La isla bonita

Si hay algo que pone de acuerdo a casi todo el mundo es que la isla sur de Nueva Zelanda, la de mayor tamaño, es también la más bonita. Allí hemos podido visitar lugares tan increíbles como Milford Sound, Abel Tasman o el glaciar Franz Josef entre otros. En este último, el punto hasta el que te puedes aproximar para verlo depende cada día de la meteorología, y esto es por temas de seguridad ante posibles desprendimientos. Había de hecho durante la caminata carteles con recortes reales de periódicos donde salían noticias de turistas que habían muerto sepultados por el hielo por querer verlo demasiado cerca. Tras un buen rato andando bajo la lluvia, nos encontramos con este señor que nos dio el alto. Allí se tira día y noche a la intemperie y siempre con una sonrisa. Le chocamos los cinco y  de vuelta para el coche, el glaciar se veía bastante lejos todavía. Después de haber tenido el perito Moreno en los morros esto nos supo a poco, la verdad.

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En nuestra ruta por carretera hicimos un desvío para pasarnos por las cuevas de Waitomo, conocidas mundialmente porque su interior está plagado de luciérnagas. Es una experiencia única y una de esas maravillas que la naturaleza es capaz de ofrecernos. Allí contratamos también una de las actividades de aventura, una especie de rafting a través del riachuelo que atraviesa la cueva con la única ayuda de un flotador. Por un día volvimos a ser niños otra vez, y chapoteamos en un agua totalmente congelada.

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Recuerdo que después de saltos al vacío incluso de espaldas, bajar por aguas con rápidos e investigar cada recoveco llegó el momento más especial. El monitor nos pidió que apagáramos las linternas, que guardáramos silencio absoluto y que confiáramos en él. Uno por uno en total oscuridad nos iba soltando tumbados en nuestro flotador a merced de la suave corriente. No sabría explicar la paz que sentí en ese momento, dejándome llevar por el agua embriagado por las lucecitas que plagaban el techo como si fuera un cielo estrellado… un momento mágico.

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A veces las correprisas reservando un alojamiento te traen sorpresas, como nos pasó un día. Llegamos al B&B y la señora empieza a hablarnos del bote donde íbamos a pasar la noche, nosotros nos miramos extrañados el uno al otro como diciendo… “¿el bote? ¿qué bote”? Pues resulta que no habíamos reservado una habitación al uso sino un bote en mitad de un jardín. Estaba cuidado hasta el más mínimo detalle con una pasarela como si estuviera amarrado al muelle, una auténtica monería. Después de hacer el tonto lo que no está escrito (simulando que estábamos en un barco en alta mar, cantando la canción del barco de Chanquete…) al final el sueño nos pudo y caímos rendidos. ¡He de decir que es un sitio comodísimo para dormir!

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También hemos hecho kayak, pero esta vez queríamos salirnos de los tours guiados en los que todo el mundo tiene que seguir al guía como los patitos siguen a su mamá pata.

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Cogimos un par de kayaks para navegar a mar abierto bordeando la costa a nuestro antojo, sin rumbo y sin prisas… Pude sentir la libertad en cada palada y explorar cada rincón sumergido entre aguas cristalinas, y hasta tuve momentos para el relax simplemente para observar y disfrutar del entorno que me rodeaba.

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En Queenstown los bicivoladores volvieron al ataque, y esta vez con el más difícil todavía. Nuestra idea era alquilar una bici para dar un paseo tranquilamente, y cuando vimos que el chico de la tienda nos empezaba a dar casco integral, rodilleras, coderas… vimos que algo emocionante nos venía encima. La colina de esta ciudad se ha convertido en auténtico circuito de mountain bike, donde están las bajadas más emocionantes y espectaculares que he visto en mi vida, y eso que escogimos la ruta de nivel intermedio. Una vez abajo de vuelta en la ciudad y sin adrenalina que llevarnos a la boca, fuimos a darnos un homenaje.

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Aquí en esta ciudad se encuentra la considerada por muchos “la mejor hamburguesa del mundo”, un título tan subjetivo como codiciado en todo el planeta. Un pequeño local con colas durante todo el día, y que hamburguesa a hamburguesa ha conseguido ese renombre a nivel mundial en muy pocos años desde su apertura. A pesar del éxito han preferido no expandirse ni ampliarse como franquicia, lo que lo hace todavía más genuino. No sé si es la mejor, pero la más grande que he comido en mi vida seguro que sí. Yo todavía no sé cómo conseguí comerla entera, todavía llevo agujetas en la mandíbula.

