Las últimas joyas del Rajastán

Delhi es un continuo sonido de claxon. Vayas por donde vayas y a la hora que vayas. Al principio crees que pitan para evitar el choque, luego empiezas a pensar que quizá es como forma de pedir paso y ahora, después de haber estado observándolos de cerca varios días, creo que pitan por pitar. No me quiero imaginar si algún día India gana el mundial de criquet y salgan todos a se queden en la calle pitando de manera festiva para celebrarlo. Sólo quienes han andado por una de estas calles pueden entender la locura de la que hablo.

 

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Viajar en tren a lo largo y ancho de la India es toda una experiencia en si misma. Con trenes infinitos, cada vagón es un mundo independiente en función de la clase de billete que se tenga. Además, aquí un retraso de 4 o 5 horas en la llegada de un tren se considera algo normal, y de antemano hay que contar con ello si no se quieren tener contratiempos en los enlaces. Un retraso de más de un día y medio quizá les haga tener la mosca detrás de la oreja y pensar que “algo raro pasa”… En el tren de camino a Jaipur viajamos en el mismo camarote con una pareja de japoneses, y estoy tratando de ponerme en su piel para sentir como será el choque cultural de dos personitas que han venido a pasar unos días desde el país más civilizado del mundo al que puede que sea uno de los más caóticos. Leí una vez que en Japón, la media acumulada de retrasos de todos los trenes que habían circulado por el país durante los últimos 20 años era de ¡18 segundos!

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El sistema ferroviario de la India es caótico y a la vez monstruoso. Todo el país está plagado de vías a modo de arterias y pequeñas venas que conectan casi cada localidad importante de este gigantesco país. A pesar de lo masificadas que están todas las estaciones de tren, existe un servicio especial para turistas extranjeros donde te pueden atender en inglés para consultar precios y horarios. Aunque la puntualidad no es uno de sus fuertes, viajar en tren por la India es sencillo. A pesar de que muchas veces todos los nombres de las indicaciones están en hindi en los carteles, cada tren tiene un número inequívoco y en cada puerta hay impresos unos folios con los nombres de los pasajeros que pueden acceder a cada vagón. A mi siempre me hacia ilusión leer mi nombre entre tanto carácter hindú antes de subir al tren, tengo que decir. Es el equivalente al antiguo método de subirte al tren y preguntarle a la primera persona que veías “¿este va pa Cheste?”

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En la calle se te acaba la saliva de contestar a todo el mundo que te aborda para intentar ayudarte “desinteresadamente”. Es tal el nivel de pillería que hay entre los viandantes cercanos a las estaciones, que las propias autoridades indias les han preparado una placa de mármol conmemorativa en su honor, avisando a todo el mundo que cuando te intenten timar (porque lo harán), simplemente no hagas caso.

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En uno de los desplazamiento que hicimos en bus por el Rajastán viví una de las experiencias más surrealistas que he vivido jamás en una carretera. Después de andar con la mochila a cuestas por casi todo el mundo había visto conductores que ninguna aseguradora querría tener entre sus clientes, pero este día fue algo que iba más allá. Era un trayecto de muchas horas y durante el camino el conductor decidió hacer una parada para estirar las piernas e ir al baño, pero claro… había un pequeño detalle, y era que el área de servicio estaba al otro lado de la autovía. Una vez finalizada la pausa, noté que algo raro estaba pasando. Cuando cambias tantas veces de país ya no sabes si se circula por la izquierda, por la derecha o con las ruedas boca arriba. Pronto me di cuenta de que sí, ¡íbamos en dirección contraria por la autovía! Los vehículos con los que nos cruzábamos, lejos de ponerse nerviosos o dar volantazos bruscos, nos abrían el paso como si fuéramos la comitiva real. Pasados unos kilómetros, nuestro autobús atravesó un hueco que había en la mediana y volvimos a ir en el sentido correcto de la circulación. Ni uno sólo de los pasajeros del autobús se inmutó lo más mínimo, una vez más intenté abrir mi mente un poco más (hasta casi hacer tope) y supuse que esto es algo que suelen hacer siempre de manera habitual y que “aquí juegan así”.

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Otra cosa que capturó mi atención nada más pisar suelo indio fueron las matrículas de los coches. En lugar de números identificativos me parecían passwords, pero no del típico password fácil que esconde detrás el nombre de tu mascota o tu lugar de nacimiento. No, estos serían passwords de esos que, cuando estas rellenando un formulario con tus datos, la página web con lágrimas en los ojos y dando saltos de alegría te muestra un mensaje de felicitación diciéndote “¡Enhorabuena! Su password es muy robusto, puede continuar con la siguiente pagina”. Lo que no sé es cómo lo harán para, cuando estén comprando en un hipermercado y escuchen por megafonía que un coche molesta, saber que es el suyo para ir y quitarlo.

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Algo que estremece en India es ver el nivel de pobreza que existe y las condiciones de higiene y salubridad en las que viven. Y aunque esto parezca un lavabo de una casa abandonada durante años, era el baño de un hotel en Agra, una de las ciudades más turísticas, y además un alojamiento con muy buenas notas y opiniones en Internet.

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A pesar de la cantidad de indigencia que hay puedes ver como gente que no tiene nada le da dinero o comida a gente que no tiene NADA, y es algo que te sigue alentando para tener fé en la especie humana.

