¿Dónde está mi 29 de diciembre de 2016?

A mí alguien me debe un día de vida. Me subí a un avión el día 28 de diciembre, me pusieron algo de cenar, vi un par de pelis y de repente me despierto y aterrizo un día 30 de diciembre en la otra punta del mundo. A ver cómo les explico ahora a mis padres que cuando yo estaba a punto de coger ese avión estaba merendando y ellos preparando la cena de esa misma noche pero cuando aterricé y fui a desayunar ellos estaban terminando de recoger la mesa de la cena ¡del día anterior! Los días pasan tan rápido haciendo una vuelta al mundo que a veces pierdes la noción del tiempo, pero el día que se lleva la palma es este día 29 que pasó tan rápido que ni siquiera existió.

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La anécdota del día fue en el aeropuerto de Santiago, nuestro vuelo tenía overbooking y buscaban voluntarios para quedarse en tierra a cambio de una irrechazable cantidad de dinero además de alojamiento con pensión completa. Habían vendido más billetes de los asientos que tenía el avion y, si todo el mundo acudía al aeropuerto, alguien tendría que quedarse en tierra y volar al día siguiente. Por lástima para nosotros al final falló mucha gente y tuvimos que subirnos al avión resignados. Es, con diferencia, la vez que más a regañadientes me he metido a un avión en un vuelo de ida (en los de vuelta siempre me cuesta horrores subirme).

Una vez que aterrizas, te das cuenta de que aquí casi todo va al revés: conducen por la izquierda, todo dentro del coche está en el lado contrario (la cantidad de veces que activé los limpiaparabrisas queriendo poner los intermitentes…), en las escaleras del metro hay que ponerse en el lado contrario y tantas otras cosas más. Hasta la mentira de la luna aquí se convierte en verdad, y es que en estas latitudes si la silueta que forma en el cielo es una letra C está en estado creciente, y si forma la letra D en decreciente.

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El efecto coriolis también es una de esas cosas que siempre tienes curiosidad de comprobar cuando viajas al hemisferio sur, y sí, confirmado empíricamente que el agua se cuela en sentido antihorario aquí.

Algo que también llama poderosamente la atención es la cantidad de aseos públicos que hay repartidos por todo el país. Da igual lo recóndito que esté el lugar donde vayas, allí habrá un baño limpio como los chorros del oro y con papel, jabón y agua corriente. Puedes incluso elegir a cuál te apetece ir más, por opciones no será.

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Aquí todo es tan verde que a veces la vegetación se apodera de los edificios dejando fachadas tan bonitas como esta.

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En definitiva, las primeras impresiones de este país son las de un lugar donde todo funciona a la perfección, todas las cosas están muy muy bien cuidadas y la calidad de vida de sus habitantes se nota que está entre la élite mundial.

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El día que descubran que mezclando agua fría y caliente por el mismo conducto les sale agua tibia, ese día… dominarán el mundo.

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Amo Sudamérica

Lo puedo decir más alto, pero no más claro. Tras haber pasado los últimos tres meses de vida en este continente sólo me salen palabras de agradecimiento, y mientras espero en el aeropuerto a subirme a un avión que me llevará al otro lado del mundo una pregunta ronda por mi cabeza … ¿por qué no vine antes?

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El día que comencé esta aventura mientras merodeaba por los pasillos del aeropuerto de Barajas con las mochilas cargadas de ilusión me encontré este cartel premonitorio de lo que luego se iba a convertir en una realidad, y es el hecho de que quedaré ligado emocionalmente a este lugar para siempre.

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Aquí he probado los mejores zumos naturales de mi vida, es el lugar donde la fruta todavía huele y sabe a fruta. El progreso de los países supuestamente desarrollados le ha quitado el sabor a los alimentos en aras de una mayor productividad y rentabilidad, y resulta una odisea encontrar auténtica fruta. Fue una forma de volver a mi infancia, donde recuerdo como si fuera hoy la intensidad del sabor de un melocotón en mi boca. He tenido la oportunidad de saborear frutas que ni sabía que existían y he rebautizado con otros nombres a las que me eran más familiares (es curioso que casi ninguna se llama igual que en España).

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La naturaleza aquí aúna espectacularidad y diversidad a partes iguales. Desde el lugar más árido del mundo en Atacama hasta el sitio donde se fabrica el agua, las cataratas de Iguazú. Paisajes tan tan bellos que han llegado a emocionarme, y donde pude mirar a los ojos a la montaña más bonita del mundo, el Fitz Roy. Uno se siente pequeño ante la inmensidad que cobran aquí los fenómenos naturales, y compruebas de primera mano la conexión mística que existe entre las personas y la Pachamama, el lugar de donde venimos y del que nunca debiéramos alejarnos mucho. Culturas milenarias que han dejado su huella a lo largo y ancho del continente, con construcciones tan increíbles como Machu Picchu y su camino inca, que todavía a día de hoy parece de otro mundo que el ser humano pueda haber construido aquella ciudadela en ese lugar tan inaccesible y escarpado.

