San Perro de Atacama

San Pedro de Atacama tiene una energía especial que se percibe desde el primer paso que das en el pueblo hasta que te vas de allí, eso si consigues irte porque no son pocas las personas que quedan prendadas del embrujo de este lugar y se quedan para siempre a vivir aquí. Esta población del norte de Chile es un auténtico oasis dentro del desierto más árido del mundo, el desierto de Atacama. Se encuentra estratégicamente situada a orillas del río San Pedro, el mayor río que llega al salar de Atacama. Debido a que se trata de un entorno desértico la oscilación térmica entre el día y la noche es enorme, y no te queda otra que vestirte a capas como las cebollas e ir quitando y poniendo según el momento. Además, en estas latitudes el aire es tan seco que los árboles a veces… se petrifican.

En este pueblo se ha creado una diversidad cultural de pacífica convivencia cuyo denominador común es el amor por la naturaleza y la valoración de la calidad de vida. Aquí la mayoría de las construcciones son ecológicas y se alimentan de energía solar, algo de lo que van bien servidos. Se respira armonía por sus calles y es un sitio que tiene un ambiente bohemio que engancha desde el minuto uno. Sus calles son todas de tierra y han sido tratadas con vichufita, un producto del salar que permite conservar su estética original ocasionando menor impacto medioambiental que el asfalto.

Es increíble como los descendientes atacameños consiguieron domesticar el desierto más árido del mundo y construir lo que hoy es este lugar, ya que como bien dicen ellos mismos, se encuentra “en el medio del medio de la nada”.

Otra cosa que llama poderosamente la atención es la cantidad de perros sueltos que se ven por las calles. Al principio la ignorancia te lleva a desconfiar, pero poco a poco te das cuenta de que son todos pacíficos y cariñosos (y muy grandes, no verás un yorkshire). Son ya parte de la esencia de aquel lugar y parecen encantados de dar la bienvenida a los turistas. Me hizo mucha gracia cuando le pregunte a un chico de allí y me dijo que el pueblo se había rebautizado cariñosamente como “San Perro de Atacama”.

El primer día volvimos a ponernos nuestros uniformes de bicivoladores y fuimos a conocer el Valle de la Luna, uno de los principales atractivos de la zona. Éste es sin duda uno de los paisajes desérticos mas atractivos y reconocidos del mundo. El paisaje allí parece como de otro planeta, con cañones que parecieran no tener fin donde sorprenden las formas arenosas y rocosas formadas a los largo de los años por la erosión. Las grandes extensiones de arena salpicadas con el color blanco de la sal, dan la sensación de estar caminando por la superficie lunar. La ausencia de vida animal y vegetal, así como la falta de humedad, lo convierten en uno de los rincones mas inhóspitos de la Tierra. Con un calor infernal y bien provistos de agua nos pusimos en marcha. Por delante 8kms hasta llegar al final del recorrido, unas minas escondidas al final de un pedregoso y sinuoso camino que conduce a ellas. Al recorrerlo tenías la sensación de haber aterrizado en un lejano planeta sin restos de vida humana.

El tiempo apremiaba y teníamos que regresar a tiempo para ver el atardecer en uno de los puntos del recorrido conocido como la Gran Duna. Comenzaba en ese momento una contrarreloj contra el sol, muy pocos minutos antes del ocaso y todavia muchos kilómetros por recorrer. Apretando los dientes me vinieron a la mente las mejores contrarrelojes de Indurain… pero mi rival de hoy era implacable, sabía que tenía que dar lo mejor de mi para llegar a tiempo.

Apenas ya sin agua en el botellín y con un viento de cara que te dejaba casi frenado, el recorrido fue un auténtico reto. Al final el dolor de piernas mereció la pena y ahí estaba todavía el sol, a punto de esconderse tímidamente entre las montañas…

Todavia con agujetas, al día siguiente volvimos a alquilar bicicletas para conocer el Valle de la Muerte y su famosa piedra del Coyote, una roca suspendida en el aire desde la que se divisan unas vistas únicas de todo el valle.

Un tramo más corto que el día anterior pero con rampas muy exigentes y llenas de arena por las que tenías que subir con la bicicleta a hombros porque se te quedaba totalmente clavada y era imposible avanzar.

