Entre koalas y canguros

Nos fuimos de Nueva Zelanda sin ver ni un solo kiwi, el animal más emblemático del país y paradójicamente también el más difícil de ver. Aquí en Australia ha sido llegar y besar el santo, llevamos unos pocos días y ya hemos visto un koala y un canguro, aunque de este último no tengo foto porque se fue corriendo (bueno, saltando) enseguida y se escondió entre la maleza. Nunca había visto un koala en vivo y en directo y me impresionó muchísimo la parsimonia que tienen para moverse. Yo que pensaba que al vivir en los árboles serían ágiles y rápidos, y todo lo contrario, les cuesta la vida incluso abrir los ojos, están como adormilados todo el rato. Viven continuamente como si se acabaran de despertar de la siesta, no me imagino cómo estarán cuando se despierten de la siesta de los viernes…

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Antes de esto habíamos pasado unos cuantos días conociendo Sydney, engalanada con los preparativos del nuevo año chino del gallo. Cada rincón de la ciudad estaba decorado para este evento, con figuras en la calle tan espectaculares como esta:

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La tarde anterior la habíamos dedicado a dar una vuelta por la zona del puerto, con los emblemas de la ciudad como testigos: Harbour Bridge y Sydney Opera House. Lo primero que me llamó la atención del puente nada más verlo asomar entre los rascacielos fue lo grande que era, una mastodóntica obra que conecta ambos lados de la ciudad a través de una estructura metálica sostenida en el aire de 134 metros de altura. Una auténtica maravilla de la ingeniería con más de 500 metros de longitud sin un pilar en medio que lo sustente. Además, diversas compañías turísticas ofrecen el poder caminar por arriba del todo por un módico precio para tener una panorámica única de la zona del puerto y alrededores.

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Y la Casa de la Ópera tan sobria y elegante como me la esperaba. Puede que sea uno de los edificios más fotografiados del mundo por su original diseño, y es algo que no deja indiferente a nadie cuando lo ve. En una de las noches que estuvimos allí estaba iluminada con un color rojo tenue, también conmemorando el año nuevo chino que vendría en unos días.

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A poco más de una hora en tren de Sydney se encuentra el parque nacional de las Blue Mountains. Por mucho que el nombre pueda parecen, no son azules ni nada parecido. Es un enorme valle poblado de árboles y vegetación donde se encuentran las Three Sisters, unas elegantes formaciones en forma de aguja que presiden todo el valle. Tras una larga y dura ruta rompepiernas de bajada y subida de escalones atravesando un bosque cerrado de vegetación lleno de cascadas, llegamos unos minutos tarde para ver los últimos rayos de sol posarse sobre ellas. Aun así, la imagen desde el mirador al verlas tan cerca impacta mucho y cuando cae la noche la iluminación de los enormes focos dirigidos hacia ellas las hace todavía más espectaculares si cabe …

 

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Al transitar por la Great Ocean Road sientes como si formaras parte de un anuncio de coches, más de 253km de sinuoso recorrido costero con unos paisajes y acantilados espectaculares al borde de la carretera. Te dan ganas de sacar la mano por la ventanilla haciendo ondas en el viento como en el famoso anuncio.

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Son muchos los puntos en los que merece la pena hacer una parada, y de camino pudimos bajar a playas tan tranquilas como esta. Era una gozada ver la fuerza con la que rompen las olas en este punto, y tenías que ir con cuidado porque la marea puede dejarte allí encerrado contra el acantilado en apenas unos minutos.

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Sin duda la parada más conocida de esta carretera es para ver los 12 Apóstoles, espectaculares formaciones rocosas verticales que se han formado a unos metros del acantilado debido a la erosión a lo largo de los años. Yo estuve contándolos muchas veces, y por mucho que lo intenté no conseguí llegar a contar la docena. Nos contaron después que debido a la erosión algunos de ellos han desaparecido, y que poco a poco y con el paso de mucho tiempo emergerán nuevas formaciones.

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Y qué decir de Melbourne… esa ciudad que te enamora y que cuando alguien te pregunta no sabes decir el porqué. Sólo hacen falta un par de días allí para darte cuenta de que es un lugar donde te podrías imaginar viviendo sin hacer mucho esfuerzo. Todo parece preparado para el bienestar de la gente que allí vive, y no hay más que salir a dar una vuelta para ver la vida que tiene y lo bien que funciona allí todo. Uno de los edificios que más me llamó la atención fue la Biblioteca Nacional, su interior es tan acogedor y tranquilo que dan ganas de volver a coger el macuto, el estuche y volver a estudiar.

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Esta ciudad es un lugar donde cualquier persona que tenga un trabajo llega a fin de mes, un sitio donde el transporte público es gratuito en la zona centro, donde hay zonas verdes por todo el área metropolitana donde relajarse tranquilamente, donde existen servicios y facilidades para todos los que viven allí. La ciudad en la que cualquier ciudad del mundo podría mirarse en su espejo para mejorar.

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Un comentario en “Entre koalas y canguros

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