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Y así fuimos apurando los últimos días en este país tan lejano. Gracias a las nuevas tecnologías y a los smartphones puedes sentirte que acortas las distancias con tus seres queridos en todo momento, por la inmediatez con la que puedes comunicarte con ellos. Pero es cuando te cruzas con una señal de este tipo cuando realmente eres consciente de lo lejos que estás de tu tierra…

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El sandwich más grande del mundo

No puedo estar más lejos. Dicho así suena como una frase hecha, pero es que no puedo estar más lejos. Esta vez se me ha ido un poco de las manos esto de viajar y he terminado literalmente en el culo del mundo.

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Uno de los tontisueños que tenía en mente cumplir si algún día estaba tan lejos que no pudiera estar más lejos era el de elaborar un sandwich un tanto especial. Íbamos en búsqueda de las antípodas de Madrid, lugar desde el que comenzó nuestra aventura por allá por octubre. La intención no era otra que poder hacer el sandwich más grande del mundo, tan tan tan grande como el mismísimo planeta Tierra. Teníamos apuntadas las coordenadas del lugar, sólo era cuestión de paciencia y daríamos con él.

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Entretanto se nos hizo la hora de la comida, y al entrar a la pequeña localidad de Weber vimos a lo lejos unos bancos en lo que parecía ser un colegio. Las puertas estaban abiertas y allí que nos colamos para comer. Vimos a una mujer en las aulas y me acerqué a ella para ver si nos podía dar la clave de la WiFi, y así revisar exactamente las coordenadas (para que las rebanadas encajaran perfectamente y no se saliera la mezcla, claro).

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Con mi inglés con acento chestano le comencé a explicar avergonzado para qué quería la WiFi y sobre todo qué hacíamos tres extraños en aquella aldea tan lejana alejada de cualquier sitio turístico. Le dije que veníamos de España y que estábamos buscando el punto exacto de las antípodas de donde vivíamos porque una persona allí iba a poner una rebanada de pan, otra aquí otra y que eso haría un enorme sandwich que… Mientras yo le daba toda la explicación ya casi poniéndome rojo, me interrumpió y me señaló a esta pared y diciendo “sí, claro… ¿como este de aquí te refieres?”

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En ese momento me sentí el loco más comprendido del mundo, casi me dieron ganas de abrazarla y todo. Llamé corriendo a mis amigos para que entraran al aula y compartir con ellos lo que me estaba pasando. Resulta que no sólo no era el primero que se le ocurría hacer algo así, sino que los alumnos de esta escuela ya habían hecho hacía unos meses otro sandwich exactamente igual que el que quería hacer yo.

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La receta de este sandwich consta únicamente de tres pasos y es de dificultad media-baja:

1. Ponemos una rebanada de pan de molde en un extremo del mundo:

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2. Añadimos otra rebanada de jamón y queso en el otro extremo del mundo:

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3. Cerramos el sandwich, emplatamos y servimos.

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El resultado es un jugoso y contundente sandwich de 13000kms de longitud, el más grande que me he comido hasta la fecha. Todavía me duele la mandíbula de pegarle el primer bocado.

Ese día tan especial me fui muy contento de aquel pueblo, además era mi cumpleaños y para mi fue el regalo que nunca olvidaré, comerme el sandwich más grande del mundo en el lugar más alejado del mundo.

El paraíso del trekking

Si te gusta el trekking, Nueva Zelanda es tu lugar en el mundo. Llevamos ya unos días pateando la isla norte y no deja de sorprendernos la cantidad de rutas de senderismo que existen y lo bien organizado que está aquí todo. Esto es en gran parte gracias al DOC (Departamento de Conservación por sus siglas en inglés). Ellos se encargan de la gestión de todos los parques naturales del país así como de la señalización y conservación de los mismos.

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Una de esas grandes caminatas es el Tongariro Alpine Crossing, una ruta lineal de más de 19kms donde se puede disfrutar de unos paisajes espectaculares. Es una de las caminatas de un solo día más impresionantes y exigentes que se pueden hacer, y ya en el inicio existen señales que te advierten de su dificultad y te animan a que no sigas si no estás totalmente convencido de ello.

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Por si fuera poco decidimos hacer un desvío y ascender también al volcán Ngauruhoe, próximo a la ruta y con una empinada subida con piedras sueltas y tierra que hacía complicado incluso mantener el equilibrio. Verlo desde abajo una vez que sigues con la ruta te hace decirte, ¿y hace un rato yo estaba allí arribota?