Allí arriba las vistas del todo el valle son espectaculares. Para hacerse la foto en el borde del precipicio era mejor quitarse la gorra porque con el viento que corría podía acabar en la luna…

 

Y como viene siendo ya una costumbre el último día lo dedicamos a un plan más de relax después de tanto trote con la bici.
En las termas de Puritama existen 8 pozas escalonadas unas tras otras donde poder bañarse, con temperaturas que oscilan entre los 32 grados de la poza más alta hasta los 27 grados de la última poza.

Esta temperatura tan agradable se debe a que en la parte superior del cañón confluyen dos ríos, el rio Puritama de aguas termales y el río Purifica de aguas heladas. Sus aguas tienen cualidades terapéuticas, yo quedé tan relajado que a la vuelta en la furgoneta fui durmiendo como un bebé.

La última noche que pasamos allí quisimos buscar un sitio donde pegarnos un homenaje en forma de cena. La oferta de restaurantes y locales para tomar algo allí es interminable, con una decoracion y un ambiente increibles. Los ves desde la puerta y te apetece entrar a cenar en todos ellos. Intentamos entrar a un par de ellos y estaban hasta la bandera (esto un miércoles pelado en temporada baja), y cuando ya encontramos un sitio con hueco nos dijeron que teníamos que compartir mesa con las personas que ya estaban cenando alli, y nosotros encantados. A nuestro lado una chica chilena y un chico español con los que comenzamos a conversar mientras disfrutábamos de la música en directo y las abundantes raciones. El chico nos contó que tenía familia en un pueblo manchego pero que no recordaba el nombre en ese momento. Al rato de estar cenando me dice ¡Valdeganga se llama el pueblo! Cuando escuché ese nombre (será que hay pocos pueblos en España) casi me atraganto de la risa, es el pueblo de mis padres. El chico resulta que era primo hermano de una amiga mía de allí. Si cuando dicen que el mundo es un pañuelo…

Y por si todo esto fuera poco, San Pedro es un sitio maravilloso donde poder ver las estrellas. Aquí se encuentra el observatorio astronómico más grande y más alto del mundo. Se dan las condiciones perfectas para observar el firmamento con una precisión extraordinaria. Descubrir cómo surgió la vida en el Universo es uno de los exigentes retos de este observatorio. En un sitio donde llueve varios días al año, justo el día que quisimos ver las estrellas salió nublado, así que ya tengo excusa para volver algún día.

Escribo estas últimas líneas desde el bus que nos llevará a Salta y vengo todo el rato pensando lo mucho que me ha gustado este pueblo y la pena que me ha dado irme de allí. Entre lo alucinado que estoy de haber conocido este lugar inesperado y el recuerdo de los perros que allí viven tan integrados sólo me viene una palabra a la mente para resumir los días tan increibles que he pasado allí… ¡Guau!

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Lágrimas de sal

Nada más entrar a Uyuni sientes como si hubieras retrocedido en el tiempo: calles sin asfaltar, casas de adobe y un aspecto árido más propio de una película del oeste. La cantidad de jeeps de última generación que circulan continuamente por sus calles te hace volver a la realidad, comprobando que aquí el turismo es la mayor actividad gracias a su proximidad con el salar. Con uno de estos 4×4 nos embarcaríamos al día siguiente en un tour de 3 días donde recorreríamos el salar de Uyuni así como diversos parques naturales del altiplano boliviano hasta cruzar la frontera con Chile.

De camino a la entrada le preguntamos al guía si aquí llovía alguna vez y nos dijo que justo este mes se iba a cumplir un año exacto sin lluvias. Bajo este sol de justicia es normal que en el salar de Uyuni las sombras estén muy muy cotizadas, y cuando digo esto no me refiero en sentido figurado. Ponerse a la sombra aquí esta cotizado en 10 bolivianos según rezaba el cartel de este chamizo. Lo que no dice es si es por persona, por hora o si te puedes quedar allí a vivir… 

Al margen de esta anécdota, la Isla del Pescado es un lugar que merece mucho la pena visitar. Se trata de un montículo en mitad del salar repleto de cactus milenarios que pueden llegar a alcanzar hasta más de 10 metros de altura. En el pasado un gran lago prehistórico ocupó toda la extensión que hoy conforma el salar y tras un largo periodo seco y cálido el lago quedó desecado dejando al descubierto esta isla. 

