño con zapatos recién estrenados. Tanto quise explorar que un guardia me echó el alto cuando al acceder a uno de los vagones me dijo que a partir de ese punto era sólo para la tripulación y los maquinistas. Después de tomar algo tranquilamente en el vagón cafetería, donde había hasta Wi-Fi, volví al asiento que tenía asignado. Sobre las 8 de la tarde y en un abrir y cerrar de ojos los asientos se convirtieron como por arte de magia en confortables camas. Con un aire acondicionado ajustado en modo ártico no apto ni para pingüinos y al compás del chacachá, del chacachá del tren (estás cantando la canción y lo sabes)… nos fuimos durmiendo uno por uno. Cómo sería lo bien que dormí que lo siguiente que recuerdo es despertarme, mirar corriendo el móvil para localizarme en el mapa por GPS y ver si me había pasado de estación y respirar de alivio al ver que estábamos aminorando la marcha para entrar en la estación de trenes de Bangkok.

 

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Tras encontrarme con mis chilenas favoritas empezamos a planificar cómo iban a ser nuestros días de relax por las las playas del sur de Tailandia. Cuando despliegas el mapa de Tailandia y miras en el calendario los días que tienes previsto permanecer en ella, te empiezas a plantear cómo vas a hacer todas las conexiones para llegar a esas playas recónditas que un día viste en una postal en tan poco tiempo. Pero nada más lejos de la realidad, moverte por Tailandia es la cosa más sencilla del mundo gracias a sus billetes combinados. Sin salir de tu albergue puedes comprar un billete que te lleva desde la misma puerta hasta el sitio donde vayas. Una minivan te recoge, te lleva a la estación de tren, en la estación de destino te esperará un bus que te llevará al puerto donde finalmente un ferry te acercará a la isla que habías elegido, donde siempre habrá un taxista gustoso de llevarte a tu hotel por un módico precio. Lo que sobre el papel parecía una gran odisea, se convierte en un cómodo viaje “puerta a puerta”, quedándote todo el tiempo del mundo para disfrutar.

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La primera excursión fue a la que quizá sea la playa más conocida de Tailandia, Maya Beach. No sé si fue la película de Leonardo DiCaprio la que la colocó en el mapa o ya era conocida de antes, pero el caso es que es un auténtico paraíso natural que ha muerto de éxito. El enclave de aquella playa es uno de los sitios más espectaculares que he visto jamás, pero aquello parecía la puerta de El Corte Inglés el primer día de rebajas unos minutos antes de abrir. Es tal la aglomeración de gente incluso en temporada baja que muchas agencias ofrecen tours especiales a primera hora del día bajo el lema “Viaje con nosotros y evite masificaciones”.

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Mientras estaba en aquel paraíso imaginé qué tuvo que sentir la primera persona que, con su barquita de madera, descubrió por primera vez aquel precioso rincón. Y es que somos muchas personas viviendo en este planeta, y en este viaje me estoy dando cuenta de que normalmente elegimos los mismos cuatro sitios para ir. Algunos son tan excepcionales que consiguen poner de acuerdo a demasiada gente. Muchas veces me preguntó si existirá todavía algún rincón así de increíble en algún lugar del mundo y que nunca haya sido descubierto por ningún ser humano. Sin duda, sería el secreto mejor guardado.

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Otra de las islas que más me gustó fue Koh Tao, por el ambiente joven y sano que desprende. Todo tipo de actividades acuáticas por el día y un poquito de ambiente por la noche en garitos casi casi con el agua de la playa en los tobillos. Además me sorprendió positivamente la conciencia medioambiental que se lleva promulgando desde hace unos años en esta isla, para convertir al turismo en sostenible y poder preservar así este paraíso durante muchos años. Es un lugar donde no están permitidas las latas ni las botellas de plástico ya que al estar tan aislado y no tener un apropiado sistema de gestión de residuos sería insostenible. Además, el eslogan que abandera este movimiento me pareció de lo más acertado y original : “You CAN make the difference”.

 

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Cuando cae la noche, empieza a sonar la música y los bares a pie de playa comienzan a poblarse de gente con ganas de pasar una agradable velada disfrutando de la brisa del mar. Cuando los más rezagados vuelven a sus hoteles, los madrugadores comienzan a preparar sus equipos de buceo para lanzarse al mar.