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Y como unos hindúes más, quisimos vivir de primera mano la intensidad del famoso cine de BollyWood. Es curioso ver como la mayor parte de las temáticas de sus películas giran en torno al amor, pero nunca verás ni el más mínimo piquito casto en ninguna escena. Puede que estén casi casi casi rozando los labios… pero al final uno de los dos apartará la cara haciendo la más precisa de las cobras. Es como un buen zurriagazo en todo el larguero donde los aficionados gritan “Uuuuuuuy”. Sin saber cómo, habíamos cogido unas entradas que eran en un palco, pero nosotros queríamos vivirlo abajo igual de intenso que lo viven ellos.

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Así que ni cortos ni perezosos nos bajamos a platea, y ya en la penumbra tras el largo descanso que tiene la película, se nos acercó el acomodador para revisar nuestros tickets. Al ver que no estábamos en nuestras localidades, le dijimos (con cara de niños pillos que saben que han hecho algo indebido) que si nos podíamos quedar ahí abajo y nos hizo esto:

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Al ver su cara neutra y este gesto con el cuello al principio pensé que nos estaba echando una pequeña regañina, pero resulta que no, que la manera de decir SÍ en la India con la cabeza es moviendo de lado a lado la cabeza muy suavemente. Allí ya pudimos vivir en primera mano el bullicio de un cine indio, las películas se convierten prácticamente en interactivas y cada espectador hace de la sala como si fuera el salón de su casa. Eso sí, no esperes entender nada de la película porque son proyectadas en hindi y sin subtítulos.

Y en medio de la India hay un remanso de paz llamado Pukhsar. Fue bajar del autobús y notar algo raro, sentíamos una sensación extraña … ¡había silencio! Ni un sólo tuc-tuc pasándote a toda pastilla por al lado, y mucho menos pitando… no nos lo podíamos creer mientras caminábamos con nuestras pesadas mochilas camino a nuestro albergue. Este lugar es conocido porque es donde muchos amantes del yoga de todo el mundo aprovechan para pasar largas temporadas, y no me extraña que elijan este sitio porque la tranquilidad que se respira aquí es de la que te hace ganar años de vida.

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Nos volvemos en un tren nocturno camino a Delhi para finalizar nuestra aventura hindú, y haciendo balance creo que es el país más exótico y diferente de los que haya conocido, y a pesar de unos primeros días agotadores que casi me hicieron perder la esperanza, ha conseguido enamorarme y dejarme con un muy buen sabor de boca. Ya sólo nos queda una pequeña despresurización de unos días en Londres, y pronto estaremos en casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Varanasi es sagrado

Si algún día viajas a la India, Varanasi es sagrado. Y además de ser un lugar que no te puedes perder por nada del mundo, además es que es sagrado pero de los de verdad, de los del culto a las divinidades. Es un lugar que desprende una magia y un misticismo como otros pocos lugares existen, y aquí tienen lugar celebraciones religiosas que no dejan a nadie indiferente. Después de haber pasado unos días extenuado bajo el calor asfixiante de Agra, el caos absoluto de su tráfico y con un inoportuno virus intestinal, andar por estas calles de Varanasi me está haciendo recuperar la ilusión por la India, y empiezo a entender que esto era exactamente lo que me ha atraído a venir hasta aquí desde tan lejos.

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Aquí el ritmo de vida se reduce al menos un par de velocidades de tuctuc, y esta vida tranquila es más acusada conforme te vas acercando al gran río sagrado, el río Ganges. Recuerdo ese primer impacto visual al asomarme al río tras bajar aquellas famosas escalinatas que conducen a él, una sensación de paz te invade y tus ojos hacen el esfuerzo por abarcar toda la inmensidad del paisaje que forma aquella enorme serpiente marrón abriéndose paso delante de ti.

 

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Lo que vimos anoche en aquel escenario con vistas al río fue una de las celebraciones litúrgicas más espectaculares que haya podido presenciar jamás. A pesar de no comprender nada, no podía dejar de mirar sin pestañear cada detalle y cada movimiento de los que se componía la representación. Miles de personas, entre locales y turistas, se congregan cada tarde para presentar esta ceremonia del culto al fuego, llamada Ganga Aarti.

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Yo pensaba que en Madrid éramos muchos por metro cuadrado, y cuando vivía allí los primeros años, no podía dejar de sorprenderme cuando veía gente haciendo cola para sacar dinero en un cajero ¡o incluso para entrar a una panadería a comprar el pan! Pero no, gente es lo que hay aquí en la India. Con una población (sólo los censados…) de más de 1000 millones de habitantes, el simple hecho de caminar por la calle se convierte en una auténtica odisea. Bueno, y esto sin contar con la cantidad de vacas sueltas que andan a sus anchas por las calles a cualquier hora. Si una vaca se queda en mitad de la calzada, y dice que no se mueve, es que no se mueve. Ni un guardia de tráfico tiene tanta autoridad como tiene aquí este animal sagrado.

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Muchos meses antes, en un pequeño pueblecito argentino, ya nos habíamos cruzado con dos hermanos que andaban dando la vuelta al mundo pero en sentido opuesto. Al contarles nuestros planes por el país de las especias, nos dijeron que ellos habían estado ya en la India y que Varanasi les dejó especialmente impactados. Recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo el gesto de uno de ellos con el dedo índice posado sobre su sien simulando un destornillador loco cuando trataba de explicarnos que lo que vivieron aquí no lo podían describir con palabras, sólo acertaron a decir “no podéis no ir”. Y cómo me he acordado de esas palabras durante los días que he vivido aquí en Varanasi, es el lugar donde la línea entre lo místico y lo humano nadie se atreve a trazar.