Este nombre tan curioso se debe a que en la epoca lluviosa, cuando el salar se encuentra totalmente inundando, el reflejo de esta isla en el agua formaría la silueta de un pez. Las vistas panorámicas de 360º del salar desde allí arriba son sencillamente espléndidas. 

En el salar además de perder el sentido por su rotunda belleza también se pierden el sentido de las proporciones y la perspectiva. Aquí nada es lo que parece y todo puede pasar, incluso la magia. Igual te aterriza un avión en mitad del salar sin permiso de los controladores aereos de la torre de control del aeropuerto de Uyuni y te toca salir corriendo…

Que de repente aparece un enorme dinosaurio que quiere luchar contra ti alegando que él llegó antes:

¿Que me entra un poco de apetito? Pues me como un Roberto y arreglado, la panza llena otra vez.

Caia la noche cuando llegamos a nuestro alojamiento, el hotel 5 mentarios (tardé unos cuantos segundos en pillar el juego de palabras), y allí pudimos comprobar de primera mano los efectos del mal del altura. Un grupo de turistas brasileños hacía el mismo recorrido que nosotros pero en sentido inverso, de manera que habían pasado en apenas unas horas de 2400 metros a 4500 metros que estábamos en ese momento. La mesa de la cena era un cuadro, casi todos ellos con mareos, vómitos y unas caras pálidas que asustaban. La altura no perdona y una buena aclimatación siempre es necesaria para evitar sustos. 

En este parque natural hay lagunas de todos los colores: laguna colorada, laguna verde, laguna blanca y nos contaron que también había una laguna negra que no tuvimos la ocasión de visitar porque estaba más alejada de la ruta. 

Estos diferentes colores se deben a la mezcla de diversos sedimentos minerales así como a la pigmentación de microorganismos existentes en el agua.

 
Los paisajes aquí son como grandes lienzos pintados por un artista loco que quiso utilizar toda su paleta de colores:

Otra de las paradas mas impactantes fue la observacion de geiseres y fumarolas a casi 5000 metros de altitud. Con un frío terrible a -10ºC tuvimos el tiempo justo para caminar un poco a través de ellos y volver corriendo al coche para no quedarnos congelados. 

Después de tanto traqueteo en el coche por lo bacheado del terreno (un tramo fue literalmente campo a través subiendo un peñasco) nos merecíamos un poco de relax. Con una temperatura exterior en torno a cero grados, ni frío ni calor como dice mi padre, paramos a darnos un baño en unas aguas termales que bullen de manera natural a 40 grados. Cuesta hacerse el ánimo para entrar, pero una vez dentro te sientes tan a gusto como los monetes estos de Japón que tienen escarcha en la nariz mientras se bañan en grupo en aguas terminales rodeados por nieve.

Ese mismo día acordamos con el guía llegar un poco más tarde al albergue para poder ver la puesta de sol dentro del salar, y ésta fue la mejor decisión que pudimos tomar en todo el viaje. Fueron momentos inolvidables, donde pudimos contemplar la belleza de los ya tenues rayos de luz infinitos reflejados en la inmensidad del salar así como experimentar el desplome de la temperatura que se produce en el ocaso. Cuando el sol se escondió, volví en silencio caminando hacia el coche observando todo a mi alrededor con una enorme sonrisa en la boca sintiendo una mezcla entre paz e incredulidad ante lo que mis ojos estaban viendo. Sin saber cómo una lágrima empezó a caer por mi mejilla, estaba viviendo un momento mágico en uno de los lugares más sobrecogedores del mundo. Los siguientes minutos tras la puesta del sol no quise vivirlos a través del objetivo de mi cámara, me dediqué a dejarme llevar por mis sentidos como queriendo recorrer cada rincón del cielo con la mirada. Nunca olvidaré los colores que vi en el horizonte en ese atardecer, quedarán por siempre grabados en mi retina…