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Tuvimos suerte con el tiempo y las vistas desde allí arriba permitían tener una panorámica de todo el parque. La anécdota del día fue en la bajada de este volcán, donde un grupo de chicos que iban cerca de nosotros llevaban a todo volumen la banda sonora de la película de El Señor de los Anillos, lo que ambientaba más si cabe el descenso haciéndolo más emocionante.

 

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Como es una ruta tan larga es casi inviable hacer ida y vuelta en el mismo día, por lo que existe un servicio de taxis que te retorna al parking del punto de partida para que puedas recoger tu coche. Como siempre, todo organizado a la perfección.

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También hemos conocido de cerca la cultura maorí visitando el poblado Tewhakarewarewatangaoteopetauaawahiao (no se me ha subido el gato al teclado del ordenador, se llama así). Este es uno de los pocos poblados que hoy permanecen fieles a su esencia y permite conocer sus costumbres y su forma de vida.

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Allí pudimos ver en directo la fuerza y la intensidad con la que viven la danza de la Haka, que se hizo mundialmente famosa al ser representada por el equipo de rugby de Nueva Zelanda antes de cada partido. El origen de esta danza no es lúdico sino bélico y tenía como fin amedrentar al contrincante antes de una batalla. Realmente asusta ver cómo dejan los ojos en blanco y sacan la lengua de esa manera. Nosotros intentamos imitarles pero todavía nos queda mucho por aprender…

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Un sitio muy curioso que también visitamos fue la Hot Water Beach. Se trata de unas aguas termales naturales que se encuentran en la misma orilla de la playa. Están tan tan cerca del agua que durante la mayor parte del día están sumergidas bajo el mar, y es por la tarde cuando baja la marea en el momento que todo el mundo aprovecha para llevarse su pala y cavarse su propio jacuzzi. A las pocas horas la marea vuelve a subir, lo destroza todo y al día siguiente todo vuelve a empezar como en el día de la marmota.

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Otro de los sitios curiosos para ver es el mercadillo de compraventa de coches que se realiza en un parking a las afueras de Auckland. Allí personas interesadas en vender (a veces desesperadas por vender si tienen un vuelo de vuelta… ) y otras en busca de vehículo se dan cita. El proceso es tan simple como el que va al rastro a comprarse un sello de segunda mano, lo ponen a tu nombre y es tuyo. Nosotros fuimos allí con la idea de comprar una furgoneta para recorrer el país con mayor libertad, pero todo lo que había eran tartanas que además eran caras.

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Uno de los propietarios nos contó que allí no es obligatorio tener un seguro de coche, que sólo si queríamos teníamos que darlo de alta aunque era muy aconsejable en caso de tener algún percance. Total, que al final hemos alquilado un cochecete que de momento se está portando como un campeón y nos lleva a todos sitios. Keep left.

 

 

 

 

¿Dónde está mi 29 de diciembre de 2016?

A mí alguien me debe un día de vida. Me subí a un avión el día 28 de diciembre, me pusieron algo de cenar, vi un par de pelis y de repente me despierto y aterrizo un día 30 de diciembre en la otra punta del mundo. A ver cómo les explico ahora a mis padres que cuando yo estaba a punto de coger ese avión estaba merendando y ellos preparando la cena de esa misma noche pero cuando aterricé y fui a desayunar ellos estaban terminando de recoger la mesa de la cena ¡del día anterior! Los días pasan tan rápido haciendo una vuelta al mundo que a veces pierdes la noción del tiempo, pero el día que se lleva la palma es este día 29 que pasó tan rápido que ni siquiera existió.

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Escribir una leyenda

La anécdota del día fue en el aeropuerto de Santiago, nuestro vuelo tenía overbooking y buscaban voluntarios para quedarse en tierra a cambio de una irrechazable cantidad de dinero además de alojamiento con pensión completa. Habían vendido más billetes de los asientos que tenía el avion y, si todo el mundo acudía al aeropuerto, alguien tendría que quedarse en tierra y volar al día siguiente. Por lástima para nosotros al final falló mucha gente y tuvimos que subirnos al avión resignados. Es, con diferencia, la vez que más a regañadientes me he metido a un avión en un vuelo de ida (en los de vuelta siempre me cuesta horrores subirme).

