La carretera más peligrosa del mundo

Las estadísticas de esta carretera son verdaderamente escalofriantes: cinco accidentes leves al día, cada mes una persona se va al barranco con alguna rotura de huesos y al menos un muerto cada año. Los días anteriores a contratar el tour intentas ir contrastando opiniones con el único objetivo de autotranquilizarte y llegar a la conclusión de que no puede ser tan peligroso como dicen. Y justo estás en ésas cuando en la propia agencia te dicen que sí, que es peligroso y que a veces mueren turistas. Sin ir más lejos nos contaba que el año pasado murió una chica francesa que tras perder el control de su bici por unas rocas que sobresalen en mitad del camino cayó ladera abajo. También existen leyendas urbanas que dicen que si alguien muere los propios de la expedición se encargan de enterrarlo y simplemente decir que ha desaparecido, aunque esto último me suena ya poco creíble. Total, que la curiosidad mató al gato y al final cuanto más preguntabas más nerviosismo te entraba. Lo que pretendía ser algo para tranquilizarte acabó siendo todo lo contrario. Tengo que confesar que de camino al inicio de la ruta ya en la furgoneta, y a pesar de saber que no me iba a pasar nada, tenía una extraña sensación de nervios en el estómago. A veces la sobreinformación es contraproducente.

 


La primera parada es en La Cumbre, una zona de altiplano a 4700 metros donde comienzas a familiarizarte con la que durante las siguientes horas será tu más fiel compañera, tu bicicleta. El monitor nos explica el recorrido, primero serán unos 20kms de carretera asfaltada, luego una paradita a coger fuerzas para desayunar y a partir de ahí comenzaba el verdadero Camino de la Muerte durante otros 40kms. Nos dijo que en el primer tramo del camino las caídas en vertical pueden llegar a los 900 metros metros, y que si nos caíamos ahí con la bici “caput” (haciéndonos el gesto del pulgar hacia abajo). Para consolarnos también nos dijo que si nos caíamos al barranco en el segundo tramo “podríamos sobrevivir” porque en ese punto las pendientes de la ladera son más suavizadas y con suerte te podrías agarrar a algún arbusto durante la caída. Toda esta información te la sueltan así, en ayunas y sin paños calientes. Intentando asimilar todo eso y sin apenas tiempo para arrepentirte comienzas a equiparte como si estuvieras en una competición de motocross: casco de moto, coderas, rodilleras, traje de cuero, guantes… la cosa iba en serio.

El primer tramo de la bajada es espectacular, una carretera perfectamente asfaltada y muy ancha. Ahí empezamos a coger velocidades bastante importantes poniéndonos en posición aerodinámica, como si fuéramos la hormiga atómica a punto de despegar. Lo poquito que podías mirar de refilón con el rabillo del ojo eran unas vistas del valle sencillamente espectaculares. Me sentí un poco como en la escena de Walter Mitty cuando va bajando a toda velocidad por la carretera con el monopatín.

 

 

Al final de este tramo teníamos nuestra parada para el desayuno, donde tocaba coger fuerzas para agarrar bien el manillar en la parte más dura que nos quedaba. Nuestro monitor nos volvía a recordar las características del camino y todo el rato nos repetía “be careful, my friends”. Con un desayuno como este nos veíamos capaces de cualquier cosa, había llegado el momento de la verdad.

 


Una vez que ya llegas al camino de tierra y ves zigzaguear ese camino incrustado en la ladera tan verde y frondosa de la montaña piensas ¿y por ahí tengo que pasar yo con la bici? 

La bajada comenzaba suave, poco a poco te ves con más confianza sobre la bici y ves que el camino no es tan estrecho como parecía desde lejos. La única pega es que en ese tramo de camino se invierte el sentido de circulación normal de Bolivia y tienes que circular por la parte izquierda del camino, que es justo la que da al borde del precipicio. Esto nos contaron que tiene una explicación, y es que antiguamente cuando por ahí circulaban todo tipo de vehículos siempre el que tenía prioridad era el vehículo que estaba subiendo por el lado de la ladera. En caso de que el punto donde se cruzaban fuera demasiado estrecho el conductor que circulaba en sentido bajada al tener el volante en la izquierda podía asomarse por la ventanilla para apurar la rueda justo al borde del precipicio… Ahora, y desde que existe una ruta alternativa asfaltada para vehículos, el camino ha quedado sin apenas trafico y principalmente se ha convertido en un reclamo turístico transitado por intrépidos amantes de la bicicleta cada día.

 


Al poco de iniciar la bajada noté que algo no iba bien, ¡me había quedado sin freno trasero en la bici! Así que esa primera parte, la más peligrosa, tuve que hacerla con más cuidado si cabe. En el siguiente punto de parada se lo comenté al guía y me cambió la bici por una con doble suspensión. Fue como la noche y el día, si en el primer tramo noté cada piedra del camino en mis brazos y me temblaban los mofletes dentro del casco por los baches, al coger esta bici es como si fuera flotando por el camino. Con bici nueva y unos frenos hidráulicos que podías frenar con el dedo meñique es cuando verdaderamente empecé a disfrutar de la bajada. Hay tramos donde se cogen velocidades muy altas, y donde la concentración debe ser máxima para no acabar en el suelo, y en el peor de los casos en el precipicio. Vas con los ojos tan puestos en la trazada a seguir con tu rueda delantera que no eres realmente consciente de la caída libre que tienes a tu izquierda en todo momento.

 


La última parte más suavizada y con densa vegetación de jungla es la más relajada y tranquila. Cruzas enormes charcos, pasas por debajo de una cascada y hasta tienes tiempo para desafiar al vertigo haciéndote una foto en el borde del precipicio en la famosa curva del Diablo.

 


En el camino de vuelta nos pasó una cosa muy curiosa. Vi que al salir del camping nuestro chofer empezaba a conducir por el carril izquierdo en una carretera asfaltada normal y corriente, y pensé que estaba loco pero ya estás tan inmunizado a la manera de conducir de aquí que ni le das importancia. Pues resulta que no lo estaba, como dice mi madre “el que la lleva la entiende” y  a los pocos metros se cambió al carril derecho en mitad de una recta porque así lo indicaban las señales. En un abrir y cerrar de ojos habíamos pasado de circular por el carril izquierdo a hacerlo por el derecho. La verdad es que impresiona ver coches de frente por tu mismo carril porque piensas que vas a chocar, pero llegados a este punto de cruce cada uno coge su nuevo carril y todo sigue tan normal.

Ya de vuelta en La Paz, y celebrando que estábamos todos sanos y salvos, nos llevaron a la agencia para darnos el CD con las fotos y vídeos de este día tan apasionante, e incluso nos regalaron una camiseta con el lema “Yo sobreviví a la carretera de la muerte”. En definitiva una experiencia impresionante, en la que si vas con cuidado lo único que perderás ese día serán montones y montones de adrenalina. La carretera de la muerte sigue hoy más viva que nunca.

 

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