Vales más que un Potosí

Lo primero que llama la atención de esta ciudad conforme te aproximas a ella por carretera en medio de la noche es la enorme silueta iluminada de la montaña donde se ubica la famosa mina de Potosí. Se cuenta que el tesoro escondido en su interior fue descubierto de forma fortuita por un pastor quechua en 1545, que tras encender una fogata para pasar la noche se dio cuenta que entre las brasas brillaban unos hilillos de plata. Desde entonces se ha seguido extrayendo plata de este lugar de manera ininterumpida por un valor incalculable, hasta tal punto que en el momento de mayor auge de esta explotación se decía que con todo el mineral extraído se podría hacer un puente de plata que conectara América y Europa. Ahora puedo entender el famoso dicho “vale más que un potosí” que en su día acuñó Cervantes.

Al día siguiente y ya con las primeras luces tocaba la visita obligada a las minas. Nada más recogernos del hostal nos llevaron a un almacén donde nos disfrazaron de mineros. Visto el resultado he de reconocer que mucho estilo no tengo…

Los guías que se encargan de hacer las visitas normalmente son ex-mineros experimentados y se conocen todos los recovecos de la mina como la palma de su mano. La montaña está convertida en un gran queso de gruyere y existe un laberinto de tuneles entrelazados a distintos niveles con tramos que pueden llegar a tener hasta 4kms de longitud.

El trabajo aquí siempre es a destajo, no existen los salarios fijos y cada minero gana en función de la cantidad de metal que extrae, y de esta cantidad tiene que pagar un 20% de impuestos al gobierno de Bolivia. Actualmente esta mina da trabajo a 17000 personas, que no podrán trabajar más allá de los 45-50 años debido a la dureza del trabajo. Muchos de estos mineros fallecen prematuramente a causa de la enfermedad de la silicosis.

Si simplemente dando un paseo por las calles de la ciudad de Potosí, a más de 4000 metros de altitud, notas una cierta dificultad para respirar, cuando te sumerges en las profundidades de la mina comienzas a jadear al mínimo esfuerzo y en algunos momentos notas que te falta el aire para respirar. Esto unido al calor asfixiante y los olores de azufre y otros minerales hacen que a ratos la situación sea un poco agobiante.

Pudimos comprobar de primera mano el día a día de uno de los oficios más duros del mundo, conociendo el proceso completo desde la denotación, carga y transporte de los minerales hacia el exterior hasta la posterior clasificación. Los mineros empujaban por railes rudimentarios carros llenos de piedras de más de una tonelada, y se podía ver en sus caras el sufrimiento. Para sobrellevar ese tremendo esfuerzo mastican hoja de coca, toman bebidas energéticas especiales y hasta toman alcohol de 96º, que además pone en su etiqueta “buen gusto” (yo le pegué un trago y me tuvo enfermo en la cama toda la tarde)

Es realmente una sensación incómoda el hecho de visitar una mina donde todavía hay personas trabajando. A este lado los turistas ataviados con nuestras mejores cámaras y al otro los trabajadores en un día rutinario sudando la gota gorda para ganarse unos cuantos bolivianos. No debe de ser agradable para ellos sentirse observados mientras trabajan, como he de confesar que tampoco lo fue del todo para mi. Aunque quisimos echarles una mano cargando el carro y empujándolo, creo que no nos podremos hacer nunca una mínima idea de lo dura que es la mina.

Esta visita turística de 2 o 3 horas nos dejó exhaustos, así que no puedo imaginar el sacrificio de estos mineros día a día en sus largas jornadas de trabajo. Para la próxima vez que vuelva a quejarme de mi trabajo delante de un ordenador en una oficina climatizada, me acordaré de ellos y estoy seguro de que pronto se me pasará la tontería.

Otra de las visitas cercanas a la ciudad que merece la pena es el Ojo del Inca, una misteriosa laguna aparentemente tranquila e inofensiva pero que a veces engulle a gente. Sin ir más lejos la semana pasada murió un bañista arrastrado por uno de los remolinos que se forman en su interior. En estos días se encuentra cerrado al público por este suceso y hablando con la persona de mantenimiento nos contaba que es algo misterioso lo que ocurre en esas aguas y que nadie se ha atrevido a sumergirse en el centro para conocer la profundidad exacta. El agua brota desde el fondo de la laguna a una temperatura tan alta que es imposible de resistir por el ser humano.