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Me despido de Tailandia también enamorado de su comida más conocida, el pad thai. Ha entrado de golpe en uno de mis manjares favoritos a partir de ahora. Así que por favor, si conoces a alguien que conozca a alguien que sepa de alguien que pueda conocer a alguien que sepa un buen sitio de pad thai, estaría eternamente agradecido para amenizar la espera hasta la próxima vez que vuelva por Tailandia. Lo tiene todo, sano, rico, nutritivo y muchas cosas más. Y cuando piensas que la eclosión de sabores no puede ser mejor, entonces llegan y te lo envuelven en tortilla francesa y es cuando se te comienza a caer la famosa lagrimita. Si cierro los ojos todavía puedo relamerme del toque final que le daba el limón recién exprimido y los cacahuetes molidos que esparcía por encima.

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Ah, el café con leche del 7eleven también será recordado durante bastante tiempo. No me gusta nada el sabor del café, pero éste estaba tan tan en su punto de todo (ni un grano de azúcar le hacía falta) que conseguía alegrarme todas las mañanas para empezar el día con energía. Very cool, please.

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Y después mucho carrete bacán, de disfrutar de nuestras chelas en chalas y conocer gente filete y nada fome es hora de dejar de ser un guateperro que es malo para la guata y los rollos y esconden para siempre las calugas. Evitando todo tipo de copuchas con mis minas favoritas y arrojando al tacho toda la mala onda . Aprovechando que los parlantes estaban pegados a nuestra pieza y era brígido dormir, nos tincaba bajarnos al tiro a por unos copetes con bombilla acompañados de unos maníes pero sin nada de joteo y con las sillas chuecas, que allí había caleta de gente desde cuicos hasta flaites pero nadie perno. Por la mañana sacábamos la chauchera donde guardábamos la cucha y sin ser manoguaguas nos ibamos a por unos queques. Por las noches una polera y una frasada no venían mal para los friolentos. Y así amigos es cómo aprendí a hablar en chileno, ¿cachai? 🙂

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Chiang Mai, Chiang Rai y Chiang Guay

Bueno, este último no lo busquéis en ningún mapa porque me lo acabo de inventar, ¿pero a que quedaría gracioso para completar la trilogía? Aunque las dos primeras sí que existen de verdad y son dos puntos que no deberías perderte si un día visitas el norte de Tailandia. Una de las excursiones más populares que se pueden hacer por este extremo norte del país es conocer Chiang Rai (y su famoso Templo Blanco) y El Triángulo de Oro (la frontera donde se unen Tailandia, Laos y Birmania). Tras preguntar en varias agencias de viaje y poner en práctica el noble arte del regateo, por fin encontré una excursión de un día que combinaba todos los puntos que me había propuesto ver. La primera parada fue en el Templo Blanco, una llamativa construcción que hipnotiza desde que la ves por primera vez por lo diferente que es a todo lo que has visto hasta ese momento. Nuestro guía nos contó que este templo había sido construido por una persona particular sin haber recibido ningún tipo de ayuda gubernamental, y que apenas tiene unos años. Por lo que vi allí sólo puedo decir que no sabría si llamarlo arquitecto, albañil o artista, o una mezcla de ellas. De lo que estoy convencido es de que esta persona es un genio.

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El Triángulo de Oro me recordó mucho al que vi hace ya unos meses (y parece que fue ayer) en Puerto de Iguazú, y es que no hay nada como varios ríos confluentes para decir hasta dónde va la linde y así que no se riñan luego por la tierra. Después fue el momento de dar un paseo en bote por el río Mekong y un fugaz paso al país vecino Laos, donde pude comprobar desde el primer momento la diferencia entre un país en desarrollo y otro realmente sumido en la pobreza.

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Un lugar donde la extrema pobreza esfuma de un plumazo la infancia de los niños. No olvidaré la mirada seria de aquel niño tan pequeño y que ya cargaba con su hermanito bebé a cuestas.