Aquí también aprendí que se puede ser muy feliz teniendo muy poco, como la semana que viví en la selva amazónica en casas hechas de madera sin luz ni agua corriente. A pesar de ello todo el mundo allí vive con una eterna sonrisa en la boca y la palabra estrés todavía no está registrada en el diccionario. Allí compartí juegos y confidencias con los niños más felices que he conocido jamás, y recuerdo con especial cariño lo emocionante que fue mi primera ducha de agua congelada con la ayuda de un pequeño barreño después de varios días sin acceso a agua.

 

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Un viaje de este tipo donde cada día es una auténtica aventura ayuda a magnificar los sentimientos hasta límites inimaginables para mi hasta ahora. Aquí he reído hasta el dolor de tripa, he llorado y un día me cabree hasta perder los nervios (sí, has leído bien). También quedará grabado para siempre en mi recuerdo que aquí he vivido una de las experiencias más al límite tanto física como mentalmente por la que he pasado en mi vida, cuando durante día y medio sin cesar estuvimos remontando el río Amazonas a bordo de una pequeña barca de madera con la desesperación de no saber si íbamos a llegar nunca.

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El transporte por excelencia para moverse por aquí es el autobús, y después de haber recorrido miles y miles de kilómetros en viajes de hasta más de 24 horas seguidas por fin descubrimos los mejores asientos… ¡justo en el último viaje que hicimos por carretera! Te puedes reclinar hacia atrás todo lo que puedas porque no hay ninguna fila detrás, estirar las piernas al máximo sin tocar el final (y yo no soy pequeño precisamente) y tienes unas vistas panorámicas de la carretera que parece que estés jugando a un juego de coches en una videoconsola 3D.

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¿Y qué decir de su gente? Aquí el destino ha sido muy generoso conmigo y me ha puesto en el camino personas que no olvidaré jamás, y que ya se han reservado una parcelita de mi corazón para siempre. Su forma de hablar tan dulce cautiva desde la primera palabra y nunca deja de sorprender su condición inherente de intentar ayudarte siempre. Es el lugar donde volvería una y otra vez con los ojos cerrados…

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El Valparaíso de los graffitis

A poco más de una hora en bus desde Santiago se encuentra Valparaíso, una bonita ciudad costera situada al oeste de la capital chilena. Conforme te adentras en la ciudad camino a la estación de autobuses sientes que aquel sitio tiene un toque distinto, se nota frescura y alegría en el ambiente que se respira desde el primer minuto. Es como haber viajado en el tiempo y haber aterrizado de repente en las calles de La Habana.

Lo primero que llama la atención es su famoso trolebús, que guiado por unos railes superiores sigue un trazado circular que conecta la estación con el casco antiguo. Siempre me he preguntado cómo sería conducir un trolebús para poder llevarlo en todo momento unido a los railes sin arrancar de cuajo el cable en un mal volantazo.

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La primera parada fue en lo alto de una de las colinas, a la que se accede a través de un tren cremallera construído integramente en madera. Desde allí se tiene una amplia panorámica de la ciudad y del puerto. Impresiona ver funcionar a pleno rendimiento las enormes grúas manipulando los containers como si fueran pequeñas cajas de zapatos. El proceso de carga y descarga de uno de estos buques puede tardar incluso un día entero. De hecho, cuando nos fuimos de allí seguía el mismo buque que habíamos visto por la mañana y que todavía no había zarpado.

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Una vez que comienzas a perderte por las sinuosas callejuelas de Valpa (así la llaman los autóctonos de manera cariñosa) comienzas a palpar el arte que se respira por doquier en esta ciudad.

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Es un lugar plagado de galerías de arte, donde muchos artistas tanto consagrados como noveles exponen sus obras. En una de ellas entramos y me llamó la atencion un enorme gato perfectamente tallado sobre la mesa. Al verlo no pude evitar acordarme de mi gato Tristán, y le dije al dueño si me lo podía llevar… menos mal que me dijo que no formaba parte de la exposición. Estaba tan a gusto que ni acariciándole la barbilla por debajo se inmutó…

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Valparaíso es uno de esos lugares donde te gustaría tener visión periférica 360º, cada esquina que queda a tus espaldas mientras caminas es una obra de arte a cual más impresionante.

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Caminas con la sensación de que, como decía aquel famoso locutor de Formula 1, si parpadeas te lo vas a perder. Cada rincón se ve reconvertido en un mural de colores tan vívidos que pareciera que sus protagonistas van a salirse de la pared en cualquier momento.

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Existen escaleras infinitas que seguramente conduzcan al Valparaíso si te atreves a seguirlas hasta el final..

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… y hasta algunas con un piano de cola en sus escalones por si te animas a tocar unas notas.

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Aquí se respira arte por los cuatro costados, lo mismo encuentras un grupo de batucada ensayando espontáneamente en mitad de una plaza que te encuentras con un museo de cielo abierto en sus calles.