También pudimos comprobar el fervor que existe en esta ciudad por el futbol. Es tal la magnitud de esta pasión que en una de las calles principales hay una estatua en honor a uno de sus jugadores mas laureados. Fijaos bien en el escudo del Real Potosi, a ver si os resulta familiar…

La carretera más peligrosa del mundo

Las estadísticas de esta carretera son verdaderamente escalofriantes: cinco accidentes leves al día, cada mes una persona se va al barranco con alguna rotura de huesos y al menos un muerto cada año. Los días anteriores a contratar el tour intentas ir contrastando opiniones con el único objetivo de autotranquilizarte y llegar a la conclusión de que no puede ser tan peligroso como dicen. Y justo estás en ésas cuando en la propia agencia te dicen que sí, que es peligroso y que a veces mueren turistas. Sin ir más lejos nos contaba que el año pasado murió una chica francesa que tras perder el control de su bici por unas rocas que sobresalen en mitad del camino cayó ladera abajo. También existen leyendas urbanas que dicen que si alguien muere los propios de la expedición se encargan de enterrarlo y simplemente decir que ha desaparecido, aunque esto último me suena ya poco creíble. Total, que la curiosidad mató al gato y al final cuanto más preguntabas más nerviosismo te entraba. Lo que pretendía ser algo para tranquilizarte acabó siendo todo lo contrario. Tengo que confesar que de camino al inicio de la ruta ya en la furgoneta, y a pesar de saber que no me iba a pasar nada, tenía una extraña sensación de nervios en el estómago. A veces la sobreinformación es contraproducente.

 


La primera parada es en La Cumbre, una zona de altiplano a 4700 metros donde comienzas a familiarizarte con la que durante las siguientes horas será tu más fiel compañera, tu bicicleta. El monitor nos explica el recorrido, primero serán unos 20kms de carretera asfaltada, luego una paradita a coger fuerzas para desayunar y a partir de ahí comenzaba el verdadero Camino de la Muerte durante otros 40kms. Nos dijo que en el primer tramo del camino las caídas en vertical pueden llegar a los 900 metros metros, y que si nos caíamos ahí con la bici “caput” (haciéndonos el gesto del pulgar hacia abajo). Para consolarnos también nos dijo que si nos caíamos al barranco en el segundo tramo “podríamos sobrevivir” porque en ese punto las pendientes de la ladera son más suavizadas y con suerte te podrías agarrar a algún arbusto durante la caída. Toda esta información te la sueltan así, en ayunas y sin paños calientes. Intentando asimilar todo eso y sin apenas tiempo para arrepentirte comienzas a equiparte como si estuvieras en una competición de motocross: casco de moto, coderas, rodilleras, traje de cuero, guantes… la cosa iba en serio.

El primer tramo de la bajada es espectacular, una carretera perfectamente asfaltada y muy ancha. Ahí empezamos a coger velocidades bastante importantes poniéndonos en posición aerodinámica, como si fuéramos la hormiga atómica a punto de despegar. Lo poquito que podías mirar de refilón con el rabillo del ojo eran unas vistas del valle sencillamente espectaculares. Me sentí un poco como en la escena de Walter Mitty cuando va bajando a toda velocidad por la carretera con el monopatín.

 

 

Al final de este tramo teníamos nuestra parada para el desayuno, donde tocaba coger fuerzas para agarrar bien el manillar en la parte más dura que nos quedaba. Nuestro monitor nos volvía a recordar las características del camino y todo el rato nos repetía “be careful, my friends”. Con un desayuno como este nos veíamos capaces de cualquier cosa, había llegado el momento de la verdad.

 


Una vez que ya llegas al camino de tierra y ves zigzaguear ese camino incrustado en la ladera tan verde y frondosa de la montaña piensas ¿y por ahí tengo que pasar yo con la bici? 