Una vez que aterrizas, te das cuenta de que aquí casi todo va al revés: conducen por la izquierda, todo dentro del coche está en el lado contrario (la cantidad de veces que activé los limpiaparabrisas queriendo poner los intermitentes…), en las escaleras del metro hay que ponerse en el lado contrario y tantas otras cosas más. Hasta la mentira de la luna aquí se convierte en verdad, y es que en estas latitudes si la silueta que forma en el cielo es una letra C está en estado creciente, y si forma la letra D en decreciente.

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El efecto coriolis también es una de esas cosas que siempre tienes curiosidad de comprobar cuando viajas al hemisferio sur, y sí, confirmado empíricamente que el agua se cuela en sentido antihorario aquí.

Algo que también llama poderosamente la atención es la cantidad de aseos públicos que hay repartidos por todo el país. Da igual lo recóndito que esté el lugar donde vayas, allí habrá un baño limpio como los chorros del oro y con papel, jabón y agua corriente. Puedes incluso elegir a cuál te apetece ir más, por opciones no será.

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Escribir una leyenda

Aquí todo es tan verde que a veces la vegetación se apodera de los edificios dejando fachadas tan bonitas como esta.

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En definitiva, las primeras impresiones de este país son las de un lugar donde todo funciona a la perfección, todas las cosas están muy muy bien cuidadas y la calidad de vida de sus habitantes se nota que está entre la élite mundial.

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El día que descubran que mezclando agua fría y caliente por el mismo conducto les sale agua tibia, ese día… dominarán el mundo.

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Amo Sudamérica

Lo puedo decir más alto, pero no más claro. Tras haber pasado los últimos tres meses de vida en este continente sólo me salen palabras de agradecimiento, y mientras espero en el aeropuerto a subirme a un avión que me llevará al otro lado del mundo una pregunta ronda por mi cabeza … ¿por qué no vine antes?

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El día que comencé esta aventura mientras merodeaba por los pasillos del aeropuerto de Barajas con las mochilas cargadas de ilusión me encontré este cartel premonitorio de lo que luego se iba a convertir en una realidad, y es el hecho de que quedaré ligado emocionalmente a este lugar para siempre.

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Aquí he probado los mejores zumos naturales de mi vida, es el lugar donde la fruta todavía huele y sabe a fruta. El progreso de los países supuestamente desarrollados le ha quitado el sabor a los alimentos en aras de una mayor productividad y rentabilidad, y resulta una odisea encontrar auténtica fruta. Fue una forma de volver a mi infancia, donde recuerdo como si fuera hoy la intensidad del sabor de un melocotón en mi boca. He tenido la oportunidad de saborear frutas que ni sabía que existían y he rebautizado con otros nombres a las que me eran más familiares (es curioso que casi ninguna se llama igual que en España).

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La naturaleza aquí aúna espectacularidad y diversidad a partes iguales. Desde el lugar más árido del mundo en Atacama hasta el sitio donde se fabrica el agua, las cataratas de Iguazú. Paisajes tan tan bellos que han llegado a emocionarme, y donde pude mirar a los ojos a la montaña más bonita del mundo, el Fitz Roy. Uno se siente pequeño ante la inmensidad que cobran aquí los fenómenos naturales, y compruebas de primera mano la conexión mística que existe entre las personas y la Pachamama, el lugar de donde venimos y del que nunca debiéramos alejarnos mucho. Culturas milenarias que han dejado su huella a lo largo y ancho del continente, con construcciones tan increíbles como Machu Picchu y su camino inca, que todavía a día de hoy parece de otro mundo que el ser humano pueda haber construido aquella ciudadela en ese lugar tan inaccesible y escarpado.

Aquí también aprendí que se puede ser muy feliz teniendo muy poco, como la semana que viví en la selva amazónica en casas hechas de madera sin luz ni agua corriente. A pesar de ello todo el mundo allí vive con una eterna sonrisa en la boca y la palabra estrés todavía no está registrada en el diccionario. Allí compartí juegos y confidencias con los niños más felices que he conocido jamás, y recuerdo con especial cariño lo emocionante que fue mi primera ducha de agua congelada con la ayuda de un pequeño barreño después de varios días sin acceso a agua.

 

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Un viaje de este tipo donde cada día es una auténtica aventura ayuda a magnificar los sentimientos hasta límites inimaginables para mi hasta ahora. Aquí he reído hasta el dolor de tripa, he llorado y un día me cabree hasta perder los nervios (sí, has leído bien). También quedará grabado para siempre en mi recuerdo que aquí he vivido una de las experiencias más al límite tanto física como mentalmente por la que he pasado en mi vida, cuando durante día y medio sin cesar estuvimos remontando el río Amazonas a bordo de una pequeña barca de madera con la desesperación de no saber si íbamos a llegar nunca.