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Tocaba el momento de volver a hacer el macuto e irme a pasar un par de días a la selva, lejos del mundanal ruido de Chiang Mai. El trekking del primer día comenzó con rampas durísimas que nos pillaron a todos por sorpresa. La aldea donde pasaríamos la noche estaba situada en lo más alto de la montaña, donde al poco de llegar nos esperaba este precioso atardecer.

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Al dejar las mochilas e instalarnos en lo que sería nuestro nuevo hogar, el reloj empezó a ralentizarse. Una sensación de tranquilidad nos invadió a todos. Era el momento de descalzarse, relajarse y disfrutar de ver pasar el tiempo. Y es que no hay nada como un lugar sin cobertura de móvil para que las personas hagamos lo que hemos hecho desde siempre, que es hablar unos con otros mirándonos a los ojos.

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El grupo con el que coincidí en la excursión era muy multicultural y eso contribuyó a hacer la experiencia más enriquecedora si cabe. La mayoría de ellos eran francófonos pero menos mal que cuando estábamos en grupo nos comunicábamos en inglés, porque yo de francés je ne sais pas. Por suerte he encontrado una profesora nativa que me va a convertir en bilingüe en cuanto empiece mis clases después del viaje, así que a la próxima vez ya no tendré este problema.

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Llegada la noche prendimos el fuego y cuando éste se convirtió en cenizas, las luces tenues de las velas hicieron el resto. Poco a poco el cansancio fue haciendo mella, y entre notas de guitarra, trucos de magia y muchas risas,  la gente fue desfilando hacia la cama.

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Al día siguiente en el desayuno todo el mundo hablaba de un gallo que por allí rondaba el día anterior. Por lo que contaban, cada hora con puntualidad británica había estado cacareando y despertando a todos. Yo no lo escuche ni cuando cacareó al amanecer. Dormí como hacía años que no dormía, ni recuerdo la última vez que dormí 10 horas del tirón.

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Y es que la paz que se respira en un sitio así se puede intentar describir con palabras o mostrar con fotos, pero se tiene que vivir in situ para entenderlo. Un lugar en lo alto de la montaña donde el reloj se ralentiza, donde no hay luz eléctrica y se puede llegar a escuchar el silencio. No existen despertadores al uso y todo se rige por la luz del sol. Es él quien, cuando quiere, coquetea contigo a través de las cañas para decirte que ya es hora de levantarse. Y es que, ¿quién eres tú para decirle que no al rey del universo?

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La ruta del día siguiente ya fue mucho más tranquila y relajada, con pronunciadas bajadas entre frondosa vegetación. Fuimos también haciendo paradas en cataratas y piscinas naturales para darnos un remojón de vez en cuando.

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Y por fin llegó el momento más esperado, poder ver un elefante de cerca y tocarlo. Cuando pasas unos días allí te llegan todo tipo de rumores sobre cómo torturan a los elefantes para poder ponerles las monturas. Decidimos no ser partícipes de ello, y nos hacía además más ilusión darles de comer y bañarlos en lugar de montarlos. Impresionan muchísimo cuando los ves acercarse hacia ti con ese paso tan rotundo y pausado. Una vez que deslizas las yemas de los dedos sobre su piel dura y rugosa, empiezas a darte cuenta de que quizá son ellos los que temen a los humanos. Me quedé impresionado cómo engullen cañas de azúcar y racimos enteros de plátanos, eso sí que es un estómago a prueba de bombas. Lo enrollan primero con la trompa, se lo acercan a la boca y ¡para adentro sin masticar ni nada!

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Después de pasar unos días inolvidables era el momento de volver a la civilización bajo un techo como los de toda la vida. Buscando por internet alojamiento empecé a fijarme en uno de ellos por la cantidad de comentarios positivos que tenían. Todos ellos apuntaban en la misma dirección, y eran hacia las personas que formaban el equipo del hostel. Atraído por tan buenos comentarios allá que reservé. Nada más aparecer por la puerta oigo como me dicen desde la barra del fondo “You must be Juan”. Me quedé con la boca abierta, era la primera vez que no tenía ni que decir mi nombre para la reserva. Los comentarios que había leído previamente en internet sobre el equipo del albergue no fueron sino superados en los días que estuve. En los días que pasé allí, Kwan más que una recepcionista se convirtió en una amiga.