La bajada comenzaba suave, poco a poco te ves con más confianza sobre la bici y ves que el camino no es tan estrecho como parecía desde lejos. La única pega es que en ese tramo de camino se invierte el sentido de circulación normal de Bolivia y tienes que circular por la parte izquierda del camino, que es justo la que da al borde del precipicio. Esto nos contaron que tiene una explicación, y es que antiguamente cuando por ahí circulaban todo tipo de vehículos siempre el que tenía prioridad era el vehículo que estaba subiendo por el lado de la ladera. En caso de que el punto donde se cruzaban fuera demasiado estrecho el conductor que circulaba en sentido bajada al tener el volante en la izquierda podía asomarse por la ventanilla para apurar la rueda justo al borde del precipicio… Ahora, y desde que existe una ruta alternativa asfaltada para vehículos, el camino ha quedado sin apenas trafico y principalmente se ha convertido en un reclamo turístico transitado por intrépidos amantes de la bicicleta cada día.

 


Al poco de iniciar la bajada noté que algo no iba bien, ¡me había quedado sin freno trasero en la bici! Así que esa primera parte, la más peligrosa, tuve que hacerla con más cuidado si cabe. En el siguiente punto de parada se lo comenté al guía y me cambió la bici por una con doble suspensión. Fue como la noche y el día, si en el primer tramo noté cada piedra del camino en mis brazos y me temblaban los mofletes dentro del casco por los baches, al coger esta bici es como si fuera flotando por el camino. Con bici nueva y unos frenos hidráulicos que podías frenar con el dedo meñique es cuando verdaderamente empecé a disfrutar de la bajada. Hay tramos donde se cogen velocidades muy altas, y donde la concentración debe ser máxima para no acabar en el suelo, y en el peor de los casos en el precipicio. Vas con los ojos tan puestos en la trazada a seguir con tu rueda delantera que no eres realmente consciente de la caída libre que tienes a tu izquierda en todo momento.

 


La última parte más suavizada y con densa vegetación de jungla es la más relajada y tranquila. Cruzas enormes charcos, pasas por debajo de una cascada y hasta tienes tiempo para desafiar al vertigo haciéndote una foto en el borde del precipicio en la famosa curva del Diablo.

 


En el camino de vuelta nos pasó una cosa muy curiosa. Vi que al salir del camping nuestro chofer empezaba a conducir por el carril izquierdo en una carretera asfaltada normal y corriente, y pensé que estaba loco pero ya estás tan inmunizado a la manera de conducir de aquí que ni le das importancia. Pues resulta que no lo estaba, como dice mi madre “el que la lleva la entiende” y  a los pocos metros se cambió al carril derecho en mitad de una recta porque así lo indicaban las señales. En un abrir y cerrar de ojos habíamos pasado de circular por el carril izquierdo a hacerlo por el derecho. La verdad es que impresiona ver coches de frente por tu mismo carril porque piensas que vas a chocar, pero llegados a este punto de cruce cada uno coge su nuevo carril y todo sigue tan normal.

Ya de vuelta en La Paz, y celebrando que estábamos todos sanos y salvos, nos llevaron a la agencia para darnos el CD con las fotos y vídeos de este día tan apasionante, e incluso nos regalaron una camiseta con el lema “Yo sobreviví a la carretera de la muerte”. En definitiva una experiencia impresionante, en la que si vas con cuidado lo único que perderás ese día serán montones y montones de adrenalina. La carretera de la muerte sigue hoy más viva que nunca.

 

Camino inca a Machu Picchu

El camino inca es una de esas experiencias que habría que hacer al menos una vez en la vida. Un increíble recorrido empedrado de 44km por el corazón de los Andes con final en el santuario de Machu Picchu. Es tal la perfección en la construcción del sendero que a pesar de haber pasado tantos años y haber caminado tanta gente por estas piedras no se mueven ni un sólo milímetro, ¡y todo esto sin usar ni una paletada de cemento! El gobierno de Perú está haciendo hincapié en la conservación de esta ruta y ahora mismo existe una limitación de 500 personas diarías. La demanda es tan alta que hay que reservarlo incluso con más de medio año de antelación.