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El transporte por excelencia para moverse por aquí es el autobús, y después de haber recorrido miles y miles de kilómetros en viajes de hasta más de 24 horas seguidas por fin descubrimos los mejores asientos… ¡justo en el último viaje que hicimos por carretera! Te puedes reclinar hacia atrás todo lo que puedas porque no hay ninguna fila detrás, estirar las piernas al máximo sin tocar el final (y yo no soy pequeño precisamente) y tienes unas vistas panorámicas de la carretera que parece que estés jugando a un juego de coches en una videoconsola 3D.

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¿Y qué decir de su gente? Aquí el destino ha sido muy generoso conmigo y me ha puesto en el camino personas que no olvidaré jamás, y que ya se han reservado una parcelita de mi corazón para siempre. Su forma de hablar tan dulce cautiva desde la primera palabra y nunca deja de sorprender su condición inherente de intentar ayudarte siempre. Es el lugar donde volvería una y otra vez con los ojos cerrados…

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El Valparaíso de los graffitis

A poco más de una hora en bus desde Santiago se encuentra Valparaíso, una bonita ciudad costera situada al oeste de la capital chilena. Conforme te adentras en la ciudad camino a la estación de autobuses sientes que aquel sitio tiene un toque distinto, se nota frescura y alegría en el ambiente que se respira desde el primer minuto. Es como haber viajado en el tiempo y haber aterrizado de repente en las calles de La Habana.

Lo primero que llama la atención es su famoso trolebús, que guiado por unos railes superiores sigue un trazado circular que conecta la estación con el casco antiguo. Siempre me he preguntado cómo sería conducir un trolebús para poder llevarlo en todo momento unido a los railes sin arrancar de cuajo el cable en un mal volantazo.

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La primera parada fue en lo alto de una de las colinas, a la que se accede a través de un tren cremallera construído integramente en madera. Desde allí se tiene una amplia panorámica de la ciudad y del puerto. Impresiona ver funcionar a pleno rendimiento las enormes grúas manipulando los containers como si fueran pequeñas cajas de zapatos. El proceso de carga y descarga de uno de estos buques puede tardar incluso un día entero. De hecho, cuando nos fuimos de allí seguía el mismo buque que habíamos visto por la mañana y que todavía no había zarpado.

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Una vez que comienzas a perderte por las sinuosas callejuelas de Valpa (así la llaman los autóctonos de manera cariñosa) comienzas a palpar el arte que se respira por doquier en esta ciudad.

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Es un lugar plagado de galerías de arte, donde muchos artistas tanto consagrados como noveles exponen sus obras. En una de ellas entramos y me llamó la atencion un enorme gato perfectamente tallado sobre la mesa. Al verlo no pude evitar acordarme de mi gato Tristán, y le dije al dueño si me lo podía llevar… menos mal que me dijo que no formaba parte de la exposición. Estaba tan a gusto que ni acariciándole la barbilla por debajo se inmutó…

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Valparaíso es uno de esos lugares donde te gustaría tener visión periférica 360º, cada esquina que queda a tus espaldas mientras caminas es una obra de arte a cual más impresionante.

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Caminas con la sensación de que, como decía aquel famoso locutor de Formula 1, si parpadeas te lo vas a perder. Cada rincón se ve reconvertido en un mural de colores tan vívidos que pareciera que sus protagonistas van a salirse de la pared en cualquier momento.

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Existen escaleras infinitas que seguramente conduzcan al Valparaíso si te atreves a seguirlas hasta el final..

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… y hasta algunas con un piano de cola en sus escalones por si te animas a tocar unas notas.

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Aquí se respira arte por los cuatro costados, lo mismo encuentras un grupo de batucada ensayando espontáneamente en mitad de una plaza que te encuentras con un museo de cielo abierto en sus calles.

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Es la ciudad perfecta para pasear sin rumbo y dejarte sorprender por cualquier tipo de expresión artística.

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No existe miedo a la hora de elegir los colores de la fachada en una casa por muy atrevidos que éstos sean, y no sé si los vecinos en este caso se pusieron o no de acuerdo pero les ha quedado una calle de postal. Los imagino volviendo a casa por las tardes después de trabajar y aparcando sus coches cada uno en su puerta con el color a juego.