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También echaré de menos al genio de los pancakes. Todos los días que pasé en Chiang Mai después de cenar iba a hacerle una visita para comprarle uno (o varios) pancakes. Probé de todos los sabores que tenía, plátano con nutella, plátano con miel, con canela, con mermelada… y así hasta casi acabar con su repertorio. No sabría decir cuál de todos me gustó más, pero estaría dispuesto a volver sólo para decidirme por uno. Es con muchísima diferencia el mejor pancake que he probado hasta la fecha, de hecho los escalones 2 y 3 del podium todavía están vacíos.

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Y es que la vida nómada tiene estas cosas, lugares, personas, sabores y aromas que pasan fugazmente por tu vida y uno no se termina nunca de inmunizar de la pena que se siente al desprenderse de ellos. Me voy unos días a la playa de relax, a ver si se me pasan las penas… De camino a Bangkok voy a dormir en un tren-cama, tengo muchas ganas de vivir esta experiencia por primera vez.

Ay ay ay… Hat Yai

La primera odisea en Hat Yai fue cuando decidí coger un taxi local para visitar el parque municipal que está a las afueras de la ciudad y donde hay, cómo no, un buda enorme. Pregunté al chico del albergue la forma de llegar y seguí sus instrucciones: “tienes que llegar al reloj que hay en la calle principal y cuando veas un taxi de color blanco enséñale este papel” (donde había manuscrito un montón de caracteres en tailandés). Confiando ciegamente en sus indicaciones, y esperando que no pusiera aquello de tonto el que lo lea, allá que me aventuré con mi papelito en la mano. Después de un rato plantado en el reloj sin ver pasar ni un solo taxi de color blanco, ya empecé a darme cuenta de lo difícil que iba a ser moverme por esta ciudad. Al fin vi aparecer uno a lo lejos, y tras hacerle aspavientos hasta casi ponerme en mitad de la calle pasó de largo. El siguiente, igual. Por fin conseguí parar uno que, después de leer el papel y hablar durante unos minutos con otro hombre que pasaba por allí, me hizo un gesto de negación y subió la ventanilla y se fue. Qué frustración en estos casos cuando no entiendes nada de lo que está pasando, y qué buen invento sería un idioma universal para comunicarnos en cualquier lugar del mundo con cualquier persona. Éste es un lugar apenas turístico y los taxis son como furgonetas con un remolque cubierto detrás donde caben un montón de personas, y más o menos van haciendo ruta en función de por dónde quiere ir la gente. Si no le pilla de paso donde quieres ir, tienes que probar suerte en el siguiente. Y es que aquí un taxi no te lleva donde quieres sino que, si tienes algo de suerte, si acaso te acerca. Una vez que conseguí montarme en uno con esperanzas de llegar a mi destino, disfruté del trayecto como un niño. Me gustó mucho la experiencia de ir subido de pie en la plataforma del borde agarrado de la barra como única sujeción y viendo el asfalto pasar bajo mis pies a unos centímetros.

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Después de andar un rato conseguí enfilar la colina que me llevaría a lo alto del parque, el cual está presidido por una estatua dorada. Luego comprobé que desde allí aquel buda tenía también las mejores vistas de la ciudad.

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Al llegar al parque volvió a impresionarme el ver de cerca el enorme tamaño de las estatuas de los budas, y también la fidelidad con la que están hechas algunas figuras, hasta tal punto que tienes que a veces acercarte a unos centímetros para comprobar que no son personas reales. Una vez acabada la visita volví por mis pasos hacia la carretera principal, y esta vez me resultó más fácil porque todos los taxis iban hacia la ciudad. Respiré de alivio.

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Las horas centrales del día las dediqué a cobijarme en el hostal, y por la tarde tenía previsto ir a un museo un tanto especial que me habían recomendado. De camino al museo me llamó la atención ver cómo había unos chicos jugando a algo que parecía divertido pero que no me atrevía a definir. Al acercarme intenté averiguar de qué se trataba, y por lo que vi sería una mezcla entre fútbol, volley y artes marciales. Todo esto con una pelota hueca hecha a base de bandas de plástico duro.