En el briefing sobre el camino que nos dieron el día anterior en nuestro hostel nos dijeron que el primer día sería “de aclimatación”. No sé qué se entenderá por aclimatación en el mundo andino pero entre el sueño por el madrugón y que era un terreno rompepiernas yo estaba deseando llegar a ese primer campamento. Había rampas que te ponían los músculos de los gemelos al rojo vivo, así que la alegría al ver las carpas amarillas de nuestro campamento por primera vez fue enorme. El enclave donde acampamos era increíble, y al caer la noche comenzaba el espectáculo. En un lugar sin apenas contaminación lumínica el lienzo estrellado del cielo hacía su aparicion y era imposible quitar los ojos del firmamento, una sensación de paz y de conexión con la naturaleza difícil de explicar.

El segundo día lo conocen como “el reto” y éste sí que tiene bien ganado su nombre. Era aún noche cerrada cuando los porteadores nos tocaron en la tienda de campaña para despertarnos. Nos dejaron nuestros pequeños barreños con agua tibia para nuestra higiene diaria, estos días nos hemos hecho la limpieza del gato. El recorrido de esta etapa era prácticamente todo en escaleras de subida llegando al paso más alto del camino a unos 4200 metros, a esas alturas tu mente se cree Kilian Jornet pero enseguida la montaña se encarga de ponerte en tu sitio. No sé que extraña poción andina nos echaron ese día en el desayuno pero llegamos al campamento casi al mismo tiempo que los últimos porteadores. Allí nos esperaba el chef (con su gorrito y todo) para darnos la bienvenida con un almuerzo exquisito.Si un día la comida estaba buena al día siguiente todavía estaba mejor, terminando el último dia con un festín como si fuera una boda.

Ese mismo día nos enteramos de que nuestro cocinero había sido discípulo del famoso chef peruano Gastón Acurio, y ahí ya nos cuadro todo. No era normal que en mitad de la nada y con los pocos medios de que disponían nos haya preparado esos manjares tan exquisitos y con esa presentación tan cuidada. Para los que saben lo foodie que soy este sitio mereceria chincheta turquesa, es la mejor comida que he probado en todo el tiempo que he pasado en Perú.

 

La tercera etapa es la más larga pero también la que más se disfruta de los paisajes. Con un perfil que tendia hacia abajo casi todo el rato pasamos por un monton de ruinas incas con nombres quechua imposibles de memorizar verbalmente pero son de estos lugares que se quedan grabados en la retina y cuesta mucho tiempo olvidar…

Y por fin llegó el gran día, la etapa final. Había tenido que esperar una vida y cuatro días para conocer una de las maravillas del mundo pero ya podía tocar ese sueño con las yemas de los dedos. Se notaba el nerviosismo y las ganas por llegar, eran casi las 4 de la mañana cuando en perfecta fila india nos pusimos a caminar en la oscuridad con nuestras linternas a un ritmo superior a los de los dias anteriores. Se palpaba que el objetivo final estaba cerca y todos estabámos deseando llegar. Menos mal que nos habían dicho que la ultima etapa era “todo bajada”, fueron un par de horas  de continuas subidas y bajadas hasta llegar al punto emblemático de la Puerta del Sol, que es desde donde se divisa por primera vez a lo lejos la famosa ciudadela inca. Al llegar a este punto la gente que iba llegando gritaba con los brazos en alto, se fundían en abrazos unos con otros y hasta vi a alguien que se le escapaba una lagrimilla. Realmente un momento mágico.

La semana anterior la previsiones meteorológicas para el camino no eran demasiado halagüeñas, y estuvimos buscando por todo Cuzco el mejor poncho de lluvia que nos cubriera de pies a cabeza. Nos conjuramos entonces en pensar en positivo para cambiar esos malos presagios. Pues creo que nos pasamos de energía positiva, porque nos salió un día tan espléndido que nos sabíamos donde escondernos del sol durante las explicaciones del guía en la visita a la ciudadela.

