Chiang Mai, Chiang Rai y Chiang Guay

Bueno, este último no lo busquéis en ningún mapa porque me lo acabo de inventar, ¿pero a que quedaría gracioso para completar la trilogía? Aunque las dos primeras sí que existen de verdad y son dos puntos que no deberías perderte si un día visitas el norte de Tailandia. Una de las excursiones más populares que se pueden hacer por este extremo norte del país es conocer Chiang Rai (y su famoso Templo Blanco) y El Triángulo de Oro (la frontera donde se unen Tailandia, Laos y Birmania). Tras preguntar en varias agencias de viaje y poner en práctica el noble arte del regateo, por fin encontré una excursión de un día que combinaba todos los puntos que me había propuesto ver. La primera parada fue en el Templo Blanco, una llamativa construcción que hipnotiza desde que la ves por primera vez por lo diferente que es a todo lo que has visto hasta ese momento. Nuestro guía nos contó que este templo había sido construido por una persona particular sin haber recibido ningún tipo de ayuda gubernamental, y que apenas tiene unos años. Por lo que vi allí sólo puedo decir que no sabría si llamarlo arquitecto, albañil o artista, o una mezcla de ellas. De lo que estoy convencido es de que esta persona es un genio.

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El Triángulo de Oro me recordó mucho al que vi hace ya unos meses (y parece que fue ayer) en Puerto de Iguazú, y es que no hay nada como varios ríos confluentes para decir hasta dónde va la linde y así que no se riñan luego por la tierra. Después fue el momento de dar un paseo en bote por el río Mekong y un fugaz paso al país vecino Laos, donde pude comprobar desde el primer momento la diferencia entre un país en desarrollo y otro realmente sumido en la pobreza.

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Un lugar donde la extrema pobreza esfuma de un plumazo la infancia de los niños. No olvidaré la mirada seria de aquel niño tan pequeño y que ya cargaba con su hermanito bebé a cuestas.

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Tocaba el momento de volver a hacer el macuto e irme a pasar un par de días a la selva, lejos del mundanal ruido de Chiang Mai. El trekking del primer día comenzó con rampas durísimas que nos pillaron a todos por sorpresa. La aldea donde pasaríamos la noche estaba situada en lo más alto de la montaña, donde al poco de llegar nos esperaba este precioso atardecer.

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Al dejar las mochilas e instalarnos en lo que sería nuestro nuevo hogar, el reloj empezó a ralentizarse. Una sensación de tranquilidad nos invadió a todos. Era el momento de descalzarse, relajarse y disfrutar de ver pasar el tiempo. Y es que no hay nada como un lugar sin cobertura de móvil para que las personas hagamos lo que hemos hecho desde siempre, que es hablar unos con otros mirándonos a los ojos.

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El grupo con el que coincidí en la excursión era muy multicultural y eso contribuyó a hacer la experiencia más enriquecedora si cabe. La mayoría de ellos eran francófonos pero menos mal que cuando estábamos en grupo nos comunicábamos en inglés, porque yo de francés je ne sais pas. Por suerte he encontrado una profesora nativa que me va a convertir en bilingüe en cuanto empiece mis clases después del viaje, así que a la próxima vez ya no tendré este problema.

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Llegada la noche prendimos el fuego y cuando éste se convirtió en cenizas, las luces tenues de las velas hicieron el resto. Poco a poco el cansancio fue haciendo mella, y entre notas de guitarra, trucos de magia y muchas risas,  la gente fue desfilando hacia la cama.

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Al día siguiente en el desayuno todo el mundo hablaba de un gallo que por allí rondaba el día anterior. Por lo que contaban, cada hora con puntualidad británica había estado cacareando y despertando a todos. Yo no lo escuche ni cuando cacareó al amanecer. Dormí como hacía años que no dormía, ni recuerdo la última vez que dormí 10 horas del tirón.

