Amo Sudamérica

Lo puedo decir más alto, pero no más claro. Tras haber pasado los últimos tres meses de vida en este continente sólo me salen palabras de agradecimiento, y mientras espero en el aeropuerto a subirme a un avión que me llevará al otro lado del mundo una pregunta ronda por mi cabeza … ¿por qué no vine antes?

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El día que comencé esta aventura mientras merodeaba por los pasillos del aeropuerto de Barajas con las mochilas cargadas de ilusión me encontré este cartel premonitorio de lo que luego se iba a convertir en una realidad, y es el hecho de que quedaré ligado emocionalmente a este lugar para siempre.

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Aquí he probado los mejores zumos naturales de mi vida, es el lugar donde la fruta todavía huele y sabe a fruta. El progreso de los países supuestamente desarrollados le ha quitado el sabor a los alimentos en aras de una mayor productividad y rentabilidad, y resulta una odisea encontrar auténtica fruta. Fue una forma de volver a mi infancia, donde recuerdo como si fuera hoy la intensidad del sabor de un melocotón en mi boca. He tenido la oportunidad de saborear frutas que ni sabía que existían y he rebautizado con otros nombres a las que me eran más familiares (es curioso que casi ninguna se llama igual que en España).

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La naturaleza aquí aúna espectacularidad y diversidad a partes iguales. Desde el lugar más árido del mundo en Atacama hasta el sitio donde se fabrica el agua, las cataratas de Iguazú. Paisajes tan tan bellos que han llegado a emocionarme, y donde pude mirar a los ojos a la montaña más bonita del mundo, el Fitz Roy. Uno se siente pequeño ante la inmensidad que cobran aquí los fenómenos naturales, y compruebas de primera mano la conexión mística que existe entre las personas y la Pachamama, el lugar de donde venimos y del que nunca debiéramos alejarnos mucho. Culturas milenarias que han dejado su huella a lo largo y ancho del continente, con construcciones tan increíbles como Machu Picchu y su camino inca, que todavía a día de hoy parece de otro mundo que el ser humano pueda haber construido aquella ciudadela en ese lugar tan inaccesible y escarpado.

Aquí también aprendí que se puede ser muy feliz teniendo muy poco, como la semana que viví en la selva amazónica en casas hechas de madera sin luz ni agua corriente. A pesar de ello todo el mundo allí vive con una eterna sonrisa en la boca y la palabra estrés todavía no está registrada en el diccionario. Allí compartí juegos y confidencias con los niños más felices que he conocido jamás, y recuerdo con especial cariño lo emocionante que fue mi primera ducha de agua congelada con la ayuda de un pequeño barreño después de varios días sin acceso a agua.

 

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Un viaje de este tipo donde cada día es una auténtica aventura ayuda a magnificar los sentimientos hasta límites inimaginables para mi hasta ahora. Aquí he reído hasta el dolor de tripa, he llorado y un día me cabree hasta perder los nervios (sí, has leído bien). También quedará grabado para siempre en mi recuerdo que aquí he vivido una de las experiencias más al límite tanto física como mentalmente por la que he pasado en mi vida, cuando durante día y medio sin cesar estuvimos remontando el río Amazonas a bordo de una pequeña barca de madera con la desesperación de no saber si íbamos a llegar nunca.

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El transporte por excelencia para moverse por aquí es el autobús, y después de haber recorrido miles y miles de kilómetros en viajes de hasta más de 24 horas seguidas por fin descubrimos los mejores asientos… ¡justo en el último viaje que hicimos por carretera! Te puedes reclinar hacia atrás todo lo que puedas porque no hay ninguna fila detrás, estirar las piernas al máximo sin tocar el final (y yo no soy pequeño precisamente) y tienes unas vistas panorámicas de la carretera que parece que estés jugando a un juego de coches en una videoconsola 3D.

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¿Y qué decir de su gente? Aquí el destino ha sido muy generoso conmigo y me ha puesto en el camino personas que no olvidaré jamás, y que ya se han reservado una parcelita de mi corazón para siempre. Su forma de hablar tan dulce cautiva desde la primera palabra y nunca deja de sorprender su condición inherente de intentar ayudarte siempre. Es el lugar donde volvería una y otra vez con los ojos cerrados…

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2 comentarios en “Amo Sudamérica

  1. Yeah, Me encanta eso que dices de que la fruta sabe a fruta (como tiene que ser) y a mi me pasa mucho en España con las manzanas y las peras, recuerdo cuando de pequeT me tomaba una manzana o una pera cogida del árbol y sabía a lo que tiene que saber, y hoy en día, las del supermercado saben la mitad.

    Que bi9en Sudamerica!!! Con que país te quedas con un mejor recuerdo??

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