Lágrimas de sal

Nada más entrar a Uyuni sientes como si hubieras retrocedido en el tiempo: calles sin asfaltar, casas de adobe y un aspecto árido más propio de una película del oeste. La cantidad de jeeps de última generación que circulan continuamente por sus calles te hace volver a la realidad, comprobando que aquí el turismo es la mayor actividad gracias a su proximidad con el salar. Con uno de estos 4×4 nos embarcaríamos al día siguiente en un tour de 3 días donde recorreríamos el salar de Uyuni así como diversos parques naturales del altiplano boliviano hasta cruzar la frontera con Chile.

De camino a la entrada le preguntamos al guía si aquí llovía alguna vez y nos dijo que justo este mes se iba a cumplir un año exacto sin lluvias. Bajo este sol de justicia es normal que en el salar de Uyuni las sombras estén muy muy cotizadas, y cuando digo esto no me refiero en sentido figurado. Ponerse a la sombra aquí esta cotizado en 10 bolivianos según rezaba el cartel de este chamizo. Lo que no dice es si es por persona, por hora o si te puedes quedar allí a vivir… 

Al margen de esta anécdota, la Isla del Pescado es un lugar que merece mucho la pena visitar. Se trata de un montículo en mitad del salar repleto de cactus milenarios que pueden llegar a alcanzar hasta más de 10 metros de altura. En el pasado un gran lago prehistórico ocupó toda la extensión que hoy conforma el salar y tras un largo periodo seco y cálido el lago quedó desecado dejando al descubierto esta isla. 

Este nombre tan curioso se debe a que en la epoca lluviosa, cuando el salar se encuentra totalmente inundando, el reflejo de esta isla en el agua formaría la silueta de un pez. Las vistas panorámicas de 360º del salar desde allí arriba son sencillamente espléndidas. 

En el salar además de perder el sentido por su rotunda belleza también se pierden el sentido de las proporciones y la perspectiva. Aquí nada es lo que parece y todo puede pasar, incluso la magia. Igual te aterriza un avión en mitad del salar sin permiso de los controladores aereos de la torre de control del aeropuerto de Uyuni y te toca salir corriendo…

Que de repente aparece un enorme dinosaurio que quiere luchar contra ti alegando que él llegó antes:

¿Que me entra un poco de apetito? Pues me como un Roberto y arreglado, la panza llena otra vez.

Caia la noche cuando llegamos a nuestro alojamiento, el hotel 5 mentarios (tardé unos cuantos segundos en pillar el juego de palabras), y allí pudimos comprobar de primera mano los efectos del mal del altura. Un grupo de turistas brasileños hacía el mismo recorrido que nosotros pero en sentido inverso, de manera que habían pasado en apenas unas horas de 2400 metros a 4500 metros que estábamos en ese momento. La mesa de la cena era un cuadro, casi todos ellos con mareos, vómitos y unas caras pálidas que asustaban. La altura no perdona y una buena aclimatación siempre es necesaria para evitar sustos. 

En este parque natural hay lagunas de todos los colores: laguna colorada, laguna verde, laguna blanca y nos contaron que también había una laguna negra que no tuvimos la ocasión de visitar porque estaba más alejada de la ruta. 

Estos diferentes colores se deben a la mezcla de diversos sedimentos minerales así como a la pigmentación de microorganismos existentes en el agua.

 
Los paisajes aquí son como grandes lienzos pintados por un artista loco que quiso utilizar toda su paleta de colores:

Otra de las paradas mas impactantes fue la observacion de geiseres y fumarolas a casi 5000 metros de altitud. Con un frío terrible a -10ºC tuvimos el tiempo justo para caminar un poco a través de ellos y volver corriendo al coche para no quedarnos congelados. 

Después de tanto traqueteo en el coche por lo bacheado del terreno (un tramo fue literalmente campo a través subiendo un peñasco) nos merecíamos un poco de relax. Con una temperatura exterior en torno a cero grados, ni frío ni calor como dice mi padre, paramos a darnos un baño en unas aguas termales que bullen de manera natural a 40 grados. Cuesta hacerse el ánimo para entrar, pero una vez dentro te sientes tan a gusto como los monetes estos de Japón que tienen escarcha en la nariz mientras se bañan en grupo en aguas terminales rodeados por nieve.

Ese mismo día acordamos con el guía llegar un poco más tarde al albergue para poder ver la puesta de sol dentro del salar, y ésta fue la mejor decisión que pudimos tomar en todo el viaje. Fueron momentos inolvidables, donde pudimos contemplar la belleza de los ya tenues rayos de luz infinitos reflejados en la inmensidad del salar así como experimentar el desplome de la temperatura que se produce en el ocaso. Cuando el sol se escondió, volví en silencio caminando hacia el coche observando todo a mi alrededor con una enorme sonrisa en la boca sintiendo una mezcla entre paz e incredulidad ante lo que mis ojos estaban viendo. Sin saber cómo una lágrima empezó a caer por mi mejilla, estaba viviendo un momento mágico en uno de los lugares más sobrecogedores del mundo. Los siguientes minutos tras la puesta del sol no quise vivirlos a través del objetivo de mi cámara, me dediqué a dejarme llevar por mis sentidos como queriendo recorrer cada rincón del cielo con la mirada. Nunca olvidaré los colores que vi en el horizonte en ese atardecer, quedarán por siempre grabados en mi retina…

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