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Y es que la paz que se respira en un sitio así se puede intentar describir con palabras o mostrar con fotos, pero se tiene que vivir in situ para entenderlo. Un lugar en lo alto de la montaña donde el reloj se ralentiza, donde no hay luz eléctrica y se puede llegar a escuchar el silencio. No existen despertadores al uso y todo se rige por la luz del sol. Es él quien, cuando quiere, coquetea contigo a través de las cañas para decirte que ya es hora de levantarse. Y es que, ¿quién eres tú para decirle que no al rey del universo?

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La ruta del día siguiente ya fue mucho más tranquila y relajada, con pronunciadas bajadas entre frondosa vegetación. Fuimos también haciendo paradas en cataratas y piscinas naturales para darnos un remojón de vez en cuando.

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Y por fin llegó el momento más esperado, poder ver un elefante de cerca y tocarlo. Cuando pasas unos días allí te llegan todo tipo de rumores sobre cómo torturan a los elefantes para poder ponerles las monturas. Decidimos no ser partícipes de ello, y nos hacía además más ilusión darles de comer y bañarlos en lugar de montarlos. Impresionan muchísimo cuando los ves acercarse hacia ti con ese paso tan rotundo y pausado. Una vez que deslizas las yemas de los dedos sobre su piel dura y rugosa, empiezas a darte cuenta de que quizá son ellos los que temen a los humanos. Me quedé impresionado cómo engullen cañas de azúcar y racimos enteros de plátanos, eso sí que es un estómago a prueba de bombas. Lo enrollan primero con la trompa, se lo acercan a la boca y ¡para adentro sin masticar ni nada!

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Después de pasar unos días inolvidables era el momento de volver a la civilización bajo un techo como los de toda la vida. Buscando por internet alojamiento empecé a fijarme en uno de ellos por la cantidad de comentarios positivos que tenían. Todos ellos apuntaban en la misma dirección, y eran hacia las personas que formaban el equipo del hostel. Atraído por tan buenos comentarios allá que reservé. Nada más aparecer por la puerta oigo como me dicen desde la barra del fondo “You must be Juan”. Me quedé con la boca abierta, era la primera vez que no tenía ni que decir mi nombre para la reserva. Los comentarios que había leído previamente en internet sobre el equipo del albergue no fueron sino superados en los días que estuve. En los días que pasé allí, Kwan más que una recepcionista se convirtió en una amiga.

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También echaré de menos al genio de los pancakes. Todos los días que pasé en Chiang Mai después de cenar iba a hacerle una visita para comprarle uno (o varios) pancakes. Probé de todos los sabores que tenía, plátano con nutella, plátano con miel, con canela, con mermelada… y así hasta casi acabar con su repertorio. No sabría decir cuál de todos me gustó más, pero estaría dispuesto a volver sólo para decidirme por uno. Es con muchísima diferencia el mejor pancake que he probado hasta la fecha, de hecho los escalones 2 y 3 del podium todavía están vacíos.

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Y es que la vida nómada tiene estas cosas, lugares, personas, sabores y aromas que pasan fugazmente por tu vida y uno no se termina nunca de inmunizar de la pena que se siente al desprenderse de ellos. Me voy unos días a la playa de relax, a ver si se me pasan las penas… De camino a Bangkok voy a dormir en un tren-cama, tengo muchas ganas de vivir esta experiencia por primera vez.

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Un comentario en “Chiang Mai, Chiang Rai y Chiang Guay

  1. Muy chulo todo, pero veo muchas prisas… (claro una vuelta al mundo en 8 meses es lo que hay) porque yo en ChianMai y ChianRai (Y Chiang Guay) me quedaria (y me quedaré cuando vaya) no menos de dos meses.

    Que envidia, pero no hace más que reafirmarme todas las ganas que tengo de ir.

    Ya debes estar casi de vuelta no???

    Por cierto en tu vuelta al mundo te has dejado de lado Irlanda 😛

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