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¿Y qué decir de la quema de muertos a orillas del río? Con los pelos de punta y totalmente paralizado mientras veía como colocaban el cuerpo inerte entre dos capas de leña y prendían fuego tras hacer un ritual. Aquí en la India el clasismo se lleva hasta límites insospechados, y en este tipo de incineraciones cada familia decide cuántos kilos de leña se van a dedicar a la cremación. De esta manera, las familias más ricas consiguen reducir a cenizas a sus seres queridos, mientras que las más pobres a veces se resignan a lanzar al río a su difunto aun sin haberse calcinado el cuerpo.

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En ese mismo río donde se arrojan sus muertos, unos kilómetros más abajo, cada mañana muchas personas aprovechan para darse un baño para su higiene diaria. Aquí sí que se podría decir aquello de que lo que no te mata te hace más fuerte.

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Y para conexión mística la que sentí cuando probé por primera vez un lassi. Una especie de yogur cremoso y frutas que explota en tu paladar en cada cucharada en una mezcla de sabores irresistible. En este viaje está siendo todo tan superlativo que no exagero si digo que es el mejor yogur que he comido en mi vida, y estoy pensando que la próxima vez me llevaré una cuchara sopera para comerlo en lugar del palito de helado que me dieron.

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Me llamó la atención ver el local con todas sus paredes llenas de fotos de carnet, y como donde fueres haz lo que vieres, allí que planté mi foto de recuerdo en la pared. Me gustó tanto tantísimo que podría tomarme uno en cualquier momento y cualquier día del año, así que si alguna vez te apetece tomarte un lassi conmigo en Varanasi, aquí te espero sin moverme.

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Hong Kong desde el cielo

Lo primero que pensé cuando dejé los bártulos en el hotel y comencé a caminar sin rumbo por las calles de Hong Kong fue “¿aquí no estamos un poco apretados”? Es como si en todas las calles hubiesen manifestaciones, pero al mezclarte entre la marabunta y no ver pancartas reivindicativas ni gente que grita, ves que no, que es que allí juegan así. Cada vez que un semáforo de peatones se pone en rojo se va densificando la acera hasta rebosar por las calles colindantes, y cuando la luz se pone verde, empieza la guerra. Cuando volví al hotel me informé un poco sobre la ciudad y, efectivamente, es el núcleo urbano con mayor densidad de población del planeta.

Y es que esta ciudad no está hecha para caminar. Dar un tranquilo paseo por Hong Kong puede convertirse en la más complicada de las gymkanas. Barandillas, medianas, pasarelas sobreelevadas, zanjas… a veces tienes que hacerte un croquis mental del recorrido porque no sabes como ir “de aquí a ahí” (a pesar de estar viendo con tus ojos el punto donde quieres llegar), y en muchas zonas directamente no hay ni aceras. Y es que esta ciudad no es amigable para los peatones, de repente te puedes ver inmerso entre la multitud avanzando a través de unas pasarelas cubiertas que atraviesan continuamente centros comerciales y que quizá, te estén alejando del lugar donde tu tenías planeado ir. Se rumorea que el último turista que se perdió en ellas todavía sigue de compras dos meses después desde que lo echaron de menos.

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Aquí los bloques de edificios se llaman “mansiones” y a veces incluso ocupan manzanas enteras. Son como pequeñas ciudades verticales donde puedes encontrar de todo sin salir de allí. Es increíble cómo aprovechan cada metro cuadrado para lo que sea, y cómo en un minipiso de 50 metros cuadrados te pueden montar un albergue con capacidad para más de 30 personas en literas que llegan hasta casi el techo. Y es que la ciudad es muy bonita desde arriba pero una vez dentro, la realidad es bien distinta, viven en un extremo hacinamiento.

Otra de las mañanas la dediqué a visitar a mi amigo Bruce. Le comenté que vaciara su mente, que fuera moldeable como el agua. Le dije también que si ponía agua en una taza se convierte en la taza, que si ponía agua en una tetera se convierte en tetera y que el agua puede fluir o chocar. Me alejé de él diciéndole adiós con un contundente “Be water, my friend”.

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Llegas a terminar con torticolis de mirar hacia arriba entre tantos rascacielos, y en una de las veces me llamó la atención a lo lejos un edificio que estaba en obras. Me parecieron llamativos los andamios que estaban utilizando. Por lo visto aquí ya viven en el futuro, y han descubierto un material ultrarresistente para construirlos, una extraña aleación de diversos materiales dotados con la última tecnología. Todavía a día de hoy equipos de científicos están tratando de dar con la fórmula óptima en los laboratorios de pruebas más vanguardistas  del mundo. Poco se conoce hasta la fecha, pero se ha filtrado ya su nombre… se llama caña de bambú.

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Una de las visitas más interesantes en nuestro paso por Hong Kong fue el templo de los 10000 budas. Sólo el nombre ya te llama la atención y es casi motivo suficiente para animarte a ir a verlo. Comenzamos la subida a la colina y empezaron a aparecer budas por doquier. Cuando llevaba contados 9968, una mosca se me cruzó en el camino y perdí la cuenta, así que por si algún día vienes por Hong Kong y quieres seguir contando me quedé en éste, el segundo empezando por la izquierda que está sujetando un libro.