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Tras pasar un día en esta ciudad finalmente conseguí entender que, al menos aquí en Valparaíso, una imagen sí vale más que millones de palabras.

La Tierra del Fin del Mundo

Aquí en Ushuaia todas las cosas son “las del fin del mundo”. El faro del fin del mundo, el tren del fin del mundo, la señal del fin del mundo y así… hasta el fin del mundo. 

No en vano está considerada la ciudad más austral del planeta, y de ahí viene su fama de lugar recóndito que tan bien han sabido aprovechar. 

Uno cuando mira detenidamente el mapa del sur de la Patagonia parece como si el lado izquierdo estuviera desmenuzándose a trocitos cayendo estrepitósamente sobre la Antártida…

Esta orografía hace muy complicadas las comunicaciones por tierra en esta zona, y lo que en otro lugar sería un cómodo viaje por carrereta aquí se convierte en una auténtica gymkana donde hace falta coger un bus, dos ferries y cruzar varias veces la frontera con el consiguiente tiempo de espera y los siempre farragosos papeleos.

Después de la odisea para llegar hasta aquí, el primer día hicimos un trekking hasta el glaciar Vinciguerra. En el trayecto pudimos vivir todas las estaciones en una, desde ir en manga corta asados de calor hasta tener que volvernos al poco de estar allí porque tiritábamos de frío mientras comíamos.

Se nota que es una zona donde el tiempo está loco de remate, y todo el trayecto se encuentra totalmente embarrado de manera habitual.

El plato fuerte llegó al día siguiente, por fin íbamos a cumplir nuestro sueño de pasear rodeados de pingüinos. Nos subimos a bordo del catamarán que nos llevaría a la isla donde se encuentran los pingüinos. De camino el capitan nos fue parando en varios islotes donde convivían diversos tipos de animales marinos. El sonido que emiten los leones marinos cuando están enfadados es de esos que impresionan y se quedan grabados al oirlo tan de cerca, realmente estruendoso.

Una vez atracado el catamarán en un muelle cercano del canal de Beagle, nos montamos en una pequeña lancha para poder llegar a la isla donde están los pingüinos sin invadirlos demasiado. Una vez abajo de la barca comenzamos a andar sigilosos por la playa entre ellos, tratando de no estresar a ninguno  con nuestras ansias de acercarnos demasiado.

La guía nos indicó que el momento cuando ellos se alejan es porque comienzan a sentirse invadidos, pero algunos de ellos se notaban muy acostumbrados a estar con personas tan cerca porque ni se inmutaban cuando les hacías un posado robado con la cámara. Son muy graciosos y con sus continuos espasmos cervicales nunca sabes en qué momento exacto hacerles la foto para que salgan guapos.

Tuvimos mucha suerte porque en ese día en la isla había tres especies distintas de pingüinos como el imperial, el magallánico e incluso pudimos ver al enorme pingüino rey en la orilla como mirando al horizonte de manera meláncolica preguntándose por qué estaba allí entre tanto pingüinito…

Nos explicaron que acuden a esta isla a reproducirse, y pudimos ver hasta un pingüino con embarazo psicológico incubando una piedra fuera del resto del grupo… 

Ese día tambien visitamos el museo de especies marinas donde se encuentra la mayor colección de esqueletos de cetáceos del mundo. En el tour en inglés tuvimos la suerte de que nos llevaron a la caseta de los huesos, donde se produce el proceso de descomposición del animal una vez muerto hasta que se pudre y se pueden extraer los huesos. El olor ahí dentro era muy fuerte, e incluso tenían un pingüino fallecido recientemente en estado de descomposicion.

La salida de Tierra de Fuego fue muy difícil, en fechas navideñas los pocos buses que hay se encuentran colapsados y no hay pasajes libres en muchos días, lo que nos obligó a cambiar nuestra ruta de vuelta para llegar a tiempo a nuestro siguiente avión. Nos contaron que allí nadie se atreve a montar una empresa de autobuses, directamente quiebran una tras otra. No es sostenible para ellos que durante 11 meses al año los autobuses que conectan con Ushuaia con el resto de ciudades cercanas vayan prácticamente vacíos. 

Ya hemos tocado el fin del mundo, así que poco a poco vamos a ir empezando a volver a nuestras casas. Eso sí, nos lo tomaremos con mucha calma y aún tardaremos unos cuatro meses como poco. No nos esperéis para cenar.