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Estaba tan alucinado con el toque de balón que tenían todos que me acerqué a golismear. Era como si un híbrido entre Maradona y Bruce Lee se hubiese reencarnado en todos y cada uno ellos. Había algunos puntos tan espectaculares que parecían más bien sacados de un videojuego, me tenía que frotar los ojos porque no me lo podía creer. Una de las pelotas que se les salió fuera de la cancha cayó en mis pies, y empecé a darle unos toquecitos casi como por inercia. Al poco uno de los del equipo se me acercó para pedirme si quería jugar un partido con ellos.

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Tras unos primeros golpeos desastrosos en los que en vez de un pie pareciera tener una tabla de madera, comencé a acordarme de cómo era aquello de darle a la pelota y a empezar a tener buenas sensaciones. Volví a acordarme de por qué hay tan pocas cosas en la vida que me hacen más feliz que darle patadas a un balón…

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Al terminar el partido mis compañeros y yo celebramos la victoria con una foto para el recuerdo. Con una buena sudada y una sonrisa que no me cabía en la cara seguí mi paseo hasta el museo. Este museo me había llamado la atención porque sus dibujos, mirados desde un punto concreto marcado en el suelo, hacían efecto 3D. Al llegar tuve la suerte de que estaba vacío y el guía fue mi fotógrafo personal en todo el recorrido. Me iba diciendo dónde y cómo ponerme para que el efecto fuera totalmente tridimensional. Pude ponerme al borde del abismo sin correr ningún riesgo de que se me rompiera el mosquetón, librarme de un insecto con la lengua muy larga que quería comerme e incluso meterme dentro de un reloj de arena a ver pasar el tiempo…

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A la postre una visita fugaz e inesperada teniendo en cuenta que sólo era el punto de inicio de este país tan fascinante que es Tailandia. Me gusta irme de un sitio de esta manera, y es que sin tener grandes expectativas al ser únicamente un lugar de parada y fonda, me tenía preparadas sorpresas y sonrisas inesperadas. Y de camino al aeropuerto una pregunta ronda mi mente, ¿cuánto me sacará de alto un elefante?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Y a Kuala Lumpur que me fui

Qué lejos sonaba el nombre de esta ciudad cuando de pequeños, para explicar que algo estaba muy lejos, decíamos aquello de “eso está por lo menos por lo menos en Kuala Lumpur”. Y muchos años después, allí estaba yo en la capital malaya a punto de explorar un nuevo país. Cómo no, esa misma noche tocaba una visita a las famosas Torres Petronas. Me llamó la atención lo bien iluminadas que están y ese color gris intenso metalizado que les da un toque tan futurista. La factura de la luz les debe de salir por un buen pico, y eso que cada día a eso de la medianoche las Petronas se vuelven a apagar por completo esperando al siguiente atardecer donde volverán a relucir con todo su esplendor.

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Y como allá donde existe una necesidad de la gente se crea una oportunidad de negocio, multitud de vendedores ambulantes ofrecían lentes para el móvil con una curiosa función. Resulta que el punto desde donde se observan las torres está tan próximo que es prácticamente imposible sacarse una foto con ellas y que salgan enteras. Era colocar una de esas lentes sobre el objetivo de tu teléfono y como por arte de magia podías ver desde el mismo suelo hasta la última antenita en lo alto de las torres, y sin distorsionar la imagen que era lo más curioso.

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Si tienes un par de días en esta ciudad, uno de los sitios que no te puedes perder son las Cuevas de Batu. Una enorme gruta en lo alto de una montaña que se encuentra a las afueras de la ciudad. Se trata de un lugar ceremonial y de peregrinaje, donde cada año tiene lugar una celebración multitudinaria. Impresiona la enorme estatua de 43 metros que preside el lugar, una de las esculturas más altas del mundo.

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Tras ascender los 272 escalones de la empinada escalera, se accede al interior de la cueva donde lo primero que impresiona es lo enorme que es la cavidad interior. A pesar de ser un enclave espectacular, lo más divertido de mi mañana no fueron las cuevas, ni el buda, ni siquiera esquivar los gotazos que te caían desde lo alto del techo en el molondro como pequeños proyectiles. ¡Lo más divertido fueron los monetes que rondaban por allí!