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Otro tema curioso es el de los autobuses. En España todos sabemos que cuando subes a un autobús hay que tratar de no pagar con billetes grandes porque a veces pueden que te digan “que no tienen cambio”, cuando en realidad a veces sí que te podrían cambiar pero no quieren. Aquí en Hong Kong se eliminan por completo las comillas a la expresión, y es que no tienen cambio porque directamente los conductores no tienen acceso al dinero. Dejas el dinero dentro de una urna de cristal acorazada, y lo que ahí metas es lo que te va a costar el viaje. Ni un céntimo más ni menos. Además, los tranvías aquí siguen una dieta de lo más equilibrada a base de hidratos y cero grasas y así se les ha quedado un tipín de lo más fino.

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La última noche fuimos a por la guinda del pastel de nuestra visita aquí, las famosas vistas sobre la bahía. Es la foto más emblemática de Hong Kong y su principal atractivo turístico. Es curioso comprobar como el principal atractivo de una ciudad, es ¡ella misma! Una vez consigues sitio en primera fila en el mirador y comienzas a notar la caída del sol, empiezas a entender el porqué. Es sin duda uno de los skylines más impresionantes que recuerdo, y la situación que eligió el Pico Victoria para ser la vigilante eterna de esta ciudad no pudo ser más acertada. El hecho de tener esta vista cenital desde un lugar tan alejado a los rascacielos le da si cabe un toque más espectacular, es como si lo vieras desde la cabina de mandos de un avión siendo tú el piloto y estuvieras a punto de iniciar la maniobra de descenso. Cabin crew, ten minutes to landing.

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Entre las ruinas de Angkor Wat

Angkor Wat es mucho más que la típica imagen que todos tenemos en mente de su templo más conocido. Se trata del mayor conjunto de templos religiosos del mundo, ocupando una extensión de más de 162 hectáreas (o el equivalente en campos de fútbol como les gusta decir en las noticias). Lo curioso es que, por razones que aún se desconocen, quedó abandonado en el ostracismo y sepultado bajo la densa selva hasta ser descubierto muchas décadas después en 1568. La persona que lo redescubrió escribió de aquel lugar “una construcción de tal modo extraordinaria que no es posible describirla por escrito, especialmente diferente de cualquier otro edificio en el mundo. Posee torres, decoración y todos los refinamientos que el genio humano puede concebir“, y suscribo cada palabra. Empleando un día completo desde que abren hasta que cierran puedes hacerte sólo una somera idea de aquello, siempre y cuando contrates un tuc tuc que te vaya moviendo por allí, ya que el recorrido “corto” tiene más de 18 kilómetros. Es tal el renombre que tiene a este lado del mapa que muchos aquí lo consideran el Machu Picchu asiático. Dice la leyenda que para poder quedarte con la sensación de haberle sacado partido y sentir que lo has exprimido al máximo serían necesarios en torno a unos 40-50 días en turnos de mañana y tarde.

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Como en Siem Reap nos habíamos alojado en el albergue del despiporre, la noche se nos fue un poco de las manos y al día siguiente se nos pegaban un poco las sábanas para levantarnos a ver piedras. Sabíamos que nos quedaba una larga jornada por delante si queríamos ver al menos los puntos más importantes, así que hicimos de tripas corazón y nos pusimos en pie. Tras acercarnos al punto de venta de tickets y hacernos un carnet con foto cada uno, nos adentramos en el complejo de templos.

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Nuestro chófer de ese día, un hombre parco en palabras, nos iba parando en cada uno de los puntos principales siguiendo el plan establecido. Al llegar a cada lugar, nos señalaba el templo en el mapa, nos decía el nombre y nos apuntaba con el dedo cómo ir. Cada vez que nos separábamos a mi me gustaba quedar con él “a clavo pasao” (como dice mi madre) sobre cuál sería el punto exacto donde nos volveríamos a encontrar para seguir la ruta, ya que en un lugar tan grande lo más fácil es perderse. Siempre me decía que no me preocupara, que allí mismo estaría esperándonos, y pronto entendí el porqué.

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Es increíble el nivel de perfección en las construcciones alzadas piedra a piedra, y lo bien conservadas que siguen con el paso de los años. Durante todo el recorrido existían carteles donde, con fotografías a todo color, se enseña a los turistas las tareas de restauración que se han ido haciendo con el dinero recaudado en las entradas, y la verdad es que el antes y el después te dejaba impresionado.

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También nos dio tiempo a jugar a imitar a Lara Croft, escondiéndonos de los malos en cualquier rincón donde cupiesen nuestros huesos.

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Poco a poco nuestro conductor iba perfeccionando la técnica de la espera hasta desafiar las leyes de la física. Y es que en días de bochorno como éste, la presión arterial disminuye, el cuerpo se te aplatana y lo único que te pide es dormir a pierna suelta resguardado bajo una buena sombra.

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Una de las cosas que más llaman la atención de este lugar es cómo los enormes árboles se mimetizan con las construcciones, entrelazándose con las paredes en un abrazo eterno que sellará su amor para siempre.

