Ay ay ay… Hat Yai

La primera odisea en Hat Yai fue cuando decidí coger un taxi local para visitar el parque municipal que está a las afueras de la ciudad y donde hay, cómo no, un buda enorme. Pregunté al chico del albergue la forma de llegar y seguí sus instrucciones: “tienes que llegar al reloj que hay en la calle principal y cuando veas un taxi de color blanco enséñale este papel” (donde había manuscrito un montón de caracteres en tailandés). Confiando ciegamente en sus indicaciones, y esperando que no pusiera aquello de tonto el que lo lea, allá que me aventuré con mi papelito en la mano. Después de un rato plantado en el reloj sin ver pasar ni un solo taxi de color blanco, ya empecé a darme cuenta de lo difícil que iba a ser moverme por esta ciudad. Al fin vi aparecer uno a lo lejos, y tras hacerle aspavientos hasta casi ponerme en mitad de la calle pasó de largo. El siguiente, igual. Por fin conseguí parar uno que, después de leer el papel y hablar durante unos minutos con otro hombre que pasaba por allí, me hizo un gesto de negación y subió la ventanilla y se fue. Qué frustración en estos casos cuando no entiendes nada de lo que está pasando, y qué buen invento sería un idioma universal para comunicarnos en cualquier lugar del mundo con cualquier persona. Éste es un lugar apenas turístico y los taxis son como furgonetas con un remolque cubierto detrás donde caben un montón de personas, y más o menos van haciendo ruta en función de por dónde quiere ir la gente. Si no le pilla de paso donde quieres ir, tienes que probar suerte en el siguiente. Y es que aquí un taxi no te lleva donde quieres sino que, si tienes algo de suerte, si acaso te acerca. Una vez que conseguí montarme en uno con esperanzas de llegar a mi destino, disfruté del trayecto como un niño. Me gustó mucho la experiencia de ir subido de pie en la plataforma del borde agarrado de la barra como única sujeción y viendo el asfalto pasar bajo mis pies a unos centímetros.

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Después de andar un rato conseguí enfilar la colina que me llevaría a lo alto del parque, el cual está presidido por una estatua dorada. Luego comprobé que desde allí aquel buda tenía también las mejores vistas de la ciudad.

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Al llegar al parque volvió a impresionarme el ver de cerca el enorme tamaño de las estatuas de los budas, y también la fidelidad con la que están hechas algunas figuras, hasta tal punto que tienes que a veces acercarte a unos centímetros para comprobar que no son personas reales. Una vez acabada la visita volví por mis pasos hacia la carretera principal, y esta vez me resultó más fácil porque todos los taxis iban hacia la ciudad. Respiré de alivio.

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Las horas centrales del día las dediqué a cobijarme en el hostal, y por la tarde tenía previsto ir a un museo un tanto especial que me habían recomendado. De camino al museo me llamó la atención ver cómo había unos chicos jugando a algo que parecía divertido pero que no me atrevía a definir. Al acercarme intenté averiguar de qué se trataba, y por lo que vi sería una mezcla entre fútbol, volley y artes marciales. Todo esto con una pelota hueca hecha a base de bandas de plástico duro.

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Estaba tan alucinado con el toque de balón que tenían todos que me acerqué a golismear. Era como si un híbrido entre Maradona y Bruce Lee se hubiese reencarnado en todos y cada uno ellos. Había algunos puntos tan espectaculares que parecían más bien sacados de un videojuego, me tenía que frotar los ojos porque no me lo podía creer. Una de las pelotas que se les salió fuera de la cancha cayó en mis pies, y empecé a darle unos toquecitos casi como por inercia. Al poco uno de los del equipo se me acercó para pedirme si quería jugar un partido con ellos.

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Tras unos primeros golpeos desastrosos en los que en vez de un pie pareciera tener una tabla de madera, comencé a acordarme de cómo era aquello de darle a la pelota y a empezar a tener buenas sensaciones. Volví a acordarme de por qué hay tan pocas cosas en la vida que me hacen más feliz que darle patadas a un balón…

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Al terminar el partido mis compañeros y yo celebramos la victoria con una foto para el recuerdo. Con una buena sudada y una sonrisa que no me cabía en la cara seguí mi paseo hasta el museo. Este museo me había llamado la atención porque sus dibujos, mirados desde un punto concreto marcado en el suelo, hacían efecto 3D. Al llegar tuve la suerte de que estaba vacío y el guía fue mi fotógrafo personal en todo el recorrido. Me iba diciendo dónde y cómo ponerme para que el efecto fuera totalmente tridimensional. Pude ponerme al borde del abismo sin correr ningún riesgo de que se me rompiera el mosquetón, librarme de un insecto con la lengua muy larga que quería comerme e incluso meterme dentro de un reloj de arena a ver pasar el tiempo…

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A la postre una visita fugaz e inesperada teniendo en cuenta que sólo era el punto de inicio de este país tan fascinante que es Tailandia. Me gusta irme de un sitio de esta manera, y es que sin tener grandes expectativas al ser únicamente un lugar de parada y fonda, me tenía preparadas sorpresas y sonrisas inesperadas. Y de camino al aeropuerto una pregunta ronda mi mente, ¿cuánto me sacará de alto un elefante?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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