 

Ya que estabamos allí decidimos ponerle la guinda al pastel subiendo a Wayna Picchu, que es la montaña que se ve al fondo en todas las estampas típicas de Machu Picchu. Las escaleras son tan empinadas que en algunos tramos tienes que gatear agarrándote a los escalones para no vencerte hacia atrás. Como todo esfuerzo tiene su recompensa, las vistas de todo el valle desde ahi arriba no podían ser mejores. Desde la piedra mas alta se podian divisar como hormiguitas los grupos de turistas que en ese momento visitaban la ciudadela, eso si, no apto para personas con vertigo.

 

Mención especial merecen los porteadores, esos pequeños grandes hombres encargados de transportar toda la logística del campamento. Cargados con macutos de hasta 20kg (el máximo permitido por ley) recorren el camino a una velocidad vertiginosa. En una de las rampas más empinadas intenté seguir el ritmo a uno de ellos durante unos metros y casi se me sale el corazón por la boca, definitivamente están hechos de otra pasta. Con una coordinación y un trabajo en equipo increibles han hecho que todo estuviera preparado en el momento exacto y en el sitio perfecto, haciendo de este camino inca una experiencia inolvidable. Cada vez que uno de nosotros llegaba al campamento nos recibían con un caluroso aplauso, que tras el esfuerzo provocaba en ti una espontánea sonrisa de oreja a oreja. Desde aquí, mi aplauso es para ellos.

Próxima parada… Cuzco

Próxima parada… Cuzco. Y esta vez no es una voz enlatada la que suena por megafonía dentro de un vagón abarrotado del metro de Madrid. En este caso quien pronuncia la frase es el azafato del bus, que nos avisa de que ya estamos entrando en la terminal terrestre (que es así como llaman aquí a las estaciones de autobuses). Viajar en bus en Perú en trayectos de largo recorrido es toda una experiencia, asientos de cuero que se reclinan 180º y se convierten en cama, servicio de comidas, pantalla de entretenimiento a bordo en cada asiento, Wi-Fi… vamos, mejor que un avión.

Cuzco es el centro neurálgico del turismo en Perú. En los alrededores del casco histórico casi cada portal es una agencia de viajes donde se acumulan ávidos agentes ofreciéndote la mejor excursión posible. Hemos aprendido que aquí el regateo es un arte y que los precios pueden variar muchísimo en función del número de veces que preguntes.
Empezaba pronto nuestro día para visitar la montaña arcoiris, eran poco más de las 3 de la madrugada cuando poníamos rumbo al inicio del trekking. Con las piernas aún acartonadas del frío comenzamos a avanzar ladera arriba. Cuando caminas a esa altitud sientes como si hubieras cumplido 50 años más de golpe, notas que tus piernas no responden al ritmo que tu cerebro intenta marcar. Tras casi tres horas de caminata por fin divisamos la zona mas alta preparados para ese último esfuerzo. La última rampa de la montaña si bien parecía un capítulo de “The Walking Dead”, más que andar arrastras los pies hasta la cima. Pero una vez arriba había merecido la pena el esfuerzo, contemplas ante ti a unos metros una montaña increible llena de colores formando un arcoiris. Al poco de llegar arriba nos empezó a nevar y enseguida emprendimos el camino de vuelta porque la sensación de frío era insoportable, y además ahí arriba a 5200 metros sientes que cualquier movimiento requiere un esfuerzo titánico. Nuestro sistema inmunológico ya no sabe donde esconderse, hemos pasado en unos días del calor asfixiante de la selva amazónica al frío de alta montaña.

Otro de los puntos fuertes de nuestra estancia en Cuzco ha sido la visita al Valle Sagrado. Sitios como Ollantaytambo, Moray o las salinas de Maras hacen pensar que los incas eran unos auténticos adelantados a su época.

Todavía hoy y tras muchos estudios sigue sin conocerse con exactitud el origen y las técnicas utilizadas de muchas de estas construcciones, quedando así un halo de misterio sobre esta cultura milenaria.

En definitiva una semana muy divertida la que hoy acaba. En nuestro albergue hemos jugado al beer pong, hemos bailado, nos hemos reído mucho e incluso me he atrevido a cantar una cancion en inglés en el karaoke del albergue (haciendo uno de los mayores ridículos que se recuerdan)

Hoy sólo queda irse a dormir pronto y descansar, que mañana comenzamos el camino inca de 4 días hasta Machu Picchu.

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