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En uno de los últimos templos vi a lo lejos dos niñas con unos sombreros muy llamativos que nos saludaban haciendo el símbolo de la victoria con la mano. Me llamaron tanto la atención que me acerqué a saludarlas y ver sus ojillos de cerca. Espero que a pesar de la situación difícil que les ha tocado vivir, ese sea su lema durante sus vidas y consigan cantar victoria algún día. Y es que el mayor sorteo en el que participamos en nuestras vidas nunca hemos echado una papeleta, y es el lugar del mundo donde nacimos. Es el que marcará en gran parte nuestro futuro y nuestras oportunidades.

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Al final de la visita allí seguía nuestro fiel conductor a punto de terminar su dura jornada laboral, dispuesto a llevarnos raudo y veloz a nuestro albergue donde nos esperaba la piscina para darnos el último bañito del día.

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Otra cosa muy importante de este país es la poca importancia que le dan ellos mismos a su propia moneda nacional, el riel camboyano. La agencia que nos organizaba el traslado de entrada a Camboya nos advirtió de lo difícil que era conseguir rieles en el país (ni los cajeros automáticos dan rieles), y nos aconsejó cambiar en la frontera todo a rieles diciéndonos que en dólares los precios de las cosas se cuadruplicaban. La moneda de uso corriente allí son los dólares estadounidenses, que directamente han asimilado como propia, y si pagas en rieles te cobran exactamente lo mismo o más. Te das cuenta de que todo vale “one dollar”, me recordó a lo que nos pasó en España cuando todo pasó a valer “un euro” tras dejar atrás la peseta. Cometí el error de hacerles caso, porque una vez que salí del país fue imposible volver a cambiar esa moneda. Me sentía como el Tio Gilito pero con billetes del Monopoly. Es la primera vez en mi vida que me ocurría lo de salir de un país y no poder cambiar el excedente de dinero a la moneda del país siguiente, te quedas con una cara de tonto importante. Casi rogando en una casa de cambio conseguí que me dieran menos de la mitad del valor del dinero que tenía, menos da una piedra..

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Una visita muy fugaz e intensa a estos famosos templos que han superado con creces todas mis expectativas, y es que muchas veces cuando no esperas mucho o no estás sobreinformado de lo que vas a ver, la sorpresa es incluso aún mayor. Me queda el consuelo de saber que, siempre que quiera volver a ellos, cerraré los ojos y allí apareceré por arte de magia…

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Vaya vaya… aquí sí hay playa

¿Qué solemos hacer con los bebés cuando queremos que se duerman cuanto antes? Mecerlos un poquito, ¿verdad? Pues eso es lo que hicieron conmigo en el tren nocturno con destino a Bangkok. Me mecieron de lado a lado con el traqueteo del tren y desde ese momento ya no recuerdo nada más. Pero volvamos al principio. Nada más dejar el mochilón comencé a recorrer todos los rincones del tren, era la primera vez que me subía en un tren así y parecía un niño con zapatos recién estrenados. Tanto quise explorar que un guardia me echó el alto cuando al acceder a uno de los vagones me dijo que a partir de ese punto era sólo para la tripulación y los maquinistas. Después de tomar algo tranquilamente en el vagón cafetería, donde había hasta Wi-Fi, volví al asiento que tenía asignado. Sobre las 8 de la tarde y en un abrir y cerrar de ojos los asientos se convirtieron como por arte de magia en confortables camas. Con un aire acondicionado ajustado en modo ártico no apto ni para pingüinos y al compás del chacachá, del chacachá del tren (estás cantando la canción y lo sabes)… nos fuimos durmiendo uno por uno. Cómo sería lo bien que dormí que lo siguiente que recuerdo es despertarme, mirar corriendo el móvil para localizarme en el mapa por GPS y ver si me había pasado de estación y respirar de alivio al ver que estábamos aminorando la marcha para entrar en la estación de trenes de Bangkok.

 

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Tras encontrarme con mis chilenas favoritas empezamos a planificar cómo iban a ser nuestros días de relax por las las playas del sur de Tailandia. Cuando despliegas el mapa de Tailandia y miras en el calendario los días que tienes previsto permanecer en ella, te empiezas a plantear cómo vas a hacer todas las conexiones para llegar a esas playas recónditas que un día viste en una postal en tan poco tiempo. Pero nada más lejos de la realidad, moverte por Tailandia es la cosa más sencilla del mundo gracias a sus billetes combinados. Sin salir de tu albergue puedes comprar un billete que te lleva desde la misma puerta hasta el sitio donde vayas. Una minivan te recoge, te lleva a la estación de tren, en la estación de destino te esperará un bus que te llevará al puerto donde finalmente un ferry te acercará a la isla que habías elegido, donde siempre habrá un taxista gustoso de llevarte a tu hotel por un módico precio. Lo que sobre el papel parecía una gran odisea, se convierte en un cómodo viaje “puerta a puerta”, quedándote todo el tiempo del mundo para disfrutar.

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La primera excursión fue a la que quizá sea la playa más conocida de Tailandia, Maya Beach. No sé si fue la película de Leonardo DiCaprio la que la colocó en el mapa o ya era conocida de antes, pero el caso es que es un auténtico paraíso natural que ha muerto de éxito. El enclave de aquella playa es uno de los sitios más espectaculares que he visto jamás, pero aquello parecía la puerta de El Corte Inglés el primer día de rebajas unos minutos antes de abrir. Es tal la aglomeración de gente incluso en temporada baja que muchas agencias ofrecen tours especiales a primera hora del día bajo el lema “Viaje con nosotros y evite masificaciones”.