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Desde que te bajas de la estación de tren ya te empiezas a encontrar a los primeros monetes, que parecen indicarte el camino hacia las cuevas. Con la emoción que llevaba encima queriendo fotografiar y grabar a todo mono viviente que hubiese por allí, apoyé mi mano en la barandilla deslizando hacia abajo y sin darme cuenta me topé con un mono bien grandote que no había visto y estaba allí posado.

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Con toda la delicadeza del mundo, me cogió mi mano, me la apartó suavemente de encima suyo y a unos centímetros de mi cara me rugió como diciendo “¿esto?, no lo vuelvas a hacer”. Un tremendo escalofrío recorrió toda mi columna hasta el cuello, dejándome paralizado un par de segundos.

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Justo delante de mí, pocos minutos antes, había sido testigo de cómo un mono se acercaba de repente a un hombre que estaba tranquilamente posando para una foto y le metía un bocado en el brazo. Los más pequeños sin embargo son muy graciosos, y todavía tienen esa carita de no haber roto un plato en su vida. Cómo les vas a decir que no a cualquier cosa que te pidan. Estoy seguro de que mucha gente directamente se dejaría de fumar si se lo pide este monete mirándole así…

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También me sorprendió la vida nocturna de esta ciudad, con sus calles llenas de gente y puestos de comida ambulante hasta altas horas, incluso entre semana. Se hace vida al aire libre y el clima también acompaña, con una temperatura agradable durante todo el año. Llama la atención también cómo aman y repudian a la vez una de sus frutas más famosas, el durian. Es la fruta emblema del país y todo el mundo la come, pero huele tan mal que incluso la prohíben consumir en hoteles, en el metro y en muchos lugares públicos.

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Y nada menos que así de espectaculares eran las vistas desde el piso de mi amigo Gonzalo, quien me ha acogido estos días aquí. Esta foto está tomada desde un piso 33A, que es una nueva planta que se han inventado aquí. Al principio me llamaba la atención cómo en el ascensor y en todos los sitios se saltaba del 33 al 35, obviando por completo el número 34 . Resulta que, como (casi) todo, tiene su explicación.

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Por lo visto allí son muy supersticiosos y la pronunciación del número 34 suena igual que la palabra “muerte”, y de ahí que se lo salten para no atraer al mal fario. Cuanto menos, curioso. Con pena y a la vez agradecimiento al despedirme de ellos por haberme hecho sentir como en casa, continuo mi viaje ascendiendo a través de Malasia. A ver qué me encuentro por allí arriba…

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Singapore

Todavía no se había hecho de día cuando comencé a patear las calles de Singapur. Había planificado pasar un día completo aquí y tenía que exprimirlo al máximo para poder ver los puntos más interesantes de esta ciudad-estado. Comenzaba la ruta por los distintos barrios étnicos de la ciudad, como el Barrio Árabe, Chinatown o Little India. Una de las primeras paradas fue en la mezquita del barrio árabe, con un bonito paseo dirigido milimétricamente a la parte central de su fachada.

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Al cruzar hacia Chinatown empezaba el espectáculo para los sentidos. Cada rincón olía a comida recién cocinada, y me sorprendí al ver cómo montones de personas llenaban ya las terrazas a esas horas desayunando, con platos de comida en sus mesas tan abundantes que bien podrían ser plato único en una comida a mediodía en España. Eso sí, el índice de obesidad entre su población es prácticamente nulo, así que algo harán bien en cuestiones de nutrición. Y es que ya lo dice el refrán, “desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”.

La siguiente parada no me dejó indiferente. Tras recorrer las calles que unen ambos barrios y ver cómo poco a poco los carteles con letras chinas dejaban paso a símbolos hindúes, me acerqué a un templo donde multitud de personas se concentraban para rezar. Tras descalzarme y lavarme los pies (obligatorio para entrar) comencé a andar por dentro del templo observando todo con gran atención. A pesar de ser una cultura tan lejana para mí, me sentía como hipnotizado observando detenidamente a las personas que allí se encontraban rezando con diversos rituales, a cual más efusivo e intenso. Por momentos se me ponía la piel de gallina al poder vivir aquello tan de cerca, y me consideré un afortunado al ser el único turista que en ese momento merodeaba por allí.