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Es la ciudad perfecta para pasear sin rumbo y dejarte sorprender por cualquier tipo de expresión artística.

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No existe miedo a la hora de elegir los colores de la fachada en una casa por muy atrevidos que éstos sean, y no sé si los vecinos en este caso se pusieron o no de acuerdo pero les ha quedado una calle de postal. Los imagino volviendo a casa por las tardes después de trabajar y aparcando sus coches cada uno en su puerta con el color a juego.

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Tras pasar un día en esta ciudad finalmente conseguí entender que, al menos aquí en Valparaíso, una imagen sí vale más que millones de palabras.

La Tierra del Fin del Mundo

Aquí en Ushuaia todas las cosas son “las del fin del mundo”. El faro del fin del mundo, el tren del fin del mundo, la señal del fin del mundo y así… hasta el fin del mundo. 

No en vano está considerada la ciudad más austral del planeta, y de ahí viene su fama de lugar recóndito que tan bien han sabido aprovechar. 

Uno cuando mira detenidamente el mapa del sur de la Patagonia parece como si el lado izquierdo estuviera desmenuzándose a trocitos cayendo estrepitósamente sobre la Antártida…

Esta orografía hace muy complicadas las comunicaciones por tierra en esta zona, y lo que en otro lugar sería un cómodo viaje por carrereta aquí se convierte en una auténtica gymkana donde hace falta coger un bus, dos ferries y cruzar varias veces la frontera con el consiguiente tiempo de espera y los siempre farragosos papeleos.

Después de la odisea para llegar hasta aquí, el primer día hicimos un trekking hasta el glaciar Vinciguerra. En el trayecto pudimos vivir todas las estaciones en una, desde ir en manga corta asados de calor hasta tener que volvernos al poco de estar allí porque tiritábamos de frío mientras comíamos.

Se nota que es una zona donde el tiempo está loco de remate, y todo el trayecto se encuentra totalmente embarrado de manera habitual.

El plato fuerte llegó al día siguiente, por fin íbamos a cumplir nuestro sueño de pasear rodeados de pingüinos. Nos subimos a bordo del catamarán que nos llevaría a la isla donde se encuentran los pingüinos. De camino el capitan nos fue parando en varios islotes donde convivían diversos tipos de animales marinos. El sonido que emiten los leones marinos cuando están enfadados es de esos que impresionan y se quedan grabados al oirlo tan de cerca, realmente estruendoso.

Una vez atracado el catamarán en un muelle cercano del canal de Beagle, nos montamos en una pequeña lancha para poder llegar a la isla donde están los pingüinos sin invadirlos demasiado. Una vez abajo de la barca comenzamos a andar sigilosos por la playa entre ellos, tratando de no estresar a ninguno  con nuestras ansias de acercarnos demasiado.

La guía nos indicó que el momento cuando ellos se alejan es porque comienzan a sentirse invadidos, pero algunos de ellos se notaban muy acostumbrados a estar con personas tan cerca porque ni se inmutaban cuando les hacías un posado robado con la cámara. Son muy graciosos y con sus continuos espasmos cervicales nunca sabes en qué momento exacto hacerles la foto para que salgan guapos.

Tuvimos mucha suerte porque en ese día en la isla había tres especies distintas de pingüinos como el imperial, el magallánico e incluso pudimos ver al enorme pingüino rey en la orilla como mirando al horizonte de manera meláncolica preguntándose por qué estaba allí entre tanto pingüinito…

Nos explicaron que acuden a esta isla a reproducirse, y pudimos ver hasta un pingüino con embarazo psicológico incubando una piedra fuera del resto del grupo… 

Ese día tambien visitamos el museo de especies marinas donde se encuentra la mayor colección de esqueletos de cetáceos del mundo. En el tour en inglés tuvimos la suerte de que nos llevaron a la caseta de los huesos, donde se produce el proceso de descomposición del animal una vez muerto hasta que se pudre y se pueden extraer los huesos. El olor ahí dentro era muy fuerte, e incluso tenían un pingüino fallecido recientemente en estado de descomposicion.

La salida de Tierra de Fuego fue muy difícil, en fechas navideñas los pocos buses que hay se encuentran colapsados y no hay pasajes libres en muchos días, lo que nos obligó a cambiar nuestra ruta de vuelta para llegar a tiempo a nuestro siguiente avión. Nos contaron que allí nadie se atreve a montar una empresa de autobuses, directamente quiebran una tras otra. No es sostenible para ellos que durante 11 meses al año los autobuses que conectan con Ushuaia con el resto de ciudades cercanas vayan prácticamente vacíos. 

Ya hemos tocado el fin del mundo, así que poco a poco vamos a ir empezando a volver a nuestras casas. Eso sí, nos lo tomaremos con mucha calma y aún tardaremos unos cuatro meses como poco. No nos esperéis para cenar.