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Mientras estaba en aquel paraíso imaginé qué tuvo que sentir la primera persona que, con su barquita de madera, descubrió por primera vez aquel precioso rincón. Y es que somos muchas personas viviendo en este planeta, y en este viaje me estoy dando cuenta de que normalmente elegimos los mismos cuatro sitios para ir. Algunos son tan excepcionales que consiguen poner de acuerdo a demasiada gente. Muchas veces me preguntó si existirá todavía algún rincón así de increíble en algún lugar del mundo y que nunca haya sido descubierto por ningún ser humano. Sin duda, sería el secreto mejor guardado.

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Otra de las islas que más me gustó fue Koh Tao, por el ambiente joven y sano que desprende. Todo tipo de actividades acuáticas por el día y un poquito de ambiente por la noche en garitos casi casi con el agua de la playa en los tobillos. Además me sorprendió positivamente la conciencia medioambiental que se lleva promulgando desde hace unos años en esta isla, para convertir al turismo en sostenible y poder preservar así este paraíso durante muchos años. Es un lugar donde no están permitidas las latas ni las botellas de plástico ya que al estar tan aislado y no tener un apropiado sistema de gestión de residuos sería insostenible. Además, el eslogan que abandera este movimiento me pareció de lo más acertado y original : “You CAN make the difference”.

 

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Cuando cae la noche, empieza a sonar la música y los bares a pie de playa comienzan a poblarse de gente con ganas de pasar una agradable velada disfrutando de la brisa del mar. Cuando los más rezagados vuelven a sus hoteles, los madrugadores comienzan a preparar sus equipos de buceo para lanzarse al mar.

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Me despido de Tailandia también enamorado de su comida más conocida, el pad thai. Ha entrado de golpe en uno de mis manjares favoritos a partir de ahora. Así que por favor, si conoces a alguien que conozca a alguien que sepa de alguien que pueda conocer a alguien que sepa un buen sitio de pad thai, estaría eternamente agradecido para amenizar la espera hasta la próxima vez que vuelva por Tailandia. Lo tiene todo, sano, rico, nutritivo y muchas cosas más. Y cuando piensas que la eclosión de sabores no puede ser mejor, entonces llegan y te lo envuelven en tortilla francesa y es cuando se te comienza a caer la famosa lagrimita. Si cierro los ojos todavía puedo relamerme del toque final que le daba el limón recién exprimido y los cacahuetes molidos que esparcía por encima.

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Ah, el café con leche del 7eleven también será recordado durante bastante tiempo. No me gusta nada el sabor del café, pero éste estaba tan tan en su punto de todo (ni un grano de azúcar le hacía falta) que conseguía alegrarme todas las mañanas para empezar el día con energía. Very cool, please.

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Y después mucho carrete bacán, de disfrutar de nuestras chelas en chalas y conocer gente filete y nada fome es hora de dejar de ser un guateperro que es malo para la guata y los rollos y esconden para siempre las calugas. Evitando todo tipo de copuchas con mis minas favoritas y arrojando al tacho toda la mala onda . Aprovechando que los parlantes estaban pegados a nuestra pieza y era brígido dormir, nos tincaba bajarnos al tiro a por unos copetes con bombilla acompañados de unos maníes pero sin nada de joteo y con las sillas chuecas, que allí había caleta de gente desde cuicos hasta flaites pero nadie perno. Por la mañana sacábamos la chauchera donde guardábamos la cucha y sin ser manoguaguas nos ibamos a por unos queques. Por las noches una polera y una frasada no venían mal para los friolentos. Y así amigos es cómo aprendí a hablar en chileno, ¿cachai? 🙂

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Chiang Mai, Chiang Rai y Chiang Guay

Bueno, este último no lo busquéis en ningún mapa porque me lo acabo de inventar, ¿pero a que quedaría gracioso para completar la trilogía? Aunque las dos primeras sí que existen de verdad y son dos puntos que no deberías perderte si un día visitas el norte de Tailandia. Una de las excursiones más populares que se pueden hacer por este extremo norte del país es conocer Chiang Rai (y su famoso Templo Blanco) y El Triángulo de Oro (la frontera donde se unen Tailandia, Laos y Birmania). Tras preguntar en varias agencias de viaje y poner en práctica el noble arte del regateo, por fin encontré una excursión de un día que combinaba todos los puntos que me había propuesto ver. La primera parada fue en el Templo Blanco, una llamativa construcción que hipnotiza desde que la ves por primera vez por lo diferente que es a todo lo que has visto hasta ese momento. Nuestro guía nos contó que este templo había sido construido por una persona particular sin haber recibido ningún tipo de ayuda gubernamental, y que apenas tiene unos años. Por lo que vi allí sólo puedo decir que no sabría si llamarlo arquitecto, albañil o artista, o una mezcla de ellas. De lo que estoy convencido es de que esta persona es un genio.

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El Triángulo de Oro me recordó mucho al que vi hace ya unos meses (y parece que fue ayer) en Puerto de Iguazú, y es que no hay nada como varios ríos confluentes para decir hasta dónde va la linde y así que no se riñan luego por la tierra. Después fue el momento de dar un paseo en bote por el río Mekong y un fugaz paso al país vecino Laos, donde pude comprobar desde el primer momento la diferencia entre un país en desarrollo y otro realmente sumido en la pobreza.