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Comencé poco a poco a dirigir mis pasos hacia la zona de la bahía, y pronto te das cuenta cómo en esta ciudad conviven con gran armonía tradición y futurismo en apenas dos manzanas de distancia. A lo lejos ya se podía ver el skyline con los rascacielos de la zona centro, y al girar una de las esquinas, el imponente Marina Bay Sands.

 

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Un precioso edificio con forma de barco con la piscina en altura más grande del mundo. Al acercarme a uno de los miradores, le pedí a un chico que estaba allí con su trípode y su cámara réflex si me podía hacer una foto. Me insistió en que me hiciera una foto posando como si sujetara el barco (yo al principio no entendía lo que me quería decir), y después de seguir sus instrucciones milimétricas con precisión de cirujano durante un buen rato… ¡tacháaaaan!

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Algo que llama poderosamente la atención cuando caminas por Singapur es el lujo que se respira en cada rincón, con hoteles y establecimientos más propios de una película donde todo parece demasiado perfecto para ser real. Por una de las calles al girar una esquina me pareció ver un perro atado con longanizas. Además, las calles están impolutas y da gusto pasear por ellas. Existen papeleras en cada esquina, y por si tienes duda del residuo que quieras tirar al suelo te dan todas las opciones posibles para que no te equivoques de papelera. Y no sólo al civismo de sus habitantes se debe esta limpieza, ya que existen leyes bastante duras en este aspecto. Justo por este motivo se prohibió la compra-venta de chicles en toda la ciudad, ya que en el pasado las aceras estaban llenas de ellos y esto daba mala imagen. Muerto el perro, se acabó la rabia. Lo que más me llamó la atención es que la multa va en función del tamaño de lo que estés tirando al suelo. Por ejemplo, un chicle te puede costar 200 dólares y un folio DIN-A4 unos 1000 dólares. No me quiero ni imaginar si se te cae al suelo un edredón de cama de matrimonio por cuánto te puede salir la broma…

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Otra cosa de la que están muy orgullosos los habitantes de esta ciudad es la tremenda seguridad que se respira. Es tal el nivel de tranquilidad con el que se vive aquí, que a veces las autoridades tienen que recordar a sus ciudadanos y visitantes que nunca hay que bajar la guardia, y que en toda sociedad por desgracia siempre hay alguna oveja descarriada. Esto lo hacen con carteles recordatorios con el mensaje “Muy baja criminalidad no significa no criminalidad”.

Tampoco existe el tráfico, grandes avenidas casi despejadas de coches a todas horas. Y es que aquí tener coche es un auténtico lujo. Además de los altos impuestos con los que son gravados a la hora de comprarlos, existen tasas de acceso a la ciudad para todos los vehículos en función de su categoría. Y nunca verás un coche viejo circulando por aquí, ya que por ley los coches no pueden tener más de 7 años. Todo esto da lugar a estampas como ésta, donde cualquier parecido con  la M-30 en un viernes por la tarde es pura coincidencia.

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Al caer la tarde un espectáculo de luces y sonido permitía los últimos momentos de relax en la ciudad con el hotel Marina Bay de fondo. Es un edificio con un diseño tan original y espectacular que no te cansas de mirarlo desde todos los ángulos, y pasar andando por debajo de sus tres enormes torres te hace sentir su verdadera magnitud.

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Alrededor del hotel existen centros comerciales y de ocio de marcas de lujo e incluso dentro de uno de ellos hay un canal con góndolas simulando la misma Venecia. Y todo este tinglado que tienen formado en torno al hotel es del mismo dueño que quería montar Eurovegas en Madrid, así que por lo visto dinero no le falta a este señor (aunque estoy convencido de que comerá como mucho mucho tres veces al día, como nosotros).

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Ya de madrugada y sin apenas gente por las calles volví por mis mismos pasos bordeando toda la bahía, con gran pena por dejar atrás lo que para mí en ese momento sentía que era el escenario de una película futurista, y yo, el protagonista.

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