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Un lugar donde la extrema pobreza esfuma de un plumazo la infancia de los niños. No olvidaré la mirada seria de aquel niño tan pequeño y que ya cargaba con su hermanito bebé a cuestas.

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Tocaba el momento de volver a hacer el macuto e irme a pasar un par de días a la selva, lejos del mundanal ruido de Chiang Mai. El trekking del primer día comenzó con rampas durísimas que nos pillaron a todos por sorpresa. La aldea donde pasaríamos la noche estaba situada en lo más alto de la montaña, donde al poco de llegar nos esperaba este precioso atardecer.

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Al dejar las mochilas e instalarnos en lo que sería nuestro nuevo hogar, el reloj empezó a ralentizarse. Una sensación de tranquilidad nos invadió a todos. Era el momento de descalzarse, relajarse y disfrutar de ver pasar el tiempo. Y es que no hay nada como un lugar sin cobertura de móvil para que las personas hagamos lo que hemos hecho desde siempre, que es hablar unos con otros mirándonos a los ojos.

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El grupo con el que coincidí en la excursión era muy multicultural y eso contribuyó a hacer la experiencia más enriquecedora si cabe. La mayoría de ellos eran francófonos pero menos mal que cuando estábamos en grupo nos comunicábamos en inglés, porque yo de francés je ne sais pas. Por suerte he encontrado una profesora nativa que me va a convertir en bilingüe en cuanto empiece mis clases después del viaje, así que a la próxima vez ya no tendré este problema.

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Llegada la noche prendimos el fuego y cuando éste se convirtió en cenizas, las luces tenues de las velas hicieron el resto. Poco a poco el cansancio fue haciendo mella, y entre notas de guitarra, trucos de magia y muchas risas,  la gente fue desfilando hacia la cama.

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Al día siguiente en el desayuno todo el mundo hablaba de un gallo que por allí rondaba el día anterior. Por lo que contaban, cada hora con puntualidad británica había estado cacareando y despertando a todos. Yo no lo escuche ni cuando cacareó al amanecer. Dormí como hacía años que no dormía, ni recuerdo la última vez que dormí 10 horas del tirón.

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Y es que la paz que se respira en un sitio así se puede intentar describir con palabras o mostrar con fotos, pero se tiene que vivir in situ para entenderlo. Un lugar en lo alto de la montaña donde el reloj se ralentiza, donde no hay luz eléctrica y se puede llegar a escuchar el silencio. No existen despertadores al uso y todo se rige por la luz del sol. Es él quien, cuando quiere, coquetea contigo a través de las cañas para decirte que ya es hora de levantarse. Y es que, ¿quién eres tú para decirle que no al rey del universo?

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La ruta del día siguiente ya fue mucho más tranquila y relajada, con pronunciadas bajadas entre frondosa vegetación. Fuimos también haciendo paradas en cataratas y piscinas naturales para darnos un remojón de vez en cuando.

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Y por fin llegó el momento más esperado, poder ver un elefante de cerca y tocarlo. Cuando pasas unos días allí te llegan todo tipo de rumores sobre cómo torturan a los elefantes para poder ponerles las monturas. Decidimos no ser partícipes de ello, y nos hacía además más ilusión darles de comer y bañarlos en lugar de montarlos. Impresionan muchísimo cuando los ves acercarse hacia ti con ese paso tan rotundo y pausado. Una vez que deslizas las yemas de los dedos sobre su piel dura y rugosa, empiezas a darte cuenta de que quizá son ellos los que temen a los humanos. Me quedé impresionado cómo engullen cañas de azúcar y racimos enteros de plátanos, eso sí que es un estómago a prueba de bombas. Lo enrollan primero con la trompa, se lo acercan a la boca y ¡para adentro sin masticar ni nada!

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Después de pasar unos días inolvidables era el momento de volver a la civilización bajo un techo como los de toda la vida. Buscando por internet alojamiento empecé a fijarme en uno de ellos por la cantidad de comentarios positivos que tenían. Todos ellos apuntaban en la misma dirección, y eran hacia las personas que formaban el equipo del hostel. Atraído por tan buenos comentarios allá que reservé. Nada más aparecer por la puerta oigo como me dicen desde la barra del fondo “You must be Juan”. Me quedé con la boca abierta, era la primera vez que no tenía ni que decir mi nombre para la reserva. Los comentarios que había leído previamente en internet sobre el equipo del albergue no fueron sino superados en los días que estuve. En los días que pasé allí, Kwan más que una recepcionista se convirtió en una amiga.

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También echaré de menos al genio de los pancakes. Todos los días que pasé en Chiang Mai después de cenar iba a hacerle una visita para comprarle uno (o varios) pancakes. Probé de todos los sabores que tenía, plátano con nutella, plátano con miel, con canela, con mermelada… y así hasta casi acabar con su repertorio. No sabría decir cuál de todos me gustó más, pero estaría dispuesto a volver sólo para decidirme por uno. Es con muchísima diferencia el mejor pancake que he probado hasta la fecha, de hecho los escalones 2 y 3 del podium todavía están vacíos.

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Y es que la vida nómada tiene estas cosas, lugares, personas, sabores y aromas que pasan fugazmente por tu vida y uno no se termina nunca de inmunizar de la pena que se siente al desprenderse de ellos. Me voy unos días a la playa de relax, a ver si se me pasan las penas… De camino a Bangkok voy a dormir en un tren-cama, tengo muchas ganas de vivir esta experiencia por primera vez.

Ay ay ay… Hat Yai

La primera odisea en Hat Yai fue cuando decidí coger un taxi local para visitar el parque municipal que está a las afueras de la ciudad y donde hay, cómo no, un buda enorme. Pregunté al chico del albergue la forma de llegar y seguí sus instrucciones: “tienes que llegar al reloj que hay en la calle principal y cuando veas un taxi de color blanco enséñale este papel” (donde había manuscrito un montón de caracteres en tailandés). Confiando ciegamente en sus indicaciones, y esperando que no pusiera aquello de tonto el que lo lea, allá que me aventuré con mi papelito en la mano. Después de un rato plantado en el reloj sin ver pasar ni un solo taxi de color blanco, ya empecé a darme cuenta de lo difícil que iba a ser moverme por esta ciudad. Al fin vi aparecer uno a lo lejos, y tras hacerle aspavientos hasta casi ponerme en mitad de la calle pasó de largo. El siguiente, igual. Por fin conseguí parar uno que, después de leer el papel y hablar durante unos minutos con otro hombre que pasaba por allí, me hizo un gesto de negación y subió la ventanilla y se fue. Qué frustración en estos casos cuando no entiendes nada de lo que está pasando, y qué buen invento sería un idioma universal para comunicarnos en cualquier lugar del mundo con cualquier persona. Éste es un lugar apenas turístico y los taxis son como furgonetas con un remolque cubierto detrás donde caben un montón de personas, y más o menos van haciendo ruta en función de por dónde quiere ir la gente. Si no le pilla de paso donde quieres ir, tienes que probar suerte en el siguiente. Y es que aquí un taxi no te lleva donde quieres sino que, si tienes algo de suerte, si acaso te acerca. Una vez que conseguí montarme en uno con esperanzas de llegar a mi destino, disfruté del trayecto como un niño. Me gustó mucho la experiencia de ir subido de pie en la plataforma del borde agarrado de la barra como única sujeción y viendo el asfalto pasar bajo mis pies a unos centímetros.

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Después de andar un rato conseguí enfilar la colina que me llevaría a lo alto del parque, el cual está presidido por una estatua dorada. Luego comprobé que desde allí aquel buda tenía también las mejores vistas de la ciudad.

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Al llegar al parque volvió a impresionarme el ver de cerca el enorme tamaño de las estatuas de los budas, y también la fidelidad con la que están hechas algunas figuras, hasta tal punto que tienes que a veces acercarte a unos centímetros para comprobar que no son personas reales. Una vez acabada la visita volví por mis pasos hacia la carretera principal, y esta vez me resultó más fácil porque todos los taxis iban hacia la ciudad. Respiré de alivio.

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Las horas centrales del día las dediqué a cobijarme en el hostal, y por la tarde tenía previsto ir a un museo un tanto especial que me habían recomendado. De camino al museo me llamó la atención ver cómo había unos chicos jugando a algo que parecía divertido pero que no me atrevía a definir. Al acercarme intenté averiguar de qué se trataba, y por lo que vi sería una mezcla entre fútbol, volley y artes marciales. Todo esto con una pelota hueca hecha a base de bandas de plástico duro.

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Estaba tan alucinado con el toque de balón que tenían todos que me acerqué a golismear. Era como si un híbrido entre Maradona y Bruce Lee se hubiese reencarnado en todos y cada uno ellos. Había algunos puntos tan espectaculares que parecían más bien sacados de un videojuego, me tenía que frotar los ojos porque no me lo podía creer. Una de las pelotas que se les salió fuera de la cancha cayó en mis pies, y empecé a darle unos toquecitos casi como por inercia. Al poco uno de los del equipo se me acercó para pedirme si quería jugar un partido con ellos.

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Tras unos primeros golpeos desastrosos en los que en vez de un pie pareciera tener una tabla de madera, comencé a acordarme de cómo era aquello de darle a la pelota y a empezar a tener buenas sensaciones. Volví a acordarme de por qué hay tan pocas cosas en la vida que me hacen más feliz que darle patadas a un balón…

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Al terminar el partido mis compañeros y yo celebramos la victoria con una foto para el recuerdo. Con una buena sudada y una sonrisa que no me cabía en la cara seguí mi paseo hasta el museo. Este museo me había llamado la atención porque sus dibujos, mirados desde un punto concreto marcado en el suelo, hacían efecto 3D. Al llegar tuve la suerte de que estaba vacío y el guía fue mi fotógrafo personal en todo el recorrido. Me iba diciendo dónde y cómo ponerme para que el efecto fuera totalmente tridimensional. Pude ponerme al borde del abismo sin correr ningún riesgo de que se me rompiera el mosquetón, librarme de un insecto con la lengua muy larga que quería comerme e incluso meterme dentro de un reloj de arena a ver pasar el tiempo…

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A la postre una visita fugaz e inesperada teniendo en cuenta que sólo era el punto de inicio de este país tan fascinante que es Tailandia. Me gusta irme de un sitio de esta manera, y es que sin tener grandes expectativas al ser únicamente un lugar de parada y fonda, me tenía preparadas sorpresas y sonrisas inesperadas. Y de camino al aeropuerto una pregunta ronda mi mente, ¿cuánto me sacará de alto un elefante?